Portada de la novela Acuerdos de Hielo y fuego

Acuerdos de Hielo y fuego

9.6 / 10.0
Acuerdos de Hielo y fuego es un modern novel donde el éxito financiero define el destino de dos herederos. En este relato de billionaire romance novels, la tradición choca con la pasión reprimida mientras el deber familiar pone a prueba su libertad frente a una ambiciosa alianza de poder.
Resumen de Acuerdos de Hielo y fuego
En la élite, las alianzas económicas prevalecen sobre los sentimientos. Esta historia narra el matrimonio forzado de dos herederos donde el poder y la atracción se entrelazan. Mientras el protagonista justifica la tradición alegando que la sensatez de los padres garantiza un éxito que el amor suele arruinar, ambos se sumergen en una lucha entre el deber familiar y sus deseos ocultos. Es un relato de conveniencia donde la libertad se sacrifica por el estatus.
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Acuerdos de Hielo y fuego Capítulo 1

—No, papá, yo no me quiero casar. ¡No me voy a casar!

—Hijo… Estuviste de acuerdo en la conveniencia de que los padres escojan una pareja adecuada para sus hijos jóvenes— respondió su padre.

—No tenía idea de que estuviéramos hablando de mí, nunca acepté que ese fuera mi deseo, nada más lejos de mi aspiración. Todavía, antes de casarme, hay cosas que quiero hacer, mares que recorrer, montañas que escalar. Aunque te dije que apruebo la doctrina de los matrimonios arreglados, yo prefiero escoger yo mismo a la persona con quien deseo pasar el resto de mi vida, ese es mi derecho ¿no te parece?

Sergei respiraba acelerado por la inesperada discusión con su padre. Siempre se había sometido a la autoridad del patriarca, siempre había evitado llevarle la contraria. Pero esto era algo muy distinto a cualquier imposición que antes le hubiera hecho el viejo Nikolai.

Nikolai Stepanov era el presidente y accionista mayoritario de una corporación internacional con sede en Rusia. Desde esa sede se controlaban más de 150 empresas y corporaciones esparcidas por todo el mundo.

En ese momento, se asomó Milena, la secretaria, y anunció:

—Disculpe, señor Nikolai, le informo que la videoconferencia que ordenó ya está preparada y los directores están todos conectados esperando por usted.

—Gracias Milena— contesta Nikolai, y agrega, dirigiéndose a Sergei:— Quiero dar por terminada esta conversación. Lo que te dije que ibas a hacer, lo vas a hacer, no acepto discusión sobre ese tema. Ahora, por favor, dame un poco de espacio, hablamos después.

Sergei sentía en su interior la imperiosa necesidad de protestar, pero se contuvo por la presencia de Milena. Jamás se había atrevido a desautorizar a su padre frente a un empleado. Se dirigió hacia la puerta y salió de la oficina.

Afuera, en un salón muy grande, lo esperaba Zaira, gerente de imagen de las sucursales locales de la empresa. Ella se levantó cuando lo vio salir y siguió sus pasos acelerados.

—¿Todo bien? —preguntó Zaira.

—Muy bien. Mejor no podía estar…

Sergei no tenía ganas de hablar sobre la pesada carga que su padre pretendía imponerle. Solo quería intentar, por un rato, olvidar todo aquel asunto. En su interior, sabía que no podría negarse, que no podría eludir aquella responsabilidad. Él sabía que cuando su padre emitía “decretos” de ese calibre no había manera de que las cosas resultaran de una forma distinta.

Él no quería hablar, pero Zaira decidió presionar:

—¿Y cuándo le vas a comentar sobre lo nuestro?

—Pronto, mi amor…, cuando llegue el momento apropiado. Por ahora, mi padre está demasiado ocupado con lo de la convención internacional. Ahora te voy a dejar, necesito salir a visitar a un cliente.

Sergei se dirigió a la salida, atravesando el salón. Aquello parecía una lujosa galería de arte por la plenitud de obras de pintura, escultura y otros géneros, algunos muy raros, que conformaban una extensa y variada colección, propiedad exclusiva de la familia Stepanov.

Entre todos esos objetos de arte había uno que siempre le había cautivado. Era una especie de imagen bidimensional con un poco de relieve tridimensional hecho de fragmentos de cristal con raras gemas semi-transparentes incrustadas. Parecían responder a los más sutiles cambios de luz. Su padre alguna vez le explicó que “El Khríteldorch“, que así se llamaba el raro artículo, era capaz de reflejar el alma de quien lo veía. La fascinación que sentía Sergei por aquel raro objeto se debía a que toda la vida, al pasar frente a él, veía algo distinto, nunca la misma cosa. Mientras caminaba hacia la salida, y en el momento exacto en que pasó frente al Khríteldorch, Sergei tuvo la certeza de ver allí a un hombre colgado en un madero.

—Lo que me faltaba…—pensó.

Salió del gigantesco edificio de monumental estructura y abordó su automóvil, un hermoso Bugatti Veyron color azul. Aunque él tenía su propia colección de autos, poco acostumbraba manejar. Solía trasladarse en los automóviles de la corporación, siempre guiados por alguno de los choferes. Pero necesitaba desestresarse, tomar aire, sopesar con la cabeza fría las líneas de acción que necesitaba seguir en un futuro cercano, con los inminentes cambios que se avecinaban.

Decidió llamar a su amigo Yuri Polyakov, a quien conoció años atrás en la universidad. Con él siempre había podido conversar abiertamente sobre muchos temas, y con frecuencia esas conversaciones le servían como una especie de catarsis para afrontar coyunturas difíciles, batallas importantes y críticos desacuerdos con su padre.

—¡Hola, Yuri! ¿dónde estás ahora? te invito unos tragos.

—Pues si acaso estaba ocupado, ya no lo estoy, porque tú me llamaste. ¿Dónde quieres que nos encontremos?— respondió su amigo Yuri.

—Alcánzame en el Pushkin.

—Bien. Nos vemos allá en media hora.

Sergei finalizó la llamada y se dirigió a la autopista. Poco acostumbraba manejar, pero no olvidaba sus tiempos de piloto. Tenía ganas de sentir, una vez más, la potencia de la bestia sobre la que cabalgaba. Una vez que el auto enfiló la larguísima recta, apretó el acelerador y sintió, como una explosión,  el rápido aumento de velocidad. En pocos segundos, rebasó las cien millas por hora, y decidió bajar la velocidad cuando pasó de las doscientas millas por hora. La recta le pareció corta con semejante despliegue de fuerza, pero el correr de la adrenalina por sus venas lo hizo sentirse muchísimo mejor.

Más tarde, estaba junto con Yuri en el bar.

—De verdad que me cuesta creer lo que me estás diciendo. ¿Después de tantos años de vivir una vida libertina, sin que nadie pudiera sujetarte, ahora resulta que te vas casar obligado?— preguntaba Yuri para aclararse que había entendido bien lo que su amigo le contaba.

—Así como suena. No terminé de hablar bien con mi padre, pero ya tú sabes cómo es él. Esto no tiene marcha atrás.

—Increíble. Pero… ¿Ya sabes quién es? ¿sabes con quién te vas a casar?

—Sé que no la conozco. Se llama Irini o algo así. El apellido se me olvidó por completo, pero me sonó así como de ascendencia griega. ¿Qué te parece?

—Horrible. Peor que no saber quién es la mujer es tener la certeza de que te toca casarte con una griega de nariz cuadrada.

—¿Qué? ¿las griegas tienen la nariz cuadrada?

—Las que yo conozco sí— remata Yuri, soltando una carcajada.

Ambos se rieron. Sergei sintió que todo su dinero y sus problemas no valían más que un chiste, que la vida es solo un soplo y que aquellos pequeños momentos eran los que realmente hacían divertida la existencia en este mundo de perplejidades. Por algunas buenas horas, sintió la felicidad de la vida sencilla.

Siguieron compartiendo al ritmo del vodka y del zakuski, hasta que una desconocida llamó la atención de ambos al enviarle, con el barman, un trago a Sergei…

Se miraron el uno al otro y miraron a la chica. Entonces Yuri abrió su boca y dijo:

—Hermano mío, esa mujer se ve “muy bien”. Parece que es tu noche de suerte. Por mí, no te detengas, ya compartimos bastante por hoy. Imagínate que es tu despedida de soltero. Vete para allá, saca tu lobo siberiano y asegúrate de atrapar la presa. Hablamos mañana.

Yuri se tomó, de un solo trago, lo que quedaba en su vaso, y luego se dirigió hacia la salida. Sergei se quedó mirándolo hasta que lo perdió de vista. Luego se levantó y caminó lentamente hasta donde estaba la chica y saludó:

—¡Hola! Gracias por el trago. ¿Puedo sentarme contigo?

—Claro que sí. Para eso te envié el trago, para que supieras que quiero conocerte— le contestó la chica.

Él se sentó frente a ella, mientras seguía la conversación:

—Interesante. ¿Y qué quieres saber de mí? Soy soltero y sin compromisos.

—¿De verdad? Un joven bien parecido que usa un Rolex Daytona, viste de Brioni y toma vodka Iordanov ¿no tiene compromisos con ninguna?

Sergei sintió que estaba siendo analizado con una agudeza que lo incomodó.

—¿Qué quieres que te diga? ¿Qué debería un hombre decirle a una mujer hermosa que en un bar le invita un trago?

Las respuestas de la chica seguían siendo desconcertantes:

—No lo sé. Dímelo tú. Pago por ver.

—Que tal si nos vamos a un sitio privado donde estemos solos los dos y podamos disfrutar juntos de la vida.

La chica frunció el ceño y contestó:

—No estoy, para nada, interesada en acostarme contigo, Sergei…

—Ah…, ¿pero tú me conoces?

—¡Claro que te conozco! Y tú deberías conocerme a mí también. Mi nombre es Irini.

Sergei sintió un inesperado sobresalto y preguntó:

—¿Irini?... ¿Irini qué?

—Irini Papastavros…

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Tabla de contenidos de Acuerdos de Hielo y fuego

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Ch. 5
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Ch. 11
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