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Portada de la novela Adiós, Amor Traicionado

Adiós, Amor Traicionado

Tras revivir el tormento de su propia muerte, la protagonista despierta en el pasado con una determinación inquebrantable. Aún resuena el nombre de Ricardo, el prometido que la condujo a la tumba junto a Valeria, su supuesta mejor amiga. Frente al recuerdo del veneno y la traición, ella decide romper su compromiso y anular cualquier vínculo con quienes la humillaron. Esta vez, no permitirá que su destino sea manipulado por la ambición ajena.
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Capítulo 3

Recordé todas las veces que Ricardo me había dejado plantada para ir a consolar a Valeria. Fiestas, cenas, paseos… siempre había una excusa, y la excusa siempre era ella. "Valeria me necesita," decía, y yo, en mi ciega inocencia, lo entendía. Creía que era un buen amigo, un hombre compasivo. Qué tonta había sido.

Me quedé quieta, escuchando su conversación. Cada palabra era una daga que me recordaba el dolor de mi vida pasada.

"Sofía no significa nada para mí, Valeria," dijo Ricardo, su voz era un susurro íntimo destinado solo para ella. "Este matrimonio es solo un acuerdo político, una formalidad. Mi corazón siempre ha sido tuyo."

Valeria levantó la vista, sus ojos llenos de lágrimas brillaban con esperanza. "¿De verdad, Ricardo? ¿Me lo prometes? ¿Prometes que después de la boda, seguirás a mi lado? ¿Que no me dejarás por ella?"

Su pregunta era egoísta, ignoraba por completo que él estaba a punto de casarse, de hacer votos sagrados con otra mujer. Pero a ella no le importaba.

"Te lo prometo," respondió Ricardo sin dudarlo ni un segundo. "Tú eres la única mujer que amo. Sofía es solo una herramienta para asegurar la posición de mi familia. Una vez que todo esté hecho, encontraré la manera de mantenerte a mi lado, siempre."

Mi respiración se atascó en mi garganta. Escuchar su traición de sus propios labios era más doloroso de lo que había imaginado. Recordé sus promesas vacías, los votos que me había hecho en nuestra vida pasada, jurando amarme y respetarme por siempre. Mentiras. Todo había sido una farsa elaborada.

Suficiente. Había escuchado suficiente. Me di la vuelta en silencio y me alejé de la glorieta. No sentía tristeza, solo una ira fría y una determinación renovada. Había tomado la decisión correcta.

Cuando llegué a la casa principal, mi padre me esperaba en su estudio. Su rostro mostraba preocupación.

"Sofía, ¿es cierto lo que escuché? ¿Hablaste con el Emperador? ¿Anulaste tu compromiso?"

Me senté frente a él y le conté todo, omitiendo la parte de mi reencarnación, por supuesto. Le hablé de mi deseo de paz para el imperio, de mi voluntad de sacrificarme por un bien mayor.

Mi padre, un hombre bueno y protector, me escuchó con atención. Sus ojos se llenaron de una mezcla de orgullo y tristeza.

"Hija mía, siempre supe que tenías un gran corazón," dijo, su voz quebrada por la emoción. "Si esta es tu decisión, si crees que esto te traerá paz, entonces te apoyo. Escapar de un matrimonio con un hombre como Ricardo puede ser una bendición."

Su comprensión y apoyo me dieron la fuerza que necesitaba. Al menos no estaría sola en esto.

Al día siguiente, Ricardo vino a visitarme. Isabella me anunció su llegada con una expresión de disgusto. Esta vez, decidí enfrentarlo.

Entró en mi salón, sonriendo como si nada. Llevaba un costoso broche de zafiros en la mano.

"Sofía, mi amor, lamento no haberte visto ayer. Valeria no se sentía bien," dijo, con su habitual tono despreocupado. Olía a perfume de gardenias, el favorito de Valeria.

"No te preocupes, Ricardo. Entiendo que tus prioridades son otras," respondí con frialdad, sin mirarlo a los ojos.

Él pareció no notar mi tono. "Te traje esto," dijo, ofreciéndome el broche. "Para compensar mi ausencia."

Lo tomé sin emoción. Era hermoso, sin duda, pero para mí no era más que un símbolo de su hipocresía.

"Gracias," dije secamente.

Él se quedó un momento, esperando una reacción más cálida, pero no se la di. Finalmente, se fue, confundido por mi frialdad. Tan pronto como se fue, llamé a Isabella.

"Isabella, toma esto," le dije, entregándole el broche. "Es tuyo."

Los ojos de Isabella se abrieron como platos. "¡Señorita! No puedo aceptar esto, es demasiado valioso."

"Por favor, acéptalo. Para mí, no tiene ningún valor. Considera que es un regalo por tu lealtad," insistí.

Isabella tomó el broche con manos temblorosas, sus ojos se llenaron de lágrimas.

"Señorita, no importa a dónde vaya, incluso al lejano y frío norte, yo iré con usted. Siempre estaré a su lado," juró con fervor.

Sus palabras me conmovieron profundamente. En medio de tanta traición, la lealtad de Isabella era un bálsamo para mi alma herida.

Justo en ese momento, se escuchó un alboroto en la entrada de la casa. Un sirviente entró corriendo al salón.

"Señorita, la señorita Valeria está aquí. Insiste en verla."

Ahí estaba. La confrontación que sabía que llegaría tarde o temprano.

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