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Portada de la novela Amor Ciego: Mi Reina Me Desprecia

Amor Ciego: Mi Reina Me Desprecia

Ricardo Solís, el implacable crítico conocido como Gourmet Anónimo, ha soportado tres años de un matrimonio secreto marcado por el desdén de Sofía Romero. La chef oaxaqueña lo utiliza cruelmente mientras su corazón sigue perteneciendo a Javier, su antiguo amor. Tras sufrir una humillación pública y resultar herido al proteger al amante de su esposa, Ricardo decide romper el vínculo. Cansado de ser despreciado, resurge con frialdad para vengarse de quienes lo pisotearon.
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Capítulo 3

Ricardo llegó al salón de eventos. El lugar estaba lleno de chefs, dueños de restaurantes y socialités. El aire olía a vino caro y perfume.

Mientras buscaba a Sofía, escuchó fragmentos de conversaciones a su alrededor.

"¿Viste a Sofía? Ganó otro premio. Es increíble, nadie puede con ella".

"Dicen que está más enfocada que nunca. Desde que terminó con Javier, el músico, se metió de lleno a la cocina".

"Ah, sí, Javier. Su gran amor. Qué lástima que no funcionó. Ella lo adoraba".

"Bueno, se dice que él sigue muy presente en su vida. Es su punto débil".

El nombre "Javier" resonó en los oídos de Ricardo. Sintió una opresión en el pecho. Sabía perfectamente quién era. El exnovio famoso, el amor platónico que Sofía nunca había superado.

El color de sus ojos se oscureció un poco. Con una nueva determinación, se abrió paso entre la multitud.

Encontró a Sofía en un rincón, rodeada de admiradores que reían de cualquier cosa que dijera. Estaba visiblemente borracha, apoyada en una mesa, con la mirada perdida. La multitud se dispersó en cuanto Ricardo se acercó. Él era el esposo anónimo, el chofer, el asistente.

"Sofía, es hora de irnos", dijo en voz baja.

Ella levantó la vista, sus ojos tardaron un segundo en enfocarlo.

"Ah, eres tú", dijo, su voz arrastrando las palabras.

Intentó ponerse de pie, pero tropezó. Ricardo la atrapó antes de que cayera, rodeándola con su brazo. El cuerpo de ella se relajó contra el suyo.

Por un instante, todo fue silencio. El familiar aroma a naranja y especias de su cabello, ahora mezclado con el olor a vino, lo golpeó. Era el aroma que había llenado su casa durante tres años. El aroma que había amado.

Se apoyó en su pecho, su respiración cálida contra su camisa. Ricardo sintió un nudo en la garganta. Quizás, solo quizás, había una pequeña parte de ella que lo necesitaba.

Pero entonces, ella suspiró, un susurro apenas audible.

"Javier..."

El nombre salió de sus labios como una oración, un anhelo profundo y doloroso.

Para Ricardo, fue como si le hubieran echado un balde de agua helada encima. Toda la calidez del momento se desvaneció, dejando solo un frío amargo y profundo.

La había sostenido, y ella estaba pensando en otro hombre.

Con el corazón hecho pedazos, Ricardo la acomodó en el asiento del copiloto del coche. El silencio en el vehículo era pesado, denso.

Lentamente, sin mirarla, metió la mano en la guantera. Sacó una carpeta. Dentro, había un documento que había preparado hacía semanas.

Acuerdo de divorcio.

Lo puso en su regazo. Sofía, en su estupor etílico, lo miró sin comprender.

"Firma aquí", dijo Ricardo, su voz desprovista de toda emoción.

Le pasó una pluma. Ella parpadeó, tratando de enfocar las letras.

"¿Qué es esto?", balbuceó.

"El fin de todo esto", respondió él.

Ella lo miró, y por un segundo, pareció que había algo de claridad en sus ojos. Tomó la pluma, su mano temblorosa.

"No te vayas...", susurró, mientras su firma torpe se plasmaba en la línea punteada. "No me dejes".

Ricardo no respondió. Tomó el documento firmado, lo metió de nuevo en la carpeta y arrancó el coche. Las palabras de ella eran solo el eco de una borracha, no significaban nada. Su corazón ya no podía permitirse creer.

Mientras conducía por las calles oscuras de Oaxaca, recordó la primera vez que la vio.

Fue en un mercado local. Ella estaba discutiendo apasionadamente con un vendedor sobre la calidad de unos chiles. Su rostro estaba encendido, sus manos gesticulaban, su amor por los ingredientes era tan palpable que lo dejó fascinado.

Él estaba de incógnito, investigando para una de sus críticas. Nunca se había sentido tan atraído por la pasión de alguien.

Más tarde, esa misma noche, la encontró llorando en un parque. Acababa de tener una pelea telefónica terrible con Javier, quien la había dejado. Estaba desconsolada, vulnerable.

Él se sentó a su lado, le ofreció un pañuelo y la escuchó durante horas.

Al final de la noche, ella lo miró, con los ojos hinchados y rojos.

"Eres un buen hombre", dijo ella, con la voz rota. "Cásate conmigo".

Ricardo se quedó helado.

Ella se rió, una risa sin alegría. "Es una locura, lo sé. Pero estoy cansada. Cansada de todo. Necesito... estabilidad. Alguien que esté ahí. Sin dramas, sin complicaciones. Solo... paz".

Y él, cegado por la mujer increíble que había vislumbrado en el mercado y conmovido por la mujer rota que veía ahora, dijo que sí.

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