
72 Horas Para Vivir
Capítulo 2
La voz de Ricardo era suave, casi un susurro, pero cada palabra se sentía como un golpe sordo en el pecho.
"Ximena, necesitamos divorciarnos."
Estábamos en el estudio de nuestra casa, un espacio que siempre había olido a libros viejos y al café que yo le preparaba. Ahora solo olía a la tensión que llenaba el aire. Lo miré, tratando de encontrar al hombre con el que me casé hace cinco años, pero solo veía a un extraño. Ricardo, el magnate inmobiliario que todos admiraban, el hombre que me había prometido el mundo, ahora me miraba con una frialdad que helaba los huesos.
"Es solo temporal," continuó, como si eso lo hiciera menos doloroso. "Camila está presionando mucho. Es joven, impulsiva... necesita una prueba de que voy en serio con ella. Con un divorcio, la calmaré. Después, cuando todo se asiente, volveremos a casarnos. Es solo un papel, mi amor."
Mi amor. La palabra sonó vacía, una burla cruel. Camila. Una modelo veinte años más joven que yo, cuyo rostro aparecía en todas las revistas de sociales, casi siempre al lado de mi esposo.
Sentí un nudo en la garganta, una mezcla de ira y una tristeza tan profunda que amenazaba con ahogarme. Quería gritarle, preguntarle si había perdido la cabeza, si entendía lo que me estaba pidiendo. Pero no podía.
Un zumbido helado recorrió mi mente, una voz sin sonido, mecánica y fría.
[Advertencia: La conexión del anfitrión con el objetivo principal, Ricardo, es la base de su existencia en este mundo. El divorcio y una distancia física superior a diez kilómetros iniciarán el protocolo de disolución del alma.]
[La disolución se completará en 72 horas.]
Mi cuerpo se quedó rígido. Este era mi secreto, la cadena invisible que me ataba a él. No era de este mundo. Un sistema desconocido me trajo aquí con una única misión: ser la compañera de Ricardo. Si fallaba, si el lazo se rompía, yo simplemente desaparecería. Dejaría de existir.
Así que asentí. En silencio, acepté la humillación. Acepté mi condena.
"Está bien, Ricardo," dije, y mi voz sonó extrañamente calmada. "Hagámoslo."
La expresión de Ricardo se relajó, inundada de un alivio que me revolvió el estómago. Se acercó y me abrazó, un gesto falso y calculado.
"Sabía que entenderías," susurró contra mi cabello. "Eres la mejor esposa, Ximena. Siempre tan comprensiva."
Al día siguiente, en el Registro Civil, Ricardo interpretó el papel de un esposo desconsolado. Me tomó de la mano, sus ojos brillando con lágrimas fingidas mientras firmábamos los papeles que sellaban mi destino.
"Pronto, mi amor. Te lo prometo," dijo en voz alta, para que la funcionaria pudiera oírlo.
Yo no sentía nada. Estaba hueca, una espectadora de mi propia ejecución.
Cuando salimos al sol brillante, una figura esbelta se interpuso en nuestro camino. Camila. Llevaba un vestido rojo tan llamativo que dolía mirarlo y unas gafas de sol que no ocultaban su sonrisa triunfante.
"Ricardo, mi amor," dijo, su voz goteando dulzura venenosa. Se colgó de su brazo y me miró de arriba abajo. "Vaya, así que esta es la ex-señora. Un placer."
Ricardo pareció incómodo por un segundo, pero la mano de Camila en su brazo lo ancló a su nueva realidad.
"Camila, ¿qué haces aquí?"
"Vine a asegurarme de que todo saliera bien," respondió, y luego su mirada se posó en mi mano. "Oh, ¿todavía llevas eso? Ricardo, pensé que ya se lo habías pedido."
Ricardo evitó mi mirada. Su cobardía era tan palpable que casi podía tocarla.
"Ximena," dijo, su voz tensa. "El anillo…"
Entendí. Era el último símbolo de lo que fuimos, un recuerdo que él quería borrar para darle paso a su nueva vida. Lentamente, me quité el anillo de bodas, el oro se sentía frío contra mi piel. No se lo di a él. Lo dejé caer en la palma abierta de Camila.
Sus dedos se cerraron sobre él con avidez.
"Gracias," dijo con una sonrisa burlona. "Ahora sí, podemos irnos, cariño. Tenemos mucho que celebrar."
Se lo llevó, dejándome sola en la acera, con el ruido de la ciudad como único compañero. Me subí al auto que Ricardo había dispuesto para mí, un vehículo impersonal que me llevaría a un departamento temporal.
Mientras el coche se alejaba, la voz del sistema resonó de nuevo en mi cabeza, esta vez con una finalidad aterradora.
[Misión de compañerismo terminada. Fracaso.]
[Iniciando cuenta regresiva para la disolución del alma: 72 horas, 0 minutos, 0 segundos.]
Cerré los ojos. El final había comenzado.
También te puede gustar





