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Portada de la novela Amor Ciego: El Bombero Traicionado

Amor Ciego: El Bombero Traicionado

Gustavo es un bombero ejemplar que descubre la cruel farsa de su esposa, Ana. Tras años de abstinencia forzada por una falsa devoción religiosa, él halla la verdad: ella tiene otra familia con Ricardo y su hijo Luisito. La traición escala cuando Ana intenta meter al amante en su casa y amenaza con destruir la carrera de Gustavo si se divorcia. Tras ser abandonado herido, el bombero encuentra pruebas clave y decide encarar esta oscura infamia.
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Capítulo 3

La imagen de Ana, Ricardo y el niño en la cama se repetía en su mente como una película de terror. Cada detalle era una tortura: la mano de Ricardo sobre la cintura de Ana, la sonrisa plácida de ella, la respiración tranquila del pequeño Luisito. Todo en su propia casa. En la casa que él había pagado con años de turnos dobles en la estación de bomberos.

Recordó con amargura todas las reglas que Ana le había impuesto. "No me toques, Gustavo, la carne es débil y contamina el alma" . "No bebas alcohol en la casa, es un vicio que nos aleja de Dios" . "No veas esas películas violentas, llenan la mente de impureza" . Recordó cómo él, como un tonto, había aceptado todo, creyendo que era por un bien mayor, por salvar su matrimonio. Y ahora veía la verdad: esas reglas solo aplicaban para él. Eran una jaula diseñada para mantenerlo controlado y a distancia, mientras ella vivía una vida completamente diferente a sus espaldas. La hipocresía era tan descarada que le revolvía el estómago.

Con el corazón hecho pedazos y una rabia helada recorriéndole las venas, entró en su habitación y sacó una maleta. Empezó a meter su ropa de forma mecánica, sin pensar. Cada prenda era un recuerdo, una promesa rota. Cuando la maleta estuvo a medio llenar, se detuvo. No. Él no iba a ser el que se fuera. Esta era su casa.

Volvió a la habitación de invitados. Abrió la puerta de golpe, sin importarle el ruido. Ana y Ricardo se sobresaltaron. Ella se incorporó de inmediato, cubriéndose con la sábana. Ricardo solo lo miró con una mezcla de sorpresa y arrogancia.

"Se acabó, Ana" , dijo Gustavo, con una voz que no reconoció como suya. Era la voz de un hombre que ya no tenía nada que perder. "Quiero el divorcio. Ahora mismo" .

Ana lo miró, y por un instante, Gustavo creyó ver pánico en sus ojos. Pero fue solo un espejismo. Rápidamente, su expresión se endureció. "No" , dijo rotundamente.

Gustavo parpadeó, confundido. "¿Cómo que no? ¿Después de esto? ¿Tienes el descaro de negarte?"

"No puedo divorciarme" , explicó ella con una calma insultante. "Estoy en mi periodo de purificación. Las leyes de mi fe son muy claras. Un divorcio ahora sería un escándalo, mancharía mi imagen y mi trabajo con la comunidad. Tenemos que esperar" .

"¿Esperar? ¿Esperar a qué? ¿A que te canses de él?" , gritó Gustavo, señalando a Ricardo, que seguía en la cama, observando la escena como si fuera un espectador en un teatro.

"No me grites" , siseó Ana. "Vas a despertar a Luisito" .

En ese momento, Ricardo decidió intervenir. Se levantó de la cama, vistiéndose con una parsimonia irritante. "Creo que es mejor que nos vayamos, Ana. Luisito y yo podemos buscar otro lugar" .

"¡No!" , exclamó Ana, aferrándose al brazo de Ricardo. Luego miró a Gustavo con puro veneno en los ojos. "¿Ves lo que provocas? ¡Por tu culpa, un hombre bueno y su hijo inocente se van a quedar en la calle! ¿Esa es la caridad de la que tanto presumes, bombero?"

Gustavo sintió que la cabeza le iba a estallar. La manipulación era tan retorcida, tan perfecta, que por un segundo casi se siente culpable. Pero la imagen de ellos dos en la cama era demasiado poderosa. "Me da igual a dónde se vayan" , dijo, dándose la vuelta. "Voy a llamar a mi abogado. Voy a preparar los papeles del divorcio. Y quiero que cuando vuelva, ustedes dos no estén en mi casa" .

Se dirigió a su cuarto, cerró la puerta y se sentó en el borde de la cama, temblando de rabia y dolor. Minutos después, escuchó que se abría la puerta. Era Ana. Traía en la mano un papel que él reconoció como el borrador de un acuerdo de divorcio que había impreso esa misma mañana.

"¿De verdad crees que te lo voy a poner tan fácil?" , dijo ella, con una sonrisa torcida. Y delante de sus ojos, rompió el papel en mil pedazos. "Tú no te vas a ninguna parte. Y yo no voy a firmar nada. Eres mi esposo, Gustavo. Y tu deber es quedarte a mi lado, apoyarme. Si intentas irte, me aseguraré de que todo el mundo sepa qué clase de hombre eres. Un hombre que abandona a su devota esposa en su momento de mayor necesidad espiritual. Un hombre que echa a la calle a un padre soltero y a su pobre hijo. ¿Crees que tu reputación de héroe aguantará eso?"

La amenaza era clara. Ella usaría su imagen pública, su red de contactos y su supuesta devoción para destruirlo. "Eres un monstruo, Ana" .

"Soy una mujer que protege lo que es suyo" , replicó ella. Y entonces, como él no reaccionaba, se le acercó y le dio una bofetada. El sonido resonó en el silencio de la habitación. "¡Reacciona! ¡No te atrevas a darme la espalda!"

Gustavo se tocó la mejilla, más sorprendido que adolorido. Nunca, en cinco años, le había puesto una mano encima. Ese golpe fue la última conexión que sentía con ella, y se rompió. La miró a los ojos, y por primera vez, no vio a la mujer que amaba, sino a una extraña fría y calculadora.

"Divorcio, Ana" , repitió con una calma gélida. "No me importa lo que hagas o digas. Esto se acabó" .

La calma de él pareció desarmarla. Su rostro cambió. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, pero Gustavo sabía que eran falsas, otra herramienta de su arsenal de manipulación. "No puedes hacerme esto, Gustavo" , sollozó. "Te necesito. ¿No entiendes que todo esto es una prueba? Una prueba para nuestra fe, para nuestro amor. Ricardo solo es un amigo…"

"Guárdate tus mentiras" , la interrumpió él. Se levantó, cogió su maleta y caminó hacia la puerta.

Ana se interpuso en su camino, bloqueando la salida. "¡No te llevarás nada! ¡Todo lo que hay en esta casa es mío! ¡Tú no eres nada sin mí!"

Intentó arrebatarle la maleta, pero Gustavo la sujetó con fuerza. "Quédate con todo, Ana. No lo quiero" . La apartó con suavidad, pero con firmeza, y salió de la habitación. Mientras bajaba las escaleras, la escuchó gritar su nombre, una mezcla de rabia y desesperación. Pero él no se detuvo. Cruzó la puerta principal y caminó hacia la noche, sin mirar atrás. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que podía respirar.

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