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Portada de la novela Amor despreciado de Bailaora

Amor despreciado de Bailaora

Sofía Reyes, talentosa bailaora de Triana, vio su vida destruida por Alejandro Vega, el heredero de Jerez que pasó de amarla a ser su verdugo. Tras una traición familiar, él la condenó al exilio en una finca ruinosa, sometiéndola a calumnias y crueles maltratos físicos. Humillada y azotada, Sofía decide romper con su pasado para sobrevivir. Bajo la identidad de Elena, huye hacia Asturias decidida a renacer y no permitir que ninguna mentira vuelva a matarla.
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Capítulo 2

La Feria de Abril de Sevilla estaba en su apogeo. Las luces de los farolillos teñían de colores el albero del Real, y el eco de las sevillanas se mezclaba con el olor a vino y a caballo.

Pero para la familia Vega, la tradición era más importante que cualquier fiesta.

Don Ricardo Vega, mi padre, me miró con sus ojos duros. "Alejandro, la presentación de tu compromiso con Isabela Montero es esta noche. Es tu deber".

Isabela estaba a su lado, sonriendo con suficiencia. Era la unión perfecta de dos dinastías bodegueras. Poder y linaje.

Pero mi corazón no estaba allí. Estaba en un pequeño tablao de Triana, donde una mujer bailaba como si el mundo fuera a acabarse.

Sofía Reyes.

Esa noche, hice lo impensable. Delante de toda la élite de Andalucía, tomé el micrófono.

"Padre, no puedo".

El silencio cayó sobre la caseta.

"Amo a otra mujer. Y renuncio a todo por ella. A la herencia, al apellido, a todo".

Dejé caer el micrófono y salí de allí, dejando atrás el rostro furioso de mi padre y la mirada de odio de Isabela.

El castigo fue rápido y brutal. Me exiliaron a La Desamparada, una finca ruinosa en los confines de nuestras tierras. Me prohibieron hablar con cualquiera de la familia. Un silencio absoluto.

Corrí hacia Sofía. La abracé con la fuerza de un hombre que lo ha perdido todo para ganarlo todo.

"Aguanta, mi vida", le susurré al oído. "Solo te quiero a ti".

Ella lloró en mis brazos, asustada pero feliz. Creímos que habíamos ganado.

Fuimos ingenuos.

Unas semanas después, un coche negro se detuvo en el camino polvoriento de la finca. Era mi abuela, Doña Elvira, la matriarca.

Su voz era como el acero frío. "He venido a ofrecerte un trato, Alejandro".

No me miraba a mí, sino a Sofía, que se aferraba a mi brazo.

"Cumple con tu deber. Cásate con Isabela. Dale un heredero varón a la familia Vega. Cuando el niño nazca y el linaje esté asegurado, serás libre de venir a pudrirte en este agujero con esta... mujer".

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

"No", dijo Sofía con voz temblorosa.

Pero yo vi una salida. Una forma de tenerlo todo. A Sofía y la paz familiar.

"Espera", le dije a Sofía cuando mi abuela se fue.

Esa fue la primera vez que escuchó esa palabra de mis labios. Se convertiría en su veneno.

"Espera a que deje embarazada a Isabela", le rogué.

Me acosté con Isabela treinta y tres veces. Cada noche era una tortura. Volvía junto a Sofía oliendo a otro perfume, con el alma sucia. Ella me esperaba en silencio, con los ojos llenos de un dolor que yo no quería ver.

Isabela concibió. Pero fue una niña.

Doña Elvira fue clara. "El trato era por un varón".

Y tuve que volver a la cama de Isabela. Noventa y nueve veces más.

Sofía dejó de llorar. Se quedó vacía. Solo esperaba.

Cuando Isabela por fin quedó embarazada del varón, creí que la pesadilla había terminado.

Pero solo era el principio.

Una tarde, la hija de Isabela y mía sufrió una reacción alérgica terrible. Estuvo a punto de morir.

Isabela, rota de dolor, me señaló a Sofía.

"¡Ha sido ella! ¡La vi cerca de la comida de la niña!".

Luego se giró hacia Sofía, con el rostro descompuesto por las lágrimas. "¡Si me odias a mí, desquítate conmigo! ¿Por qué con mi hija?".

Mi padre y mi abuela estallaron de furia. No escucharon las negaciones de Sofía.

La arrastraron fuera de la casa.

La encerraron en una capilla abandonada en la parte más remota de la finca. Hacía un frío que helaba los huesos.

Yo me quedé fuera, junto a la reja.

Ella me miraba, con los ojos suplicantes.

Saqué un cigarrillo. Mis manos temblaban. Lo encendí y di una calada profunda.

"Te dije que esperaras", dije, y mi voz sonó extraña, cruel. "¿Por qué tenías que tocar a mi hija?".

Vi cómo su última esperanza se rompía en su mirada.

Días después, mientras paseábamos por el jardín, Sofía se detuvo en seco.

Isabela caminaba hacia nosotros, sonriente. En su cuello brillaba la cruz de filigrana de plata. La cruz de la abuela de Sofía. La única joya de valor que tenía, su único recuerdo. Se la regalé en una noche de amor, jurándole que era un símbolo de nuestro futuro.

"¿Qué hace ella con mi cruz?", preguntó Sofía, con la voz ahogada.

Miré hacia otro lado. "A Isabela le gustó y se la di. Tómalo como una disculpa de tu parte por lo de la niña".

La cara de Sofía perdió todo el color. Se acercó a Isabela.

"Devuélvemela".

"¿Esto?", dijo Isabela, tocando la cruz con desdén. "Es solo una baratija. Pero si la quieres...".

Sofía intentó arrancársela del cuello.

En ese momento, Isabela, ya con una barriga prominente por su segundo embarazo, soltó un grito y tropezó hacia atrás, como si la hubieran empujado con violencia.

"¡Mi hijo!", gritó, cayendo al suelo.

No lo dudé ni un segundo.

Empujé a Sofía con toda mi fuerza.

Su cuerpo frágil salió despedido. Su cabeza golpeó con un ruido sordo y seco contra el borde afilado de la chimenea de piedra del jardín.

La sangre empezó a brotar, manchando la piedra gris.

Pero yo no la miré.

Levanté a Isabela en brazos, que sollozaba contra mi pecho.

"Tranquila, mi amor, tranquila. Ya estoy aquí. No dejaré que nadie os haga daño".

Me la llevé de allí, sin mirar atrás ni una sola vez. Dejando a Sofía sangrando en el suelo.

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