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Portada de la novela Amarte entre letras

Amarte entre letras

El magnate Destan Paz oculta su identidad tras un seudónimo de mujer para proteger su privacidad. Su atormentado pasado parece quedar atrás al cruzarse con Thea Castillo, su editora y asistente. Sin embargo, la naciente pasión entre ambos peligra cuando emergen oscuros secretos relacionados con Solomon, el hermano fallecido de Destan. Ahora, la pareja debe enfrentar las sombras del ayer y descubrir si su amor es lo bastante fuerte para resistir la verdad.
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Capítulo 1

En un pueblo, oculto entre las montañas que daba a la costa, había una quinta de amplios jardines, de dos plantas, con paredes rústicas pintadas de azul, rejas negras y un patio interno. 

Sucedía el primer acto de despedida.

Frente a sí mismo estaba todo lo que en algún momento había deseado con toda su alma, por más tiempo del que posiblemente fuera sano. Y por más que lo intentaba no dejaba de anhelarlo, sin embargo, la realidad es que en los instantes actuales; pese a sus más fervientes deseos, era algo que no podría nunca tener. 

El amor de la mujer, que a sus ojos era la más hermosa y perfecta del mundo; algo que estaba fuera de su alcance y más ahora, con la reunión que se daba. Como siempre que ella se acercaba cuando nadie más estaba, por petición suya, principalmente, en el jardín interior de su casa familiar; era una desgarradora despedida de lo que pudo ser.

 Pues el tiempo que le jugaba en contra; no dejaba de recordarle que el final se acercaba. 

Su oscura cabellera, cuál cielo nocturno, contrastaba con la palidez de su hermosa piel. Acentuando sus mejillas con un leve tono rojizo que siempre le pareció adorable, una belleza aún no reconocida. Sosteniendo en sus brazos aquel hermoso ser; que era un pedazo de ella, el cual apenas tenía un par de meses de nacido. 

Como quisiera que las cosas hubieran sido distintas, si fuera así; el bebe que ella cargaba sería también suyo. Y entonces todo se vería brillante. 

Solomon podía solo preguntarse, si más allá de la muerte podría seguir amándola como lo hacía en ese preciso segundo. La respuesta era clara para él y su mente soñadora que intentaba ver lo positivo dentro de toda la mierda que lo rodeaba. 

Él nunca dejaría de amarla, después de todo ella era su luz. Que lo había iluminado por tanto tiempo, y en sus momentos más oscuros; alejándolo de la oscuridad que buscaba consumirlo. 

— Esta será la última vez que nos veamos. — Declaro Solomon, con la voz ahogada en tristeza. 

Delante de él, la reciente madre solo levanto la mirada, viéndolo como un animal asustado, mientras aquellos ojos que iban siempre protegidos por dicho regalo que el mismo le había hecho y que los había unido, se iban llenando de lágrimas, casi aferrándose a la silla donde se encontraba sentada, atino únicamente a ahogar un jadeo lleno de sorpresa. 

— Solomon… — Comenzó a decir ella mientras intentaba manejar las emociones que la estaban dominando. 

Qué escena tan desgarradora. ¿Por qué la vida tenía que ser tan miserable para enfermarlo de esa manera? Justo cuando finalmente estaba venciendo a sus demonios. Más, no había más opción.

Era un día demasiado precioso, para dar una noticia de tal magnitud. Sin embargo, por más cruel que pareciera, así era la vida. Sonriendo de manera cálida, Solomon se levantó y sin pensarlo mucho acuno la mejilla femenina en su diestra. 

— El tiempo se acaba y no deseo que me veas peor de lo que ya estoy; quiero que vivas por los dos y sigas adelante; recordándome cuando aún tenía fuerza, cuando aun la vida me pertenecía en este juego, ¿me lo prometes? — Arrullaba el hombre de afilados ojos miel. 

Bajo su tacto la mujer luchaba por no quebrarse, Solomon no podía más que reflexionar.

 «Sea como fuera, las despedidas siempre dolerán; ojalá pudiera ahorrarte esto, pero no puedo irme de este mundo sin verte una vez más, sin avisarte que pronto me iré. Pero te lo prometo: Nos volveremos a encontrar, mi luz…»

Ella no respondió, no porque no quisiera, era incapaz de hacerlo y él lo entendía. De esa manera permanecieron; mientras el recién nacido dormía placidamente ajeno a la terrible despedida que estaba viviendo su madre.

 Arropados por las flores de bugambilia blancas que llenaban todo el jardín interno de la casa de Solomon. 

Y sin que notaran el paso del tiempo, el momento de decir adiós llego. Solomon, contrario a las órdenes de su doctor de cabecera, se mantuvo de pie todo el tiempo que su cuerpo le permitió; siendo él quien atendió hasta el último momento a aquella mujer. 

Sumergiéndose en la fantasía de que era el esposo de su musa y el padre de su bebe. Solo por un segundo, después de todo, se le podía dar ese gusto a un moribundo, ¿no?. 

Y acompañándola hasta la entrada de la casa; donde la vio subirse a su auto después de meter al recién nacido en su silla, entregándole una caja con todos los recuerdos que tenían en común, como las llaves del apartamento en la ciudad donde solían verse, al igual que las escrituras de este. Donde se ocultaba una parte de su vida hasta que llegara el momento indicado. 

— Ve con cuidado… No lo olvides, nos veremos en la próxima vida. — Dijo Solomon apoyado en la puerta del carro. 

Callando como siempre la última parte de su frase “Y no olvides que te amo y siempre te amaré.”

 Nunca fue capaz de decirle a la mujer frente a sí cuanto la amaba, y el cómo daría la vida por ella; razón por la que ella terminó en brazos de otro. 

Solomon no espero que ella respondiera, una vez estuvo seguro todo estaba listo, ella tenía la caja con sus memorias más preciadas; cerro la puerta y sonriendo, se despidió con la mano antes de darse la media vuelta, entrando a la casa. 

Segundos después, el motor del auto sonó y supo que ella se había ido. El comienzo del final había llegado.

~…~ 

La silueta de dos individuos reposa una junto a la otra, está a punto de amanecer. Todo era tan calmado y tranquilo como era normal en aquel pueblo, era una de las cosas que extrañaría Solomon definitivamente. 

Habían pasado unos días desde la despedida que tuvo con el amor de su vida y ahora sentado en el tejado de su casa, estaba junto a una de las personas más confiables que conocía, pues la lealtad que mostraba hacia su querido hermano, la había vuelto la persona perfecta para esa labor.

Egoístamente, Solomon le daría a aquella chica, la tarea de cuidar a su segundo gran tesoro, su hermano Destan. Y tumbándose, se preparó para la conversación que vendría, disfrutando momentáneamente de lo que sería su última visita al tejado de la casa.  

Quetzalli Díaz era el nombre de la elegida, quien a pesar de su expresión tranquila y medio adormilada, se siente completamente asustada, sus ojos no se despegan en ningún momento de la figura tirada a su lado; que miraba soñador las estrellas que aún se lograban ver en el cielo.

— Solomon, no entiendo… No comprendo la razón que te motivo a esperar tanto tiempo…— Musito la muchacha. 

— Aunque intente explicar, la verdad es que no puedo… ¿Sabes? Quizás fue… Porque tengo miedo, por egoísmo… Pero eso ya no importa.— Dijo Solomon, cerrando sus ojos, dando la imagen de alguien que estaba completamente en paz. 

Una mentira cruel y palpable, era lo menos que sentía el joven adulto que cargaba con algo mucho más grande de lo que podía. Solomon, un hombre que a sus 26 años aproximadamente está listo para despedirse de la vida, de cabello castaño muy claro, ojos color miel; su tez tenía un tono blanquecino, poco saludable. 

— Zalli, necesito que me hagas un favor, es importante que me digas que sí— Comenzó a decir mientras sus ojos ámbares se clavaban, llenos de súplica en la mujer a su lado.— Él aún es un niño, necesito que lo cuides, y seas tú quien sea la guardiana de la herencia y de la empresa. Maneja tu el dinero una vez que yo… No este más entre los vivos, al menos hasta que él tenga 30, considero que para ese entonces él podrá realmente tomar sus propias decisiones y hacerse cargo de todo lo que es suyo por derecho. 

—Tu hermano me va a odiar por eso… Sabes bien que no puedo negarme—Respondió la chica de apenas 22 años, huyendo de la mirada contraria— ¿Cuánto tiempo te queda?

— La verdad es que quizás un año, o unos meses… Es incierto Zalli— Musito en respuesta Solomon, levantándose y abrazando a su amiga— Prométeme que nunca lo abandonaras. 

—Lo prometo… ahora suelta y vamos para adentro antes que Theo y Des, se levanten— Gruño, la chica, más, a pesar de sus palabras, solo podía acurrucarse aún más en ese abrazo. 

Que para su tristeza, fue el último que Solomon le dio estando de pie y el siguiente año, fue el más doloroso para todos los involucrados.

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