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Portada de la novela Adoptando a la hija del CEO

Adoptando a la hija del CEO

Zoe, una joven de diecisiete años cuya única familia es su abuela, encuentra a una bebé desamparada en una noche gélida. A pesar de los juicios sociales por ser madre soltera, asume la crianza de la pequeña ignorando su procedencia. El destino da un giro cuando descubre que la niña es la hija de un poderoso CEO. Ahora, ella debe proteger su vínculo afectivo y demostrar que el amor real pesa más que la sangre mientras enfrenta los retos de la maternidad.
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Capítulo 3

—Hola. ¿Quién habla?

—Hola jefe, habla Zoe.

—Zoe, ¿dónde estás? Tu turno empezó hace rato.

—Lo siento mucho, señor José. Me ha surgido un accidente y me encuentro en el hospital en este momento. Siento mucho no cumplir con mi turno el día de hoy, puede descontarlo de mi sueldo. Lo siento.

—¿El hospital? ¿Muchacha estás bien?

—Sí, señor José. Lamento no ir al trabajo.

—No te preocupes, nunca sueles llegar tarde y menos faltar. Como es la primera vez, te lo pasaré. Infórmame cuando te den de alta. Puedes tomarte el resto de la semana libre, no lo descontaré de tu pago, quédate tranquila.

—Muchas gracias, señor José. Muchas gracias.

—Muy bien, colgaré.

—Sí.

Sonrío al saber que tenía un buen jefe. El señor José es un hombre de cuarenta y un años, nunca tuvo hijos y esposa. Tiene un restaurante de comida italiana pequeño cerca a mi casa.

Desde que cumplí quince años he estado trabajando para él. Actualmente, tengo diecisiete, en cuatro meses cumplo la mayoría de edad y terminaré la escuela.

Había comenzado a trabajar para él con el fin de conseguir dinero suficiente para la universidad. También tengo dos trabajos más de medio tiempo. Uno en una cafetería, en el cual trabajo los días lunes y martes desde las dos de la tarde hasta las doce de la noche.

En el restaurante del señor José suelo trabajar los días viernes después de la escuela, los sábados y domingos todo el día. Mientras que los días miércoles y jueves trabajo en una panadería después de clases hasta las diez de la noche.

Siempre que salgo de trabajar y llego a casa es cuando me siento a terminar mis deberes escolares. Aunque por lo general suelo hacerlos cuando estoy en la escuela, de esa manera no me preocupo al llegar a casa después del trabajo.

Con lo que ganaba en mis tres trabajos y lo que ganaba mi abuela, teníamos para sobrevivir tranquilamente.

Cuando mi madre se casó con mi padre, consiguió hacer que la casa que compraron juntos quedara a mi nombre. Siempre fue muy inteligente, ella sabía que de esa manera no debía preocuparme por tener un techo donde vivir.

Mi padre nos dejó después de volverse adicto a las apuestas y al trago. Después mi madre se enteró de que mi padre tenía una amante y un hijo con esa mujer. Dos semanas luego de que descubriera ese hecho, ella murió en un accidente de auto y desde entonces estoy sola con mi abuela.

Él no quiso saber nada más de mí, según él, yo era su desgracia. Fue mi abuela quien cuidó de mí tras la muerte de mi madre y estoy agradecida con ella por haberme cuidado.

Para ella no era fácil cuidar a su nieta estando sola. Mi abuelo murió de un infarto al corazón antes de que yo naciera, no tuvo más hijos y la única hija que tuvo, murió joven. Por tanto, nuestra familia únicamente se conforma a por ella y por mí, pero parece que el destino tenía planeado que una nueva integrante llegará a nosotras.

—Creo que tengo que llamar a la abuela para darle la noticia.

Suspiro varias veces y me pongo nerviosa antes de llamarla.

Por lo general, mi abuela suele ser una mujer dulce, pero tiene su carácter español.

—Abuela.

—¿Zoe? ¿Qué sucede mi niña?

—Yo... Estoy en el hospital, no te asustes, te conozco. Yo estoy bien, ha surgido algo y considero que deberías venir.

—Llegaré en diez minutos.

—Ten cuidado, por favor.

—Espérame mi niña, ya estoy saliendo para allá.

—De acuerdo, te esperaré.

Cuelgo la llama y en ese momento entra la señora Clarisa en la habitación.

—¿Pudiste llamar a tu familiar?

—Sí, muchas gracias. Aquí tiene.

—¿Tu madre vendrá?

—No, ella murió hace muchos años. Vendrá mi abuela en su lugar, no tardará en llegar.

—Lamento lo de tu madre.

—No se preocupe, pasó hace mucho.

Ella estaba por hablar, cuando de la nada mi estómago comienza a sonar con fuerza y hace que me avergüence.

—Lo siento.

—¿Has comido algo?

—No, señora, no tuve tiempo de comer.

Ella me mira con algo de lástima y lleva su mano hasta el bolsillo de su pantalón.

—Ten, toma este dinero y ve a la cafetería por algo de comer. Yo me quedaré con Mía, la cuidaré hasta que llegues.

—No se preocupe, puedo esperar a que llegue mi abuela.

Intento devolverle el dinero, pero ella se niega a recibirlo y lo que hace es sacarme de la habitación.

—Anda, ve por algo de comida.

Iba a contradecirla, pero ella cierra la puerta para que no pueda refutar. Sonrío por lo buena persona que es.

Sonrío por haberme topado con una persona como ella.

Me giro para ir a la cafetería por algo para comer, doy unos cuantos pasos y siento que me sujetan del brazo para tirarme contra la pared.

—¿Es ella?

—¡¿Qué te pasa?!

—Fue ella joven amo, ella dijo que arderé en el infierno.

Escucho la fastidiosa voz de la mujer de antes, la miro con ira y después al sujeto que me tenía contra la pared.

—Suéltame, me estás lastimando.

—Discúlpate.

—¿Disculpa? No hice nada malo.

Apenas digo esas palabras, siento como me arroja al suelo y me sujeta del cabello con fuerza obligándome a verlo a los ojos.

—Dije que te disculpes.

—No.

—¿Por qué?

—No hice nada malo, fue ella quien no dejó de insultarme. No me disculparé por decir la verdad.

—Mientes.

—No miento.

—Si lo haces, no solo me dijiste que arderé en el infierno. También me disté una bofetada, yo no te hice nada.

—Usted es una mentirosa señora.

Aquel sujeto debía tener más de veinte años, aunque su belleza resaltaba. Sus ojos transmitían mucho miedo. Lo cual hace que mi instinto actúe de nuevo.

—Lo siento.

—Eso quería oír.

Me suelta para después tirarme al suelo.

—Vamos.

—Sí, joven amo.

Este se va no sin antes pisarme la mano. No hago ningún ruido de dolor. La mujer se acerca a mí y susurra en voz baja antes de marcharse.

—Tú serás quien arda.

La miro con odio aún tirada en el suelo, mientras que esta me mira con superioridad. Los observo irse y me fijo en el tatuaje que él tenía en su mano, era un halcón.

—Juro que serán ustedes quienes se arrepientan algún día.

Me levanto furiosa por haber cedido a mi miedo ante este hombre. No suelo ser así, siempre he sido alguien de carácter fuerte. Aunque naciera en New York, mi sangre española era la que más salía a flote cuando me enfadaba.

—Se arrepentirán, lo juro.

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