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Portada de la novela Adiós, Ricardo; Hola, Mundo

Adiós, Ricardo; Hola, Mundo

Después de veintidós años de falsas esperanzas, mi compromiso con Ricardo se desmoronó públicamente. Ante la alta sociedad, él me humilló al elegir a Isabella, mi hermana adoptiva, revelando un romance oculto y que mi anillo era usado. Con el alma rota y una lesión física, decidí abandonar a mi familia traidora. He dejado atrás mi pasado de sombras para marcharme a París, buscando un nuevo comienzo lejos de las mentiras y el desprecio de quienes amé.
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Capítulo 3

A la mañana siguiente, el dolor en mi muñeca era un recordatorio constante de la noche anterior. Me la había vendado torpemente con lo que encontré en el botiquín. Bajé a la cocina del departamento en busca de hielo y los encontré allí. Ricardo e Isabella, sentados a la mesa del desayuno como si nada hubiera pasado.

Isabella llevaba una de las batas de seda de Ricardo, bebiendo café de mi taza favorita. La escena era tan íntima, tan doméstica, que me revolvió el estómago.

"Sofía," dijo Ricardo, sin levantarse. Su tono era de fastidio, como si mi presencia fuera una molestia. "Tenemos que hablar de tu numerito de anoche. Avergonzaste a todos."

Me detuve en seco. Lo miré, incrédula. "¿Mi numerito?"

"Sí," intervino Isabella con su voz melosa. "Cariño, sé que estás sensible, pero salir corriendo así... hiciste que todos se sintieran muy incómodos."

Me reí, un sonido amargo y hueco. "Tú. No te atrevas a hablarme. No después de lo que vi."

Ricardo se puso de pie de un salto, su silla raspando contra el suelo. "¿Qué viste? ¿Viste cómo consolaba a tu hermana porque tú estabas haciendo un berrinche?"

"¡No es mi hermana!" grité, la rabia finalmente rompiendo mi autocontrol. "Dejó de serlo el día que robó el collar de mi abuela y me culpó a mí. Dejó de serlo cada vez que saboteaba mis proyectos de la escuela, cada vez que les mentía a mis padres para que me castigaran. ¡Y tú siempre la defendías!"

La historia de nuestra vida juntas era una larga lista de sus traiciones y la ceguera de todos los demás. Mis padres, siempre distantes, la habían adoptado cuando éramos niñas y desde el principio la favorecieron. Ella era la exótica, la frágil. Yo era la confiable, la que siempre estaba ahí. La vela.

"¡No hables así de ella!" Ricardo se acercó a mí, su rostro a centímetros del mío, sus ojos oscuros por la furia. "¡Tú no sabes nada de lo que ha sufrido!"

"¿Y yo? ¿Mi sufrimiento no cuenta?" mi voz se quebró.

En ese momento, sin previo aviso, su mano se cerró sobre mi brazo, apretando con fuerza justo donde mi muñeca estaba lesionada. Un grito de dolor se me escapó. Fue la primera vez que Ricardo me ponía una mano encima con ira. El hombre que una vez me había defendido de los bravucones en el patio de la escuela ahora era el que me causaba dolor.

"Suéltame," siseé, tratando de liberarme.

"Pídele una disculpa a Isabella," ordenó.

Miré por encima de su hombro a Isabella. Ella estaba observando la escena con una pequeña sonrisa de triunfo en sus labios, una expresión de puro placer ante mi dolor. Esa sonrisa me dio la fuerza que necesitaba.

"Nunca."

La presión en mi muñeca se intensificó. Vi puntos negros bailar ante mis ojos.

"Eres patética, Sofía," escupió Ricardo, su voz llena de veneno. "Siempre aferrándote a mí, siempre necesitándome. ¿Crees que no me di cuenta? Eres débil. Por eso nunca podrías ser como ella."

Sus palabras me golpearon más fuerte que cualquier golpe físico. Cada una de ellas era una verdad retorcida, diseñada para tocar mis inseguridades más profundas. Porque una parte de mí siempre se había sentido así: dependiente de su afecto, de su aprobación.

El dolor en mi muñeca se volvió agudo, un eco del dolor que sentí al caer la noche anterior. Era como si estuviera reviviendo la humillación, la herida física y emocional, todo a la vez.

Me soltó con un empujón, y tropecé hacia atrás, chocando contra el mostrador de la cocina. El impacto sacudió todo mi cuerpo.

Me quedé ahí, jadeando, mirándolo. Recordé una tarde de lluvia cuando teníamos diez años. Me había caído de mi bicicleta y me había raspado toda la rodilla. Ricardo corrió hacia mí, me ayudó a levantarme, limpió mi herida con su propio pañuelo y me cargó a caballito hasta mi casa. "Yo siempre te cuidaré, Sofi," me había dicho. "Siempre seré tu héroe."

Qué cruel ironía. Mi héroe. Mi salvador de la infancia.

Lo miré a los ojos, buscando un rastro de ese niño, de ese amigo. No había nada. Solo un extraño con un rostro familiar, un hombre cuya crueldad era tan profunda que me dejaba sin aliento.

En ese instante, algo dentro de mí se endureció. La tristeza se convirtió en hielo. La chica que lo amaba, la que lo habría perdonado casi cualquier cosa, murió en esa cocina.

Me di la vuelta sin decir una palabra más. El dolor en mi muñeca era un fuego sordo, pero el dolor en mi alma se había transformado en una fría y tranquila resolución.

Ya no había nada que salvar. Ya no había nada por lo que luchar.

Solo quedaba irme.

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