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Portada de la novela Adicta al placer

Adicta al placer

Alicia no teme mostrarse tal cual es: una mujer que vive entregada a su ninfomanía y a la búsqueda constante de satisfacción. A través de este relato, comparte sin reservas sus vivencias más privadas y esas fantasías prohibidas que ha logrado materializar. Lo que para muchos sería motivo de vergüenza, ella lo narra con absoluta honestidad. Es una invitación a explorar sus secretos más profundos, un camino sin filtros solo apto para mentes sin prejuicios.
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Capítulo 2

Menos de una semana después cumplí los quince años. Sí, muchos pueden pensar que fue una gran celebración y que hubo globos e invitados por toda la casa, pero la verdad es que no. Mis padres, para variar, estaban fuera, y Rubén y Linda aún no habían regresado de la universidad. Por lo tanto, me pasé casi todo el día sola en casa. Solo a la hora de la cena me cantarían el Feliz Cumpleaños y picaría la tarta que mi madre había comprado el día anterior. Casi todos mis cumpleaños eran así.

Sin embargo, no me quejaba. Sí, estaba un poco aburrida, pero tenía una solución perfecta para ese pequeño problema. Resulta que desde el día en que me masturbé por primera vez con ayuda de la moto de Rubén, simplemente no podía dejar de pensar en lo bien que se había sentido hacerlo, lo liberador y placentero que había sido, y solo quería repetirlo cada día. Quizás no la parte de la moto, pero sí la de manosearme y meterme al menos un dedo en mi coñito virgen. Esa tarde no fue la excepción. Después de todo era mi cumple, debía hacerme un regalo propio, ¿no?

Me senté en mi cama y me puse a buscar algún buen video en una página erótica que había encontrado en Internet un par de días antes. Era adictiva, ¿cómo no había buscado antes ese tipo de contenido? Había muchos nuevos, casi todos lésbicos, y esos estaban entre mis favoritos. Creía que me volvería una experta de tanto ver videos de ese tipo. Casi todos eran de mujeres en la cama o un sofá, pero yo buscaba uno donde se follaran con arnés, eso siempre me calentaba.

No obstante, encontré uno de dos secretarias haciéndolo en un escritorio. Hice click y arrancaba con un beso caliente y pasional entre las dos secretarias, una rubia y una morena, con buenas curvas las dos. La rubia se recostó en el escritorio, ya tenía el saco abierto con las tetas al aire, y las tenía muy lindas, por cierto. La morena le empezó a chupar los pezones y luego saltó directamente a mamarle el coño, de una manera muy sensual, con sus labios y lengua, haciendo gemir a la rubia. Le volvió a besar y chupar un poco sus tetas, después la recostó otra vez, le frotó el clítoris y la empezó a penetrar con dos dedos, tan duro que la hizo gemir fuerte y gritar del placer.

Se empezó a calmar y el video saltó al momento en que la rubia estaba de pie y desnuda, y la morena estaba acostada en el escritorio. Llevaba una blusa azul marino que la otra le comenzó a bajar hasta dejar sus tetas libres. Se las chupaba y besaba de un modo muy pasional. De nuevo el video saltó y la morena estaba inclinada sobre el escritorio con la otra secretaria desnuda detrás de ella pasándole la mano por detrás, aunque todavía llevaba la tanga. La rubia se la bajó y le frotó el coño muy suave y sensual, hasta hacerla gemir. Después se besaron sin detenerse ni siquiera en los gemidos. Otro salto y la morena estaba gimiendo más alto porque la otra le chupaba el coño por detrás. Se oía el sonido de sus labios mamándoselo. A la vez que le acariciaba las nalgas, le pasaba la lengua por el orificio de la vagina. La morena soltó un gemido muy fuerte cuando la rubia empezó a follársela con su lengua.

En la última escena, la rubia era quien estaba recostada en el escritorio y la otra le estaba mamando el coño, dándole lengua muy suavecito en el clítoris, haciéndola gozar de lo lindo. También estaba usando su dedo medio para follarla sin dejar de lamerla. La combinación de gemidos y sus caras de placer me calentó demasiado y ya no podía resistirlo ni un segundo más.

Hasta ese entonces venía dejando que mis pantaloncillos se mojaran, con mis piernas abiertas. Llevaba un pijama rosa claro debido a que no había salido de casa en todo el día. El clima estaba muy fresco, pero el calor dentro de mí me iba a hacer estallar. Metí mi mano en mis pantaloncillos, dentro de mis bragas, y comencé a frotarme con suavidad el clítoris. Ya lo tenía hinchado.

No dejaba de mirar a las dos secretarias con los ojos bien abiertos, en especial a la rubia, que empezaba a retorcerse y a gemir más fuerte. Me froté más duro el clítoris y gemí yo también. Seguí aún cuando se acabó el video. Estaba gimiendo como loca, concentrada en esa imagen, imaginándome en el lugar de la rubia, con la secretaria morena mamándome el coñito y follándome con sus dedos. Sin darme cuenta, un orgasmo descomunal me alcanzó. Traté de contener mi grito apretando los labios y dejé mi mano en mi coñito un minuto más, hasta que logré calmarme.

Sin embargo, el timbre sonó y di un respingo. No esperaba que llegara nadie a esa hora. Era muy inoportuno, quienquiera que fuera.

Quise limpiarme al menos las manos y recoger el desastre de mis sábanas, pero el timbre seguía sonando con insistencia, tenía que bajar a abrir.

—Mierda —me quejé en un tono bajo y salí de la habitación.

Tenía la entrepierna muy húmeda y pegajosa, sin contar que estaba medio desnuda solo con mis pantalocillos de pijama y una blusita a juego sin sostén debajo. Y sudada, muy sudada. Esperaba que no fuera ningún vendedor, ni tampoco alguien de la familia. No sabía cuál de las dos posibilidades era más embarazosa.

Pero solo se trataba de Elena, mi mejor amiga. Solté un suspiro de alivio al abrir y verla. Ella se lanzó sobre mí y me abrazó con fuerza.

—¡Feliz cumpleaños! —exclamó a viva voz.

No obstante, mi atención estaba centrada en el ligero roce de su enorme pecho contra mis pezones duros. Aún mi excitación no había pasado por completo.

Intenté separarme de ella cuanto antes, pero por un segundo me dio la impresión de que su mirada se desvió hacia mi pecho y lo notó. No es que fuera algo tan sencillo de esconder.

Me aclaré la garganta.

—Gracias, Ele —le dije—. No sabía que venías.

—¡Oh! —exclamó casi ofendida—. ¿Cómo crees que no vendría a ver a mi mejor amiga en su cumpleaños? ¿Por quién me tomas?

Me encogí de hombros y sonreí.

—Tampoco es la gran cosa —le dije, aunque en el fondo me alegraba que al menos ella no me dejara sola en un día como ese.

—¡Mira! —exclamó y sacó a toda prisa una pequeña caja de colores con un lazo verde brillante de su mochila—. Mi hermana mayor y yo te compramos especialmente esto para ti. Pero, ¡qué conste que fue su idea! También me dio lo mismo en mi cumpleaños pasado.

Eso me dejó bastante intrigada, así que intenté tomar la caja para abrirla.

—¡Espera! —me dijo y la retiró de mi alcance.

—¿Por qué? —le pregunté con una ceja elevada—. ¿No es para mí?

—Sí, pero solo puedes abrirlo después que yo me vaya... y cuando estés totalmente a solas...

Hice una mueca de extrañeza.

—Dios, no entiendo nada —le dije y solté una risilla.

Ella se rio con su típica risa divertida y me dio finalmente la caja.

—Créeme —me explicó—, lo entenderás cuando lo abras.

Volví a encogerme de hombros y le di las gracias. Ciertamente no tenía idea de qué podía ser.

—¿Qué estabas haciendo? —preguntó Elena de pronto y me puse un poco nerviosa.

—Eh... estaba viendo una peli.

Recé porque el rubor de mis mejillas no me delatara.

—¡Oh, genial! —dijo—. Pues vamos a verla juntas.

Abrí mucho los ojos, pero antes de que pudiera detenerla ya ella estaba subiendo las escaleras casi corriendo. Nos conocíamos desde siempre, no necesitábamos permiso para hacer eso.

Subí a toda prisa detrás de ella, pero no tuve tiempo de alcanzarla antes de que entrara a mi cuarto y viera el desorden y la laptop abierta claramente no en una página de películas comunes. Su boca se abrió en una «o», y en ese momento sentí ganas de desaparecer. No es que pudiera darle demasiadas excusas creíbles.

—¡Por Dios! —me dijo—. ¡Eres más sucia de lo que pensaba!

Entonces, estalló en una carcajada. Yo opté por bajar la mirada y poner la caja sobre la mesa de noche. Sentí todo mi cara y mi cuello ardiendo.

—Con que no tuviste suficiente con la moto de tu hermano, ¿eh? —me preguntó en un tono de voz descarado.

Y, sí, en ese momento me arrepentí mucho de haberle confiado algo tan personal, pero ella tampoco se guardaba cuando hacía cosas inapropiadas, nos lo contábamos todo.

—Ya basta, ¿sí? —le dije—. No sé para qué te lo conté.

Me acerqué a ella e intenté cerrar la laptop, pero me lo impidió.

—Espera —me dijo—. Te dije que vería contigo lo que estabas viendo, así que...

La miré muy sorprendida, pero opté por no decir nada y solo sentarme a su lado. Elena comenzó a reproducir el video de las secretarias una vez más y a mirarlo con detenimiento. Por otro lado, yo no dejaba de mirarla a ella, temía de su reacción, de que fuera a pensar mal de mí por ver contenido lésbico en lugar de heterosexual.

Sin embargo, ella solo parecía asimilar todo lo que ocurría en la pantalla. De hecho, me atrevería a decir que lo estaba disfrutando. Fue en ese momento donde me percaté de que Elena tenía cierto parecido con la secretaria rubia. Ella también tenía ojos claros y el cabello dorado. Nunca había visto sus tetas, pero pensé que quizás eran incluso más grandes que las de la mujer en el video. ¿Serían tan excitantes como las de la secretaria? Me tomó un momento darme cuenta de que estaba fantaseando con mi mejor amiga, pero me tomó incluso más notar que ella había dejado de mirar la pantalla y que, en lugar de eso, me estaba viendo fijamente.

Sus labios carnosos y rosados se abrieron un poco a la vez que se los humedeció y, cuando menos lo esperaba, me besó. Lo mejor de la tarde estaba por comenzar, ese sí sería un cumpleaños para recordar.

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