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Portada de la novela Algo fraterno

Algo fraterno

La vida de Tara Morgan, marcada por el prestigio y la riqueza, da un giro trágico tras seis años de gloria cuando termina postrada en una cama de hospital. Sumida en la soledad y ante la cercanía del final, su realidad cambia con la llegada de Amelia. Su mejor amiga se convierte en el pilar fundamental para superar la depresión. A través de este vínculo, Tara descubrirá el amor verdadero y aprenderá a aceptar la transición entre la vida y la muerte.
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Capítulo 3

Papá dijo que mama disfrutaba hacer estas cosas en casa, jamás pensó en realizar alguno de sus talentos de manera profesional, a él le gustaba platicarme la historia de los dos y como convivían para que yo tuviera recuerdos de lo linda persona que era mama, es por eso que cuando mama murió, él no tenía idea de como seguir adelante, viudo y ahora a cargo completo de mi, su única y deprimida hija.

Fue difícil para él procesar todo, y mantenerse firme, pero debía hacerlo por la memoria de mamá y por mi salud, si, pues, entonces ¿dónde están los bellos recuerdos? Fue ese día que escuche esa conversación que decidí vivir y tratar de ser feliz por ambos y por todo el amor que mamá nos daba, ya tenia a dos aliadas de mi lado el resto dependía de mi, no fue difícil ya que con ellas era agradable compartir y se hacía fácil sonreír con sinceridad.

Así es como llegamos a GreenVille con sus ahorros papá compro una modesta casa con dos habitaciones una pequeña sala y cocina lo suficiente para los dos, el patio era lo que mamá siempre soñó una enorme extensión de terreno donde podría plantar árboles frutales y un hermoso jardín para pasar las tardes. Papá vendió la casa en la capital, emprendió un pequeño negocio de ferretería en el garaje nuestra pequeña casa y así tenía el tiempo suficiente para trabajar y cuidar de mí.

Con el tiempo empezó a organizar el patio diseño y llevo a cabo la obra poco a poco, involucrándome en el proceso disfruté cada detalle cada cosa que se nos ocurría y como es de esperar mis amigas también fueron parte, así nuestro jardín de ensueño cobró vida y fue lo que mamá soñó, un jardín con árboles frutales de aquellas que eran sus favoritas y las nuestras también, con plantas que florecieron en primavera para llenar de color el lugar.

Papá y yo empezábamos nuestra vida sin mamá pero sin olvidarnos de ella, siempre la tuvimos presente. Éste fue nuestro pequeño paraíso donde crecí y el me acompañó hasta los 19 años.

Pensaba en todo esto cuando el presente me aparto de mis pensamientos. En la habitación del hospital la puerta se abrió de golpe y entró Amelia llorando y uno de mis guardaespaldas intentando contenerla.

—Señorita no puede entrar aquí, por favor retírese — dijo el guardaespaldas.

—No puedes sólo desaparecer por años y olvidarte de que existo — replicó ignorando las palabras del guardaespaldas.

Yo no pude contener las lágrimas y dije.

—Deja que entre, es mi hermana — él, algo confundido la soltó y se disculpó.

—Lamento el mal entendido Señorita— le dijo, luego se volteó hacia mí y dijo —Señorita Morgan, no volverá a suceder mis disculpas.

—Esta bien, no te preocupes— le respondí —Por favor cierra la puerta al salir y que nadie nos interrumpa.

—Con su permiso— hizo un saludo y salió de la habitación.

Amelia quedo de pie a la par de la puerta sin decir nada, luego volvió su mirada hacia mí, nos miramos fijamente mientras nuestras lágrimas se derramaban. No podía creer que la tenía frente a mi tras 6 años de no verla, no comunicarnos ni siquiera una llamada o un texto, esto porque yo cambié todas las formas de contactos, números telefónicos, correos y hasta vendí la casa de papá y me mudé lejos de ellos a una residencia privada.

— ¿Como pudiste? — rompió el silencio— ¿porque lo hiciste? ¿No éramos acaso hermanas? Simplemente desapareciste — sus voz se escuchaba cada vez más quebrada— jamás te he dejado de pensar desde aquel día no volviste, papá y mamá han estado angustiados sin saber de ti, Y ahora por fin te encuentro y me doy cuenta que no quieres luchar...

— yo... no...

No sabía que decir, realmente no tuve la valentía para quedarme y seguir creciendo juntas, aún a los 24 años nos sentíamos como niñas, las niñas que soñaban con ser alguien en la vida, seguir creciendo y compartir nuestros logros. No podía aceptar que por el egoísmo de cerrar mis emociones, termine apartando a la única persona que me quedaba. Aquella que me amaba como si fuera realmente de su familia. Ante sus preguntas no sabía cómo responder.

—Te he buscado hasta el cansancio, para ser exacta desde que desapareciste y no ha sido fácil llegar hasta ti, en tu empresa sólo saben decir que agende una cita luego que estas ocupada y que vuelva otro día a agendar, realmente no fue fácil darme cuenta donde realmente estabas y porque, ahora por favor déjame estar aquí contigo — continuó— por favor Tara.

—Por favor quédate Amelia— dije llorando— ya no quiero estar sola... No me dejes, ¿puedes perdonarme?

Fueron las lágrimas más sinceras que pude haber derramado. Había cerrado la puerta de mis sentimientos y en ese instante volví a sentirme viva y amada. No tenía a nadie más, el éxito no contaba, la casa de Modas más famosa no contaba, las noches sin descanso por lograr aquello que llamaba vida ya no contaba y todo aquello que no logré ya no importó más.

Todo era un vacío sin importancia, un vacío que se vio llenado con la llegada de ella. Me abrazo tiernamente como quien cuida de su hermana pequeña, como quien estima un tesoro, un abrazo cálido y sincero, esos de los que la fama no te da y no permite que los recibas.

—No voy a dejarte, yo cuidaré de ti pequeña Tara, siempre, sé que dolió y aun duele todo lo que pasó no tienes porque pedir perdón solo no vuelvas a alejarte.

Llorábamos juntas y esa sala de hospital ya no se sintió fría y vacía como se sintió durante meses.

—Estas aquí hermana mayor — dije en voz alta para asegurarme que fuera cierto y no una alucinación de efectos secundarios de los medicamentos, tocó mi rostro con un pañuelo y secó mis lágrimas.

— Aquí estaré, sabes que no te podrás deshacer de mi nunca, siempre voy a cuidarte — volvió a decir — ahora puedes decirme ¿Porque estas aquí?, escuche ciertos rumores de que no quieres llevar un tratamiento para curarte ¿es eso cierto?

—Tengo Leucemia, un tipo con bajas probabilidades de sanar, desde algún tiempo me habían diagnosticado pero no le tome importancia y ahora sólo empeora.

—Saldremos de esta juntas— dijo —pero tienes que poner de tu parte por favor.

Asentí con la cabeza realmente me sentí agradecida por tenerla aún conmigo. Por ese abrazo tierno y por haberme buscado hasta encontrarme y estar conmigo. La soledad se estaba yendo poco a poco y yo no volví a sentir frío en mi corazón y me dio el valor que necesitaba. Se quedó cerca de mi tomando mi mano y entonando una canción dulce que solíamos cantarnos de niñas y mientras cantaba me quedé tranquila hacía mucho tiempo que no me sentía así, tan llena de paz y con muchas ganas de vivir y salir adelante de este proceso y afrontar lo que se venia...

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