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Portada de la novela Adiós, Jaula de Oro

Adiós, Jaula de Oro

Después de ocho años atrapada en un matrimonio gélido, Alejandro destruye mi realidad el día de nuestro aniversario. Al regalarme las flores que más odio, confirma su desprecio y la traición de Mónica, su secretaria, quien me ha suplantado ante mi propio hijo. Tras sufrir la pérdida de un embarazo en soledad y descubrir sus mentiras, decido destruir mi jaula de oro. He solicitado el divorcio y pelearé con garras por recuperar mi vida.
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Capítulo 2

Era nuestro octavo aniversario de bodas.

Me desperté sola en la enorme cama de nuestra mansión. El lado de Alejandro estaba frío, como casi todas las mañanas.

Bajé las escaleras y un olor abrumador me golpeó.

La sala de estar, el comedor, el pasillo, todo estaba inundado de rosas rojas. Cientos de ellas, en jarrones de cristal, en arreglos extravagantes, sus pétalos cubriendo el suelo.

Contuve las ganas de vomitar.

Alejandro sabía que odiaba las rosas.

Se lo dije la primera vez que salimos, le conté la historia de mi infancia, el porqué de mi aversión. Él me prometió que nunca me regalaría una.

Y ahora, novecientas noventa y nueve.

Lo vi entrar por la puerta principal, impecable en su traje, con una sonrisa de suficiencia.

"¿Te gusta, mi amor? Novecientos noventa y nueve. Porque la milésima rosa eres tú."

Su voz sonaba hueca, como un comercial de televisión.

No le respondí. Simplemente lo miré, sintiendo cómo ocho años de silencio, de humillaciones y de soledad se acumulaban en mi garganta.

"¿Qué pasa? ¿No te gustó la sorpresa?"

"Quiero el divorcio, Alejandro."

La frase salió de mi boca antes de que pudiera pensarla. Fue tranquila, pero firme.

La sonrisa de Alejandro vaciló por un segundo, luego se recompuso.

"No digas tonterías, Sofía. Es nuestro aniversario."

"Precisamente por eso. No puedo pasar un día más así."

Su celular sonó en ese momento, interrumpiendo la tensión. Vio la pantalla y su expresión se suavizó.

"Mónica," dijo, y contestó.

Mónica. Su secretaria. La mujer que pasaba más tiempo con mi marido que yo. La mujer que le compraba la ropa a mi hijo.

Escuché fragmentos de su conversación.

"Sí, estoy en casa… No, todo está bien… Sofía está un poco sensible hoy…"

Luego, un silencio. Alejandro me pasó el teléfono.

"Mónica quiere hablar contigo. Quiere disculparse."

"¿Disculparse por qué?" pregunté, aunque sabía perfectamente la respuesta.

"Anoche se quedó trabajando hasta tarde, dice que quizás te molestó que no llegara a dormir. Fue mi culpa, yo se lo pedí."

Tomé el teléfono. La voz de Mónica era dulce, casi un susurro.

"Sofía, de verdad lo siento mucho. No quería causarles problemas en un día tan especial. Alejandro es un hombre tan dedicado a su trabajo, a veces no mide el tiempo. Espero que me perdones."

Cada palabra era una mentira calculada.

Le devolví el teléfono a Alejandro sin decir nada.

Él colgó y me miró con frialdad. Su breve momento de falsa calidez había desaparecido.

"Ya está. ¿Contenta?"

"No," respondí. "Quiero el divorcio."

Me miró fijamente, como si evaluara una de sus cabezas de ganado. Sus ojos no mostraban amor, ni tristeza, ni siquiera ira. Solo un cálculo frío.

Finalmente, se encogió de hombros.

"Como desees."

Dio media vuelta y se fue, dejándome sola en medio de un mar de flores que olían a podrido.

Sentí un dolor agudo en el vientre, tan intenso que me dobló por la mitad. Corrí al baño, y lo que vi en el inodoro hizo que el mundo se detuviera.

Sangre. Mucha sangre.

Llamé a mi doctora, con las manos temblorosas. Sus palabras al otro lado de la línea fueron un eco distante.

"Sofía, los resultados de tus análisis de la semana pasada… estabas embarazada de seis semanas."

Embarazada.

Y ahora, ya no.

Había perdido un bebé que ni siquiera sabía que tenía.

En ese momento, en el suelo frío del baño, rodeada del olor de las rosas muertas, lo entendí. No era solo el matrimonio lo que había terminado. Era mi vieja vida.

La libertad no era una opción. Era una necesidad.

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