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Portada de la novela Adiós, Amor. Hola, Imperio

Adiós, Amor. Hola, Imperio

La felicidad en el restaurante El Corazón de México se desvanece cuando unas burbujas místicas me permiten leer la mente de Mateo. La verdad es devastadora: él y Camila ven mi embarazo como un estorbo para sus planes de éxito. Tras descubrir que su amor es una farsa, el dolor se vuelve una voluntad de acero. Lucharé por el legado que me corresponde y por el futuro de mi hijo, dejando atrás a quien nos traicionó. El enfrentamiento final ha empezado.
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Capítulo 2

La vida que compartía con Mateo se sentía como la masa perfecta, esa que habíamos amasado juntos con paciencia y dedicación, ahora a punto de hornearse en la forma de nuestro primer hijo. El restaurante, "El Corazón de México", era nuestro otro bebé, un éxito rotundo que nació de mis ahorros y su indiscutible talento en la cocina. Yo gestionaba los números y el salón, él creaba la magia en los fogones. Éramos un equipo, o eso creía yo.

El primer indicio de que algo se estaba agrietando en nuestra perfecta creación no fue un grito ni una discusión, sino un silencio extraño, una quietud en el aire cuando Mateo estaba cerca. Estaba embarazada de tres meses, y la fatiga me obligaba a pasar más tiempo en casa. Él llegaba tarde, oliendo a especias exóticas y a un perfume que no era el mío, pero siempre con una sonrisa encantadora y una excusa perfecta.

"Una nueva receta, mi amor. Quería sorprenderte".

Esa tarde, mientras descansaba en el sofá, con una mano sobre mi vientre apenas abultado, Mateo entró en la sala hablando por teléfono. Se detuvo en seco al verme, colgó rápidamente y se acercó a besar mi frente. Su sonrisa era cálida, pero sus ojos estaban en otra parte.

Fue entonces cuando sucedió por primera vez.

Sobre su cabeza, flotando como un subtítulo mal colocado en una película, apareció una burbuja de diálogo, nítida y translúcida. Parpadeé, pensando que era un efecto de la luz o del cansancio del embarazo, pero las palabras permanecieron ahí, escritas en una tipografía cursiva y casi burlona.

Mateo: Tranquila, mi vida. Ya colgué. Sofía estaba en la sala, casi me cacha. Te marco en un rato.

Me quedé helada, el corazón me dio un vuelco doloroso. ¿Qué era eso? Debía estar alucinando. Me froté los ojos con fuerza, pero cuando volví a mirar, la burbuja se había desvanecido. Mateo me sonreía, ajeno a mi confusión.

"¿Todo bien, Sofía? Te ves pálida".

"Sí, solo... un poco mareada", mentí.

Más tarde esa noche, mientras él se duchaba, su teléfono vibró sobre la mesita de noche. Lo miré con una mezcla de miedo y una necesidad imperiosa de saber. No tuve que tocarlo. Sobre la pantalla oscura, otra burbuja de diálogo apareció, esta vez como si fuera una respuesta.

Camila: No te preocupes, mi chef. Pero apúrate, que nuestro futuro heredero y yo te extrañamos. ¿Cuándo le vas a decir a la estorbosa de tu esposa que se quite de en medio?

Estorbosa. La palabra se me clavó en el pecho. Camila. Su joven y ambiciosa sous chef, la chica a la que yo misma había entrevistado y recomendado contratar, pensando que su energía sería buena para el restaurante.

Me levanté y caminé hacia el espejo del dormitorio. Mi reflejo me devolvió la imagen de una mujer pálida, con ojeras incipientes y una vulnerabilidad que me asustó. Sobre mi propia cabeza, no había nada. Solo sobre la de él. Era una especie de maldición, o una extraña bendición. Podía ver la telenovela de su vida secreta.

Un nuevo mensaje apareció sobre el teléfono, la respuesta de Mateo.

Mateo: Paciencia, mi reina. Pronto. El hijo que ella espera no es más que un obstáculo, una complicación. El verdadero heredero de nuestro imperio culinario será el nuestro, el fruto de nuestro amor y talento. Cuando nazca, seremos la pareja poderosa de la gastronomía mexicana.

Obstáculo. Mi hijo. Nuestro hijo. Un obstáculo.

El aire se me escapó de los pulmones. Me apoyé en la pared para no caer. La náusea que sentí no tenía nada que ver con el embarazo. Era la bilis amarga de la traición más pura y cruel. No solo me engañaba, planeaba reemplazarme, a mí y a mi hijo, como si fuéramos ingredientes vencidos en su despensa.

En ese instante, una frialdad helada recorrió mi cuerpo, apagando el dolor inicial y reemplazándolo con una resolución de acero.

No quiero a este hombre.

Y, Dios me perdone, no quiero un hijo que nacerá en un nido de mentiras, destinado a ser despreciado por su propio padre como un "obstáculo". No quiero traer al mundo a un niño que no será amado.

La puerta del baño se abrió y Mateo salió envuelto en vapor, con una toalla alrededor de la cintura. Su sonrisa se borró al ver mi expresión.

"Sofía, ¿qué pasa? ¿Te sientes mal? ¿Es el bebé?".

Su voz, llena de una preocupación tan falsa, me revolvió el estómago. No dije nada. Simplemente lo miré, viendo al hombre que amaba y al monstruo que se escondía detrás de sus ojos, y supe que todo había terminado.

Antes de que pudiera seguir fingiendo, me di la vuelta y fui a mi estudio. Abrí la laptop y entré a la cuenta bancaria conjunta. La que habíamos abierto con el dinero de la herencia de mi padre para fundar el restaurante.

Con manos temblorosas pero firmes, comencé a transferir la mitad exacta de los fondos a mi cuenta personal. No era venganza, era supervivencia. Si yo era un obstáculo, iba a asegurarme de que este obstáculo recuperara lo que le pertenecía.

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