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Portada de la novela Alma Rota, Venganza Divina

Alma Rota, Venganza Divina

Sofía es traicionada por Valeria y Ricardo, su gran amor, terminando en una celda tras ver a sus padres caer en la ruina. Luego de sufrir torturas y morir, reencarna como Lía tras beber del olvido para borrar su dolor. En su nueva vida, Ricardo resurge prometiendo cuidarla, ignorando el daño previo. Atrapada entre recuerdos aterradores y un futuro ambiguo, ella debe huir de un destino que intenta vincularla nuevamente con su antiguo verdugo.
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Capítulo 2

Sofía Rojas abrió los ojos en la oscuridad, el frío del suelo de piedra se sentía hasta en los huesos, un dolor sordo y constante que ya era parte de ella. Llevaba tanto tiempo en este lugar que había perdido la cuenta de los días, o quizá eran años, aquí el tiempo no existía, solo el sufrimiento.

El sonido de pasos se acercó a la pesada puerta de su celda, el chirrido del metal oxidado al abrirse era la única música que escuchaba, un preludio a más dolor.

Era Valeria, su mejor amiga, o al menos eso había sido en otra vida. Ahora, su rostro, que antes le daba consuelo, solo mostraba un desprecio profundo. Valeria vestía sedas finas, su cabello estaba adornado con joyas que brillaban incluso en la penumbra, un contraste cruel con el estado miserable de Sofía.

"Mira cómo has quedado, Sofía," dijo Valeria, su voz era dulce pero cargada de veneno, "¿todavía sueñas con que Ricardo vendrá a salvarte? Qué tonta."

Sofía no respondió, había aprendido que el silencio era su única defensa, cualquier palabra solo le traería más castigos.

Valeria se agachó, su cara muy cerca de la de Sofía, y susurró, "¿Sabes? A veces Ricardo pregunta por ti, pero yo le digo que estás bien, que estás meditando y que no quieres que te molesten. Él me cree, por supuesto, siempre me cree a mí."

La mención de Ricardo era como sal en una herida abierta. Ricardo, su prometido, el hombre por el que lo había sacrificado todo.

"Pero hoy te traigo un regalo," continuó Valeria, con una sonrisa torcida. Hizo un gesto y una imagen flotante apareció en el aire frente a Sofía.

En la imagen, vio a sus padres, ancianos y frágiles, arrodillados en un campo de trabajos forzados, sus cuerpos delgados y sus rostros marcados por el sufrimiento. Estaban siendo azotados por un capataz, y con cada golpe, un grito ahogado salía de sus labios.

"Les dije a todos que tus padres eran traidores, que conspiraron contigo para dañar a Ricardo," explicó Valeria con calma, como si hablara del clima, "la gente se lo creyó, y ahora pagan por tus crímenes. ¿No es justo?"

El mundo de Sofía se derrumbó, la última barrera de su espíritu se hizo añicos. Un grito desgarrador escapó de su garganta, un sonido animal de puro dolor. Había soportado su propio tormento, pero ver a sus padres sufrir por su culpa era insoportable.

"¡No! ¡Ellos no hicieron nada!" gritó Sofía, tratando de levantarse, pero las cadenas en sus tobillos se lo impidieron.

Valeria rio, un sonido cristalino y cruel. "Claro que no hicieron nada, pero alguien tenía que pagar, y tú ya no me sirves para nada."

Justo en ese momento, Ricardo entró en la celda. Su presencia imponente llenaba el pequeño espacio. Vio a Sofía en el suelo, llorando desconsoladamente, y luego a Valeria, con una expresión de falsa preocupación.

"¿Qué pasa aquí?" preguntó Ricardo, su voz era profunda y autoritaria.

"Ricardo, mi amor," dijo Valeria, corriendo a sus brazos, "vine a ver a Sofía, a tratar de convencerla de que recapacite, pero en cuanto me vio, se puso como loca, empezó a gritar y a maldecirme. Creo que ha perdido la razón."

Ricardo miró a Sofía con una mezcla de decepción y fastidio. "Sofía, ya basta de este espectáculo. Valeria solo intenta ayudarte."

Sofía lo miró, con los ojos llenos de lágrimas y desesperación. Quería gritar la verdad, decirle que Valeria era una mentirosa, una víbora que los había envenenado a todos, pero sabía que no le creería. ¿Cómo podría competir con la actuación perfecta de Valeria?

"Llévensela," ordenó Ricardo a los guardias que esperaban en la puerta, "que la encierren en la celda de castigo. Tal vez un poco de soledad le aclare las ideas."

Los guardias arrastraron a Sofía, sus pies descalzos dejando un rastro en el suelo sucio. Mientras la sacaban, escuchó a Valeria decirle a Ricardo, "No seas tan duro con ella, mi amor, al final, es solo una pobre mujer despechada."

Sofía cerró los ojos, rindiéndose por completo. Ya no había esperanza, no había nada por lo que luchar. En la oscuridad de la celda de castigo, los recuerdos la asaltaron.

Recordó el día que conoció a Ricardo, un joven y prometedor arquitecto con una ambición que ardía en sus ojos. Ella, también arquitecta, vio en él un alma gemela. Se enamoraron, o eso creía ella. Juntos soñaban con construir edificios que tocaran el cielo.

Recordó el proyecto que lo cambiaría todo, un concurso para diseñar el nuevo centro cívico de la ciudad. Ricardo estaba bloqueado, no podía encontrar la inspiración. Fue ella, Sofía, quien pasó noches en vela dibujando, calculando, creando un diseño revolucionario, una obra maestra. Se lo entregó a Ricardo, como un regalo de amor, para que lo presentara como suyo.

"Con esto, tu carrera despegará," le dijo ella, con el corazón lleno de amor y orgullo.

Ricardo ganó el concurso, su nombre se hizo famoso de la noche a la mañana, pero nunca mencionó que el diseño era de ella. Valeria, que siempre había estado a su lado, la consoló. "No te preocupes, Sofía, él te ama, seguro que te lo recompensará de otra manera."

Pero la recompensa nunca llegó, en su lugar, llegó la traición. Ricardo y Valeria comenzaron una aventura a sus espaldas. Eran tan obvios, pero ella estaba tan ciega de amor que se negaba a verlo.

Y entonces ocurrió el accidente, el evento que lo selló todo. Miguel, su exnovio de la universidad, un hombre bueno y noble al que había dejado por Ricardo, la había llamado. Estaba preocupado por ella, había oído rumores.

"Sofía, ten cuidado con Ricardo, y sobre todo con Valeria," le dijo por teléfono.

Esa noche, Ricardo y Valeria, borrachos de celebración y pasión, tomaron el coche. En una curva, a toda velocidad, chocaron contra otro vehículo. El conductor era Miguel. Murió en el acto.

Ricardo y Valeria, usando su nueva influencia, encubrieron todo. Dijeron que Miguel iba borracho, que él había causado el accidente. Nadie los cuestionó. Sofía, rota por la culpa y el dolor, se aferró a Ricardo, sin saber que se estaba abrazando al asesino de un hombre inocente y al ladrón de su futuro.

Desde ese día, todo se torció. Ricardo se volvió más frío, más distante. Valeria, por otro lado, se hizo indispensable para él. Y Sofía, poco a poco, fue relegada, olvidada, hasta que un día, Valeria la acusó de intentar envenenar a Ricardo por celos.

Él, sin dudarlo un segundo, le creyó a Valeria. La despojó de todo, de su nombre, de su libertad, y la encerró en esta mazmorra, donde el espíritu de Miguel, transformado en el vengativo Charro Negro, comenzó a atormentarla en sueños, no por odio hacia ella, sino para mostrarle la verdad.

Pero ahora, incluso ese espíritu atormentado se había callado. Sofía estaba sola, completamente sola. La traición la había consumido, el dolor la había vaciado. En el fondo de su ser, una decisión tomó forma, fría y dura como el diamante.

Ya no quería justicia, ya no quería venganza. Solo quería escapar. Dejarlo todo atrás. Renunciar a esta vida, a este amor, a este dolor. Buscaría un nuevo comienzo, sin importar el costo.

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