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Portada de la novela Amante Substituto

Amante Substituto

Durante doce años, fui el asistente y amante de la heredera Isa Montoya bajo el peso de un chantaje. La muerte de mi madre finalmente me dio la libertad para buscar una nueva vida con Sofía en Europa, justo cuando Lucas, el antiguo amor de Isa, regresaba para ocupar mi lugar. Tras un violento secuestro y el sacrificio físico de Isa por salvarme, la enfrenté en el hospital. Allí le confesé la cruda verdad: mi afecto fue una transacción económica y nunca existió amor.
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Capítulo 2

La bodega de los Vargas, en La Rioja, se ahogaba.

Ricardo Vargas miró a su hijo, Mateo.

"Isabel Montoya," dijo Ricardo. "La hija del constructor. Necesitas acercarte a ella."

La madre de Mateo estaba enferma.

Los tratamientos eran caros.

Mateo sintió el peso en sus hombros.

Aceptó.

Se convirtió en la sombra de Isa.

Primero, ayudándola con los estudios.

Luego, cubriendo sus líos de adolescente.

Siempre allí.

Los años pasaron rápido.

Mateo era inteligente, discreto.

Indispensable.

Isa creció.

Deslumbrante.

Lo hizo su asistente personal.

Después, su amante.

Su intimidad no conocía límites de lugar: el asiento trasero del coche de lujo, el ascensor privado del ático, incluso la fría sala de juntas de Montoya Corp después de horas.

Cada encuentro era una transacción más para Mateo.

Vivían una vida de lujo.

Fiestas en yates en Ibiza.

Viajes en jet privado a París.

Apartamentos en el Barrio de Salamanca.

Mateo lo manejaba todo.

Sus finanzas.

Sus crisis.

Isa daba por sentada su lealtad.

Su devoción.

Un día, Mateo escuchó la noticia.

Lucas Herrero volvía a España.

El primer amor de Isa.

El idealizado.

Isa estaba loca de alegría.

Esa noche, fue diferente.

Isa lo buscó con una intensidad casi animal.

Desesperada.

Mateo entendió.

Su tiempo como amante principal se acababa.

Isa entró en la suite, radiante.

"Lucas ha vuelto," anunció.

"No puedo vivir sin ti, Mateo, lo sabes."

Pausa.

"Pero las cosas van a cambiar."

Le ofreció dinero.

Una suma importante.

"Para la bodega," dijo Isa. "Un agradecimiento."

Mateo la miró.

Calma helada por fuera.

Por dentro, la decisión estaba tomada.

Isa se fue corriendo.

Una fiesta de bienvenida para Lucas.

Mateo empezó a empacar.

Pocas cosas.

Las suyas.

Llamó a su padre.

"Es la última ayuda," dijo Mateo. "Me voy."

Ricardo gritó.

Amenazó.

"Tu madre..."

"Mamá murió la semana pasada," cortó Mateo, la voz vacía.

El chantaje principal había terminado.

Colgó.

Borró sus huellas de la mansión Montoya.

Las llaves sobre la mesa.

Se fue a su pequeño piso alquilado.

Al día siguiente, en Montoya Corp.

Recursos Humanos.

Presentó su dimisión.

Sorpresa en sus caras.

Tramitaron la solicitud.

Isa la aprobó.

Sin leer.

Estaba demasiado ocupada con Lucas.

Pensando en Lucas.

Mateo limpió el desorden de Isa.

Copas vacías.

Ropa tirada.

Un rastro de su vida superficial.

Lo hizo metódicamente.

Sin emoción.

Como siempre.

Era su forma de decir adiós a esa jaula.

Cogió una pequeña maleta.

Lo esencial.

Nada de valor material.

Solo su libertad.

Su padre volvió a llamar.

La voz de Ricardo era un torbellino de euforia y codicia.

"¡Mateo! ¡Esa chica Montoya! ¡Nos ha salvado! ¡La bodega está a salvo!"

Mateo escuchó en silencio.

"Me voy, padre," dijo Mateo, su voz firme, sin rastro de la sumisión de antes.

"¿Qué dices? ¿Irte? ¿Ahora que todo va bien? ¿Y tu madre? ¿Has pensado en ella?"

"Mamá murió," repitió Mateo. "Y tú lo sabías. Dejaste de pagar sus tratamientos en cuanto Isa empezó a darme 'regalos'."

Silencio al otro lado.

"Ya no te debo nada."

Colgó antes de que Ricardo pudiera replicar.

Recordó cómo empezó todo.

La presión de su padre.

La enfermedad de su madre.

Ricardo había orquestado un encuentro.

Un evento benéfico.

"Solo necesitas que te vea, que se fije en ti," había dicho Ricardo.

Isa era entonces una adolescente rebelde, aburrida.

Mateo era el chico guapo y callado.

Se fijó.

Pronto, él era su "compañero de juegos", su distracción.

El precio de la supervivencia de la bodega.

El precio de las medicinas de su madre.

Isa siempre había estado obsesionada con Lucas Herrero.

Desde que eran casi niños.

Lucas era el artista, el bohemio.

Ella lo idealizaba.

Cuando Lucas se fue al extranjero, Isa quedó destrozada.

Tenía miedo de confesar sus sentimientos.

Miedo al rechazo.

Lucas se fue sin saber, o eso creía Isa.

Una noche, poco después de la partida de Lucas, Isa bebió demasiado.

Estaba en su apartamento, desolada.

Mateo estaba allí, como siempre.

Para recoger los pedazos.

Isa lo miró, los ojos nublados por el alcohol y las lágrimas.

"Lucas..." susurró.

Y lo besó.

Lo confundió con Lucas.

Ese fue el principio de su relación física.

Para Isa, una forma de llenar el vacío.

Para Mateo, una humillación más.

Una parte del trato.

Mateo nunca sintió nada por Isa.

Desprecio, quizás.

Cansancio, seguro.

Cada caricia, cada noche, era una carga.

Sufría en silencio.

La muerte de su madre, aunque dolorosa, fue una liberación.

El último eslabón de su cadena se había roto.

Ahora podía irse.

Ser libre.

En la oficina de Recursos Humanos, la empleada lo miró con extrañeza.

"¿Está seguro, Sr. Vargas? La Srta. Montoya... ella depende mucho de usted."

"Estoy seguro," dijo Mateo. "Siga el procedimiento normal."

Sabía que Isa no se daría cuenta.

No hasta que lo necesitara para algo.

Y para entonces, él estaría lejos.

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