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Portada de la novela ADICTA A SUS BESOS

ADICTA A SUS BESOS

Isabella amanece desconcertada junto a un desconocido tras una noche que no recuerda. Se trata de Alexander, el sucesor de una poderosa dinastía mafiosa que la obliga a casarse para garantizar su descendencia. Atrapada en un mundo de opulencia y riesgos mortales, ella deberá sobrevivir a la voluntad del magnate. Sin embargo, la valentía de Isabella termina por cautivarlo, transformando su unión forzada en un romance capaz de vencer cualquier amenaza.
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Capítulo 3

HACE DOS DÍAS

—¿Cómo que no la encuentran? —grité tan fuerte como pude al equipo celular pegado a mi oreja—. ¡Tienen dos horas! ¡Dos malditas horas para encontrar a esa mujer!

Corté la llamada y apuré a desaparecer el contenido del vaso de licor en mi mano. No otra vez, no me puede volver a pasar. ¿Es acaso esto una maldita broma? Siento cómo la ira burbujeaba en mi estómago y subía hasta mi pecho, amenazando con explotar. Apreté con fuerza el vaso, ahora solo con hielo, y lo levanté amenazadoramente con la intención de estrellarlo con fuerza contra la pared.

No pude hacerlo. La mirada de miedo en el rostro de mi secretaria me dijo que debía controlarme y no actuar como un cretino. Pero, ¿cómo esperan que mantenga la compostura cuando parece que nuevamente estoy siendo dejado en el altar?

—Déjeme solo, Martha —le dije lo más suave que pude a la mujer, quien no necesitó que le repita la orden y salió apresuradamente de la oficina, cerrando la puerta tras de sí.

Dejé el vaso sobre el escritorio e insistí nuevamente en el número que llevo marcando desde ayer de manera insistente, el número de Juliana, mi supuesta prometida. Nos conocimos hace unos meses en una de las tantas fiestas que organiza la empresa, y desde que la vi, sus caderas y esa sonrisa pícara me cautivaron, haciendo que por un rato mi ruptura anterior pareciera más una bendición disfrazada que otra cosa.

Ella era una de las modelos contratadas para ser el rostro de las grandes campañas publicitarias que adelantaba por aquella época el conglomerado PICAZZA, un conjunto de empresas del cual poseo un porcentaje accionario considerable. Mi padre, Julián Andrés Pizano, falleció junto con mi madre en un accidente aéreo, y desde entonces fui criado por mi abuelo, Juan Armando Pizano, accionista principal del conglomerado.

Mi relación con mis tíos y mis primos nunca fue la mejor debido al trato especial que me da mi abuelo, pero ahora podría decirse que estamos en nuestro peor momento, pues mi abuelo afirma querer heredarme el negocio alterno. La familia Pizano somos miembros respetados de la sociedad, empresarios preocupados por el progreso del país y generadores de muchos empleos en el ámbito de la construcción. Lo que no todos saben es que, en el bajo mundo, también somos respetados.

Ser dueños de una gran constructora, una cementera y empresas de fabricación de cerámicas permite con una facilidad asombrosa los movimientos de grandes lotes de mercancías y materiales dentro y fuera del país sin despertar mucha sospecha. Así que, según dice el abuelo, ingresar al bajo mundo fue algo que casi se dio de manera natural.

La vida de quienes nacemos en esta familia no es precisamente lo que todos suponen. Claro que compramos cosas bonitas y costosas, claro que nos damos nuestras escapadas a lugares paradisiacos y asistimos a reuniones glamurosas y fiestas descontroladas de sexo y drogas. Pero hace casi dos años, tuve que hacer un alto en parte de esa vida debido a una petición inesperada del abuelo.

—¿Casarme? —recuerdo que casi me ahogo con el jugo de naranja del desayuno cuando escuché el disparate que salió de la boca de mi abuelo.

—Sí, necesito que te cases y engendres un heredero legítimo. Solo así podré asegurarme de que sientas cabeza y podré pasarte con más tranquilidad el poder —dijo el hombre sin inmutarse mientras tomaba su café.

—Pero abuelo, soy astuto y me has enseñado todo lo que debo saber del negocio y el mundo. ¿Por qué necesitaría casarme para ser un buen líder? —refuté de manera enérgica, pareciéndome un absurdo su petición.

—No solo casarte, sino tener un hijo dentro del matrimonio. Esa es la condición —dejó su pocillo a un lado, junto a los huevos con cebolla y exceso de tomate que solía desayunar, para después mirarme directo a los ojos—. Todo lo que tengo no lo construí solo; tu abuela fue mi mayor apoyo cuando empecé, y si sigues por el camino en que te veo, no solo lo perderás todo, sino que te quedarás solo.

Recuerdo que ladeé los ojos con fastidio y debí aguantar otro rato de sermón por hacer eso.

Desde ese momento, inicié esta maratón para poder casarme, pero tal parece que la suerte no estaba de mi lado y ya me queda algo así como un mes para poder hacerlo. Si no, la oportunidad será pasada por mi abuelo, a mi primo Sebastián. Creí que cumplir con ese absurdo requisito sería tarea fácil: solo debía elegir a una mujer hermosa de alguna prestigiosa familia y asunto solucionado. Soy rico, apuesto, bueno en los negocios y amo el sexo, ¿por qué sería difícil casarme?

Luego me di cuenta de que es diferente tener una mujer para salidas nocturnas, sexo casual, o simplemente para divertirnos un fin de semana. Cuando intenté departir con algunas a pleno día, muchas pláticas me parecieron banales y frívolas, aburridas, e incluso eso hizo que perdiera mi interés sexual en ellas. En ese momento, de alguna forma, me di cuenta de que yo mismo debía cambiar y mejorar mi imagen ante el mundo si quiero ser el "respetado empresario" que aspiro ser.

Aún me divierto y tengo sexo como loco, pero en sitios más exclusivos y discretos. Fue durante una reunión de negocios que me reencontré con Catalina Hurtado, una antigua compañera de universidad, una de las pocas con las cuales no tuve sexo por aquellos días. Conquistarla fue un entretenido reto y llevarla a la cama, toda una odisea, pero el esfuerzo rindió sus frutos, o eso creía yo. Estaba convencido de que ella cumplía con todos mis requisitos y pronto le daría a mi abuelo lo que tanto quería, pero un mes antes de la boda, dijo que no estaba segura y se fue.

Eso volvió mi carácter un poco más amargado y más precavido con las mujeres, a la vez que el negocio alterno no es algo que sirva para dulcificar el temperamento. Dos meses después conocí a Juliana, una hermosa modelo que, aunque no es de familia prestigiosa como Catalina, sí tenía otro par de atributos que me volvían loco. Si una mujer bella de buena familia no era mi destino, entonces lo aceptaba y, en su lugar, tendría una mujer hermosa que compartiera conmigo otros intereses más carnales y que, a ojos del público, tuviera independencia económica debido a su trabajo.

Aceptó casarse conmigo. La boda es en dos días y ella misma eligió la fecha, pero ahora no responde mis llamadas, no encuentro la forma de localizarla, y la cancelación de una segunda boda no es una opción, no con el corto tiempo que tengo. Odio imaginar la sonrisa de satisfacción en los rostros de mis primos y mis tíos por este nuevo desplante. Cobré a mi manera el primer desplante e indudablemente cobraré con mayor crudeza el segundo si esa mujer no aparece de aquí a dos horas.

—Me caso en dos días. No tengo idea con quién, pero me caso —dije decidido a terminar de una vez con ese tema.

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