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Portada de la novela Amor Después de La Muerte

Amor Después de La Muerte

Un deseo impulsivo se torna pesadilla cuando Ricardo es asesinado tras nuestra pelea. Su espíritu regresa con una última oportunidad: si confieso mi amor en cinco días, podrá resucitar. No obstante, Marco me engaña con calumnias para que rechace al fantasma de mi pareja. Al hallar el cuerpo de Ricardo, comprendo la cruel traición de Marco. Destrozada por la culpa y el dolor, ahora mi único propósito es vengarme de quien me arrebató mi última esperanza.
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Capítulo 2

Ricardo y Sofía eran la definición de una bomba de tiempo, una mezcla de gasolina y fuego que todos en la escena musical de Monterrey sabían que un día iba a explotar. Llevaban cinco años juntos, cinco años en los que su pasión era tan intensa como sus peleas. Él, Ricardo Pérez, era un genio, un productor musical que convertía en oro todo lo que tocaba, pero su amor por Sofía era una obsesión que lo consumía, sus celos eran legendarios y sus reclamos constantes. Ella, Sofía González, tenía la voz de un ángel y la belleza de una diosa, una estrella en ascenso de la música regional mexicana que él había ayudado a pulir, pero su ambición y su inestabilidad emocional la hacían un blanco fácil para la manipulación, y su corazón siempre parecía estar en otro lado. Sus discusiones eran épicas, gritos que se escuchaban por todo el estudio de grabación, portazos que hacían temblar las paredes y reconciliaciones tan apasionadas que casi quemaban la casa.

Esa noche de octubre, la pelea había sido peor que nunca.

"¡Estoy harta, Ricardo! ¡Harta de tus celos, de tu inseguridad, de que no me dejes respirar!", gritó Sofía, con el rostro rojo por la furia mientras metía ropa en una maleta.

"¿Y a dónde crees que vas? ¿Con él? ¿Con Marco?", espetó Ricardo, siguiéndola por la habitación, su voz temblando de una rabia impotente.

"¡Eso no es de tu incumbencia! ¡Ojalá desaparecieras de mi vida para siempre!", lanzó ella como un veneno.

La frase quedó suspendida en el aire, cargada de un peso terrible. Ricardo se quedó paralizado, el color se le fue del rostro. Sofía no se detuvo, tomó su maleta y salió de la casa, azotando la puerta principal con una fuerza que hizo vibrar los vidrios.

El deseo de Sofía se cumplió de la forma más brutal. Un par de horas después, mientras Ricardo estaba solo en su estudio, ahogando su dolor en la música, la puerta se abrió. No era Sofía. Dos hombres con el rostro cubierto entraron sin decir una palabra. Ricardo apenas tuvo tiempo de levantarse de su silla antes de que lo sujetaran. El dolor agudo y frío de un cuchillo entrando en su abdomen le robó el aliento, una y otra vez. Cayó al suelo, sobre la alfombra que tantas veces había pisado con Sofía. La sangre comenzó a mancharlo todo, un charco oscuro que se expandía lentamente. Con la poca fuerza que le quedaba, se arrastró hasta su celular. Sus dedos, resbaladizos por la sangre, temblaban mientras buscaba el número de Sofía. Necesitaba escuchar su voz una última vez, decirle que la amaba, que todo era un error.

El teléfono de Sofía sonó. Estaba en su coche, conduciendo hacia el hotel donde se hospedaba Marco, su antiguo mentor, el hombre que idealizaba, el que acababa de regresar del extranjero para "apoyarla". Vio el nombre de Ricardo en la pantalla y sintió una oleada de irritación. "Seguro para seguir peleando", pensó.

"¿Qué quieres ahora, Ricardo?", contestó con frialdad.

Del otro lado solo se escuchó un gemido, un sonido ahogado y desesperado.

"¡Si no vas a decir nada, no me molestes!", espetó ella, colgando la llamada sin piedad. Apagó el celular, no quería más interrupciones. Aceleró, ansiosa por llegar con Marco.

Ricardo miró la pantalla del celular que ahora mostraba "Llamada finalizada". Una lágrima de sangre y desesperación rodó por su mejilla. La vida se le escapaba, y su último intento de conexión había sido rechazado con la misma frialdad que había marcado el final de su relación. Cerró los ojos y todo se volvió negro.

Cuando los volvió a abrir, no estaba en su estudio. Estaba en un lugar vacío, un limbo gris y silencioso. Frente a él, una figura alta y esquelética, vestida con elegancia, lo observaba. Era La Catrina, la Muerte misma, con su sombrero de ala ancha y su sonrisa eterna.

"Ricardo Pérez", dijo con una voz que era como el susurro de hojas secas. "Tu tiempo en la tierra ha terminado, pero tu alma no encuentra paz. Tu obsesión por ella te ata a ese mundo".

"Sofía...", susurró Ricardo, el único pensamiento en su mente.

"No puedes olvidarla", afirmó La Catrina. "Y por eso, te concederé una última oportunidad. Regresarás por cinco días. Cinco días para que ella te diga 'Te amo'. Si lo logras, revivirás. Si no, tu alma se desvanecerá para siempre, y el olvido será tu único destino".

Un destello de luz lo cegó y, de repente, estaba de pie en su estudio de grabación de nuevo. Pero algo era diferente. Se sentía ligero, casi etéreo. Miró hacia el suelo y el horror lo paralizó. Su propio cuerpo yacía allí, en el mismo charco de sangre seca, con los ojos abiertos y sin vida. El olor a muerte llenaba el aire. La oportunidad de La Catrina era real, pero también era una pesadilla. Tenía que deshacerse de su propio cadáver antes de que alguien lo encontrara. Con náuseas y el corazón latiéndole a mil por hora, a pesar de no tener uno físico, envolvió su cuerpo en la alfombra manchada de sangre. Le costó un esfuerzo sobrehumano arrastrarlo hasta el maletero de su coche. Limpió la sangre del suelo lo mejor que pudo, sus manos temblando sin control. Cada segundo era una tortura.

Justo cuando cerró el maletero, la puerta de la casa se abrió. Eran Sofía y Marco, que entraban riendo, abrazados. El corazón inexistente de Ricardo se detuvo. Marco, al verlo, mostró una sorpresa apenas disimulada.

"Ricardo, ¿qué haces aquí? Pensé que te habías ido de viaje", dijo Marco, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Sofía lo miró con desdén. "¿Todavía aquí? ¿No te cansas de molestar?".

Ricardo la ignoró y se centró en Marco, sintiendo una desconfianza helada recorrerlo. Luego miró a Sofía, con la desesperación pintada en su rostro. Sabía que sonaría como un loco, pero tenía que intentarlo. Era su única oportunidad.

"Sofía", dijo, su voz sonando extraña, lejana. "Necesito que me digas que me amas".

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