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Portada de la novela Amor Después de Divorcio

Amor Después de Divorcio

Con una prueba de embarazo que confirmaba mi nueva realidad, enfrenté la traición más amarga. Javier, mi marido, apareció junto a Sofía, mi mejor amiga, quien ya ocupaba mi sitio en el auto. En un gesto humillante, él me forzó a ir en el asiento trasero para no molestarla, dejándome claro que yo ya no era su prioridad. Ante este desprecio y un matrimonio hundido en falsedades, supe que no podía criar a mi hijo en un hogar tan destructivo.
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Capítulo 2

Salí de la clínica con el informe del embarazo en la mano. El sol de Madrid me golpeaba la cara, pero sentía un frío que me recorría por dentro.

Javier, mi marido, me había prometido que vendría a recogerme.

Su coche, un elegante Mercedes negro, estaba aparcado justo enfrente.

Pero en el asiento del copiloto, el que siempre había sido mi sitio exclusivo, estaba sentada Sofía.

Mi mejor amiga.

Acababa de volver de Argentina y lucía una sonrisa radiante, como si fuera la dueña de todo.

Me vio, pero no hizo ningún intento de moverse.

Javier salió del coche, con su traje de arquitecto perfectamente planchado, y me sonrió como si nada.

"Isa, ¿todo bien?"

No respondí. Mis ojos estaban fijos en Sofía.

Ella bajó la ventanilla.

"Isabela, qué coincidencia. Javier insistió en recogerme del aeropuerto."

Su voz era dulce, pero sus ojos estaban llenos de provocación.

Me acerqué a la ventanilla del copiloto y la miré directamente.

"Sofía, ese es mi sitio."

Ella se rio, una risa ligera y despreocupada.

"Ay, Isa, no seas tan estricta. Solo es un asiento. Además, tengo las piernas largas, aquí estoy más cómoda."

Miré a Javier, esperando que dijera algo, que le pidiera que se moviera.

Él solo frunció el ceño, visiblemente incómodo.

"Cariño, no empecemos una discusión por esto. Sube atrás, por favor. Tenemos que llevar a Sofía a su hotel."

Sentí cómo la sangre se me helaba.

Apreté con fuerza el informe de embarazo que llevaba en el bolso, el papel se arrugó bajo mis dedos.

No dije nada más. Abrí la puerta trasera y me metí dentro, cerrando con un portazo seco.

El silencio en el coche era denso.

Javier encendió la radio, intentando llenar el vacío.

Sofía empezó a hablar animadamente sobre su viaje a Buenos Aires, sobre las clases de tango y los gauchos. Javier escuchaba con interés, haciéndole preguntas, riendo con sus anécdotas.

Eran un mundo aparte, y yo era una extraña en mi propio matrimonio.

"Javier, ¿te acuerdas de cuando fuimos a la feria de San Isidro? ¡Qué locura! Deberíamos volver a ir."

"Claro que me acuerdo, Sofi. Fuiste la más valiente de todos."

Escuchaba sus risas, sus recuerdos compartidos, y cada palabra era una confirmación de lo que ya sabía pero me negaba a aceptar.

Me abracé a mí misma, sintiendo un escalofrío a pesar del calor.

Javier me miró por el retrovisor.

"¿Tienes frío, Isa? Puedo subir la calefacción."

Antes de que pudiera responder, Sofía intervino.

"¡No, por favor! Me muero de calor. Si tienes frío, ponte una manta."

Dijo la última frase con un tono de burla, como si yo fuera una niña caprichosa.

Javier no insistió.

Sus manos, que deberían haberme protegido, seguían firmes en el volante, conduciendo hacia el hotel de Sofía.

Llegamos. Javier se bajó para ayudarla con su maleta.

Los vi despedirse en la puerta. Él le dio un abrazo largo, demasiado largo. Le susurró algo al oído y ella sonrió, una sonrisa de victoria.

Cuando Javier volvió al coche, el ambiente era aún más pesado.

"Siento lo de antes," dijo, sin mirarme. "Sabes cómo es Sofía, siempre tan... espontánea."

"¿Espontánea?" repetí, con una voz que no reconocía como mía. "¿O maleducada?"

Él suspiró, encendiendo un cigarrillo. Sabía que odiaba el humo.

"No seas tan dura con ella. Ha pasado por mucho. Deberías alegrarte de que haya vuelto, sois mejores amigas."

"Éramos," corregí. "Hasta que se enamoró de mi novio."

Javier se quedó en silencio. El humo llenaba el coche, asfixiándome.

"Eso fue hace mucho tiempo, Isabela. Éramos jóvenes. Ella te ve como una hermana."

Recordé sus palabras, las mismas excusas que llevaba años escuchando.

Bajé la cabeza para que no viera la lágrima que se me escapaba.

"¿Te ha contado que una vez me dijo, llorando, que ojalá fuera un hombre para no ser una amenaza para nosotros?"

Claro que me lo había contado. Lo que no sabía Javier es que Sofía me enseñó la grabación de esa "confesión" con una sonrisa de triunfo.

Javier nunca me defendió a mí. Nunca. Pero por Sofía, estaba dispuesto a enfrentarse al mundo.

Y en ese momento, lo entendí. No era que no me quisiera. Era que la quería más a ella.

"¿Qué te pasa?" preguntó finalmente, apagando el cigarrillo. "El médico te ha dicho algo malo?"

Negué con la cabeza.

"No. Solo un poco de gastritis."

Mentí.

No podía compartir la noticia de nuestro bebé en ese coche, en ese ambiente contaminado por la traición.

Esa noche, cuando llegamos a nuestra casa en el barrio de Salamanca, no hablamos más.

Cada uno se fue a una habitación.

Me quedé despierta toda la noche, mirando el techo, con el informe del embarazo sobre la mesilla.

Mi mano descansaba sobre mi vientre plano.

Una nueva vida crecía dentro de mí.

Y por primera vez, sentí que tenía que protegerla.

No de extraños.

Sino de su propio padre.

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