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Portada de la novela Adiós, Mi ex Esposo

Adiós, Mi ex Esposo

Después de soportar tres años de traiciones, el matrimonio de la protagonista llega a su fin tras un acto cruel: Ricardo, su esposo, la fuerza a beber alcohol durante su embarazo. Sola y tras un parto prematuro, ella descubre que él fue arrestado junto a su amante. Apoyada por su suegra, decide divorciarse para escapar de su prisión de lujo. La frialdad de Ricardo, que exige un test de ADN antes de conocer a su hijo, desata una batalla por su libertad.
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Capítulo 2

En tres años de matrimonio, Ricardo me había engañado 187 veces.

Llevaba la cuenta, no por masoquismo, sino como un recordatorio constante de la farsa en la que vivía. Cada infidelidad era una marca en el calendario de mi desdicha, una prueba de que mi matrimonio, construido sobre la esperanza de una vida segura, no era más que una jaula de oro.

Yo, Sofía, una huérfana que creció anhelando un hogar, había creído encontrarlo en la opulenta hacienda de la familia de Ricardo en Jalisco. Me casé con él, el heredero de un imperio ganadero, pensando que la estabilidad económica podría llenar el vacío de mi abandono. Qué ingenua fui.

Ahora, con nueve meses de embarazo, el peso de mi vientre era casi tan abrumador como el peso de mi desilusión. Ricardo, en lugar de cuidarme, me arrastró a una reunión de negocios.

"Es importante, Sofía. Son socios potenciales, tienes que estar ahí, sonreír y ser la esposa perfecta" , me había dicho, ajustándose la corbata de diseñador frente al espejo.

La reunión era en un restaurante ruidoso, lleno de hombres de negocios que olían a tabaco caro y a prepotencia. Me sentía fuera de lugar, una pieza decorativa en el juego de poder de mi esposo. La conversación giraba en torno a contratos y cifras millonarias, mientras yo solo podía pensar en el dolor de espalda y en la patadita que mi bebé acababa de darme.

"¡Un brindis por el nuevo contrato!" , exclamó uno de los socios, levantando su vaso de tequila.

Todos levantaron sus copas, mirándome con expectación. Ricardo me dio un codazo suave, pero cargado de exigencia.

"Anda, Sofía, solo un trago. No seas aguafiestas, no les hagas el feo" , susurró en mi oído, su aliento oliendo a alcohol.

"Ricardo, no puedo. El doctor…" , empecé a decir, mi voz temblorosa.

"No pasa nada por un trago, mujer. No exageres" , me interrumpió, su sonrisa forzada no lograba ocultar su irritación.

La presión en la mesa era palpable. Los ojos de todos estaban sobre mí, juzgándome. Me sentía atrapada, humillada. Para evitar una escena, para no avergonzar más a Ricardo y, por ende, a mí misma, tomé el pequeño vaso. El líquido ambarino quemó mi garganta al bajar. Inmediatamente, un calambre agudo y violento me recorrió el vientre.

Ahogué un grito, doblando mi cuerpo por el dolor.

"¿Qué te pasa ahora?" , preguntó Ricardo, molesto por la interrupción.

"El bebé… algo anda mal" , logré decir entre dientes, el sudor frío perlando mi frente.

El parto se adelantó. En el hospital, mientras los doctores y enfermeras corrían a mi alrededor, mi mente estaba extrañamente clara. Ricardo no estaba a mi lado. Después de dejarme en la entrada de urgencias, dijo que tenía que volver para "cerrar el trato" y desapareció.

Pasé horas en un dolor que creí que me mataría. Nueve horas de labor de parto prematuro, sola. Cuando por fin nació mi hijo, un niño pequeño y frágil que tuvo que ser llevado de inmediato a una incubadora, yo estaba agotada, vacía.

Y Ricardo no estaba.

Llamé a su celular una y otra vez. Buzón de voz. Intenté con su teléfono de la oficina. Nada. Pasó toda la noche.

A la mañana siguiente, mi suegra, Doña Carmen, entró en la habitación. Su rostro, usualmente severo y compuesto, mostraba una mezcla de preocupación y furia.

"Sofía, ¿cómo estás, hija?"

"Estoy viva" , respondí, mi voz era un susurro ronco. "El bebé también. Está en la incubadora" .

Doña Carmen asintió, sus ojos se llenaron de lágrimas.

"Lo sé. Ya lo vi. Es un guerrero, como su madre" .

Se sentó a mi lado, tomando mi mano. Su tacto era sorprendentemente suave.

"Ricardo no ha venido" , dije, sin emoción. No era una pregunta.

Ella apretó los labios, su mandíbula tensa.

"Prendí la televisión en la mañana. Hay noticias de una redada en un hotel de lujo anoche. Lo arrestaron junto a una mujer… la hija de uno de sus nuevos socios. Estaban en una fiesta privada" .

La noticia no me sorprendió. Ni siquiera me dolió. Era solo la confirmación número 188. El punto final.

Miré a mi suegra, cuyos ojos ahora ardían de vergüenza y rabia por su hijo.

"Doña Carmen" , dije con una calma que no sabía que poseía. "Quiero el divorcio" .

Ella me miró fijamente, buscando cualquier rastro de duda en mi rostro. No encontró ninguno. Suspiró profundamente, un sonido que pareció arrastrar todo el peso de su decepción.

"Te ayudaré" , dijo finalmente, su voz firme. "Ese sinvergüenza no merece ni una lágrima tuya. Ni a ti, ni a ese angelito" .

En los días siguientes, mientras me recuperaba, apenas visité la incubadora. Las enfermeras me miraban con extrañeza, susurrando entre ellas. No lo entendían. No podían entender que para poder irme, para poder ser libre, no podía permitirme amar a ese pequeño ser. No podía crear un lazo que me atara de nuevo a esa familia, a esa vida de humillación.

Cada vez que pensaba en él, me recordaba a mí misma: soy una huérfana. Crecí sin padres, sin un lugar al que pertenecer. Mi mayor anhelo siempre fue tener una familia, un hogar. Pero este no era mi hogar. Era una prisión. Y este bebé, mi propio hijo, era la llave para salir de ella. Él se quedaría aquí, con el apellido, la fortuna, la abuela que lo adoraría. Yo me iría sin nada, como llegué a este mundo.

Doña Carmen intentó llamar a Ricardo varias veces para informarle de mi decisión. Él nunca contestó. Finalmente, le dejó un mensaje de voz furioso.

"¡Ricardo, soy tu madre! ¡Tu esposa acaba de dar a luz a tu hijo después de que casi la matas de un disgusto y tú ni siquiera te apareces! ¡La policía me llamó para sacarte de la delegación! ¿No tienes vergüenza? Sofía quiere el divorcio, y te juro por la memoria de tu padre que la voy a apoyar" .

Más tarde, esa misma tarde, se sentó de nuevo a mi lado. Sus ojos estaban rojos.

"Perdóname, Sofía" , susurró, su voz rota. "Perdóname por haberte metido en esto. Por haberte presionado a casarte con él, por haberte pedido que aguantaras tanto. Yo… yo solo quería lo mejor para ti, pero cegué ante la clase de hombre que es mi hijo" .

Tomé su mano, la misma que me había consolado.

"No tiene que disculparse, Doña Carmen. Usted me ha dado más de lo que nadie me ha dado jamás" .

Pero en mi interior, la decisión era de acero. No había vuelta atrás. Iba a recuperar mi vida, aunque tuviera que dejar un pedazo de mi corazón en esa incubadora. Iba a ser libre.

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