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Portada de la novela Adiós, Amor Tóxico

Adiós, Amor Tóxico

Tras un final marcado por la traición y el agotamiento físico, Sofía regresa al pasado con una vitalidad renovada. Recuerda con amargura cómo Ricardo Vargas la manipuló para costear sus negocios y arrebatarle una beca. Incluso fue engañada para donar sangre a su rival, Isabella Guzmán, perdiendo el torneo culinario ante ellos. Conociendo cada mentira, Sofía ahora posee la oportunidad de cambiar su destino y evitar que la historia de abuso se repita.
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Capítulo 2

Sofía Romero abrió los ojos de golpe, el corazón le latía con una fuerza descontrolada dentro del pecho, un tamborileo frenético que resonaba en sus oídos.

El techo blanco y liso sobre ella era dolorosamente familiar, la luz del sol de la mañana se filtraba a través de las cortinas con el mismo patrón de siempre.

Sintió el sudor frío en su frente, la tela de su pijama pegada a su piel. Por un momento, la confusión la paralizó, ¿dónde estaba? ¿Qué había pasado?

Lentamente, se sentó en la cama, el movimiento le pareció extraño, como si su cuerpo no fuera del todo suyo. Miró sus manos, pálidas pero llenas de energía, las giró, flexionó los dedos. Estaban fuertes. No había rastro de la debilidad crónica, de los mareos constantes, del agotamiento que la había consumido hasta el último día.

El último día.

El recuerdo la golpeó como una ola helada. El fracaso estrepitoso en el concurso de cocina "El Sabor de México", el sueño de su vida hecho cenizas frente a miles de espectadores. La mirada de decepción de los jueces, el murmullo de lástima del público, y sobre todo, la sonrisa satisfecha de Isabella Guzmán mientras recibía el trofeo que debería haber sido suyo.

Y junto a Isabella, aplaudiendo con una devoción fingida, estaba él. Ricardo Vargas.

El nombre le provocó un espasmo de dolor y rabia en el estómago.

Ricardo, su novio, el hombre por el que había sacrificado todo.

Su mente, ahora increíblemente clara, empezó a conectar los puntos de un pasado que sentía a la vez lejano y grabado a fuego en su alma. Recordó la llamada desesperada de Ricardo, pidiéndole un préstamo enorme para un "negocio culinario" que prometía asegurarles el futuro, un dinero que ella sacó de sus ahorros para la universidad y que nunca volvió a ver.

Recordó cómo la convenció de cederle su lugar en un prestigioso programa de becas en el extranjero, diciéndole que era una oportunidad única para él y que, cuando triunfara, la llevaría consigo. Ella le creyó, renunció a su propia oportunidad, y él se fue, solo para regresar meses después de la mano de Isabella.

Y lo peor, lo más vil de todo, fue la mentira del accidente de Isabella. "Sofía, mi amor, Isabella tuvo un accidente terrible, necesita sangre, es un tipo muy raro, el tuyo es compatible, por favor, ayúdala, es mi socia, es importante". Y ella, ciega de amor y estúpida por naturaleza, fue al hospital una y otra vez. Donó sangre hasta que los médicos le advirtieron que estaba poniendo en riesgo su propia salud. Se sentía débil, mareada, pero Ricardo le decía que era una heroína, que estaba salvando una vida.

Todo para que el día del concurso, estuviera tan débil que apenas podía sostener un cuchillo, sus manos temblaban, su mente estaba nublada. Fracasó. Y Ricardo e Isabella triunfaron.

Una risa seca y amarga escapó de sus labios. Había muerto de una complicación médica derivada de su salud debilitada, sola y olvidada, mientras ellos vivían la vida que le habían robado.

Pero ahora... ahora estaba aquí. En su cuarto. Viva. Y fuerte.

Miró el calendario que colgaba en la pared. La fecha la dejó sin aliento. Era el día antes del concurso. Tenía veinticuatro horas.

Una segunda oportunidad.

Esta vez no habría amor ciego. No habría sacrificios estúpidos. No habría una Sofía ingenua dispuesta a inmolarse por un hombre que la veía como un escalón.

"Esta vez", se susurró a sí misma, la voz rasposa pero firme, "seré egoísta. Me voy a salvar a mí misma. Y los voy a destruir".

El sonido de la puerta de su habitación abriéndose la sacó de sus pensamientos.

Ricardo Vargas entró sin tocar, como siempre. Llevaba esa sonrisa arrogante y encantadora que antes la derretía y que ahora le revolvía el estómago.

Se acercó a ella, su colonia cara llenando el aire. Se sentó en el borde de la cama, mirándola con una suficiencia que la enfureció.

"Sofía, he estado pensando", dijo él, su voz era suave y melosa, el tono de un depredador que sabe que su presa no puede escapar.

Extendió la mano para tocarle la mejilla, pero ella apartó la cara instintivamente.

La sonrisa de Ricardo vaciló por una fracción de segundo, pero la recuperó de inmediato.

"He pensado que hemos estado juntos mucho tiempo, y creo que es hora de hacerlo oficial. ¿Quieres ser mi novia?".

Su propuesta, la misma que en su vida anterior la había hecho llorar de felicidad, ahora sonaba como una broma macabra. Él no la amaba, solo quería asegurarse de tenerla bajo control antes del concurso, asegurarse de que su plan para sabotearla funcionara a la perfección.

Sofía lo miró directamente a los ojos, su expresión era una máscara de calma helada. No había rastro de la adoración que él esperaba ver.

"No".

La palabra fue un susurro, pero cortó el aire de la habitación como un cuchillo.

Ricardo parpadeó, confundido. Soltó una pequeña risa nerviosa.

"¿Qué? ¿Qué dijiste?".

"Dije que no", repitió Sofía, su voz ahora más clara, más fuerte. "No, Ricardo. No quiero ser tu novia".

El silencio que siguió fue denso y pesado.

La sonrisa de Ricardo se desvaneció por completo. Su rostro pasó de la confianza a la confusión, y luego a una incredulidad total. Sus ojos, que siempre la miraban con una mezcla de posesión y condescendencia, ahora estaban abiertos de par en par, buscando una explicación, una señal de que era una broma.

Pero no encontró nada. Solo la mirada fría y decidida de una mujer que ya no le pertenecía.

"¿Estás... estás bromeando?", tartamudeó él, su arrogancia habitual hecha pedazos. "Sofía, soy yo, Ricardo. ¿De qué estás hablando?".

La ira comenzaba a teñir su confusión, una ira nacida de la pérdida de control. Y Sofía, por primera vez, sintió una oleada de poder. El juego acababa de empezar.

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