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Portada de la novela Adiós, Diego: Mi Nuevo Comienzo

Adiós, Diego: Mi Nuevo Comienzo

Ximena dedicó diez años a levantar el imperio de Diego, pero su lealtad fue pagada con desprecio. Él planea casarse con Sofía, una mujer refinada, tachando a Ximena de ser demasiado ruda para su nivel social. La humillación escala cuando Diego le exige que su grupo de mariachi actúe en la boda. Con el corazón roto pero decidida, ella acepta el trabajo, usando el evento como el escenario perfecto para ejecutar una venganza que despojará a Diego de todo.
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Capítulo 3

A la mañana siguiente, Diego me encontró en la sala de música, afinando mi guitarra. No me saludó. Simplemente se paró en la puerta, con los brazos cruzados, como si fuera un extraño en su propia casa.

"Sofía llega mañana," dijo, sin rodeos. "Quiero que saques tus cosas de mi habitación hoy mismo. Puedes instalarte en el cuarto de huéspedes del ala oeste."

Levanté la vista lentamente, encontrando su mirada. No era una petición, era una orden. Estaba siendo desalojada, desterrada a la parte más lejana de la casa para hacerle espacio a mi reemplazo. El cuarto de huéspedes, el que usábamos para los socios de bajo nivel o para la gente que no importaba.

"Claro, Diego," respondí, mi voz monótona.

Él frunció el ceño, claramente insatisfecho con mi sumisión. Esperaba lágrimas, gritos, una escena. Quería disfrutar de su poder, verme rota. Pero no le iba a dar esa satisfacción.

Dentro de mí, una voz fría y analítica tomó el control. Comprendí su juego. No se trataba solo de Sofía. Se trataba de recordarme mi lugar, de humillarme públicamente antes de desecharme. Quería que todos en la hacienda, desde los sicarios hasta el personal de servicio, vieran cómo la poderosa Ximena, su mano derecha, era reducida a nada. Quería que mi caída fuera un espectáculo, una lección para cualquiera que pensara que tenía algún poder real.

"Y quiero que sea rápido," añadió, su tono volviéndose más duro. "Sofía es una chica delicada. No quiero que se sienta incómoda con tus... cosas por ahí."

La palabra "cosas" la escupió con desdén. Mis "cosas" eran diez años de vida compartida. Mis libros, mi música, las fotos que habíamos tomado, los regalos que me había hecho en los primeros años, cuando nuestro amor todavía parecía real. Todo eso, reducido a un estorbo.

Asentí de nuevo, con una calma que lo descolocó.

"Lo que tú digas, Diego."

Me levanté, dejé la guitarra a un lado y caminé hacia él. Por un momento, pareció pensar que iba a suplicar o a confrontarlo. En su lugar, pasé a su lado sin rozarlo y me dirigí a la que había sido nuestra habitación.

Su frustración era palpable. Me siguió por el pasillo.

"¿Eso es todo lo que vas a decir?", espetó a mi espalda. "¿'Lo que tú digas, Diego'? ¿Después de diez años, no tienes nada más que decir?"

Me detuve frente a la puerta de la habitación y me giré para mirarlo.

"¿Qué quieres que diga, Diego? ¿Que te agradezca por la oportunidad de tocar en tu boda? ¿O que te felicite por encontrar a alguien 'puro'? Ya dejaste muy clara tu posición. Yo solo estoy siguiendo órdenes, como siempre."

Su rostro se contrajo de ira. Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal. Su olor, una mezcla de tequila caro y loción, me revolvió el estómago.

"No te hagas la víctima conmigo, Ximena. Sabes perfectamente cómo funciona este mundo. Ambos lo construimos. No hay lugar para sentimentalismos. Te di una vida que nunca hubieras soñado."

"Te ayudé a construir un imperio," corregí, mi voz baja pero firme. "No me diste nada que no me hubiera ganado con sangre, sudor y miedo. No lo olvides."

Me di la vuelta y entré en la habitación, cerrando la puerta en su cara. Escuché un golpe sordo, su puño contra la madera. Luego, el sonido de sus pasos alejándose a toda prisa.

Sola en la habitación, miré a mi alrededor. Cada objeto era un fantasma. Comencé a empacar, no con tristeza, sino con una eficiencia fría y metódica. Metí mi ropa en maletas, sin doblarla. Arrojé los libros en cajas. Las fotos, las rompí en pedazos pequeños y las tiré a la basura.

Cuando llegué a la caja de joyas, la abrí. Dentro, junto a mis cosas, estaba el primer regalo que Diego me dio: una sencilla medalla de plata con una guitarra grabada. La tomé en mi mano, su metal frío contra mi piel. Por un momento, el dolor amenazó con abrumarme.

Pero luego recordé su voz llamándome "corrida", "sucia".

Apreté la medalla en mi puño hasta que los bordes se clavaron en mi palma. Caminé hacia la ventana, la abrí y, sin dudarlo un segundo, la arrojé al jardín. La vi desaparecer entre los rosales.

Fue un pequeño acto, pero se sintió como una liberación. No estaba guardando el luto por un amor perdido. Estaba declarando la guerra. Cada caja que cerraba, cada recuerdo que desechaba, era un paso más en mi plan. Él quería que me fuera, y yo me iría. Pero no como él esperaba. Me iría llevándome conmigo los cimientos de su imperio.

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