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Portada de la novela 172 días con la gordita

172 días con la gordita

Amador le niega la herencia a Marcos debido a sus prejuicios y falta de sensibilidad. Para recuperar el control de la empresa, Marcos finge una transformación personal y obliga a Roxanna, una empleada con sobrepeso a la que antes humilló, a simular un noviazgo de 172 días bajo amenaza de despido. Lo que comienza como una farsa forzada se convierte en un camino lleno de conflictos y tristezas que terminará desafiando sus propias convicciones.
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Capítulo 2

Roxanna no dejaba de pensar en lo que había sucedido. Se sentía atrapada entre la espada y la pared. Si Amador descubría lo que su hijo estaba haciendo, seguramente la despediría. Pero si no hacía lo que Marcos quería, el resultado sería el mismo: el despido.

Pasó un buen rato dándole vueltas en la cabeza, hasta que escuchó el timbre de la puerta principal. Era su compañera y amiga, Laura Moncada, que acababa de llegar. Su aspecto dejaba claro que venía de una fiesta tras salir del trabajo. Era extraño que no hubiese traído a algún "amigo" con ella.

—¡Nenaaa! —gritó desde la entrada, abriendo los brazos—. ¿Cómo fue tu primer día?

Roxanna dejó escapar un audible suspiro de fastidio, y Laura comprendió al instante que algo no estaba bien. Conocía demasiado bien a su mejor amiga. Eran inseparables desde pequeñas, aunque fueran tan diferentes.

—¿Tan mal te fue? —preguntó, acercándose y guiándola hacia el sofá—. Ven, siéntate. Cuéntamelo todo.

Roxanna le relató todo lo sucedido. Laura no podía creerlo. Parecía una historia sacada de una telenovela turca. Caminó de un lado a otro mientras se quitaba los zapatos y luego la blusa, pensando y calculando mentalmente la situación de su amiga.

—¡Roxi! —se dio la vuelta de golpe—. Esta es una buena oportunidad para ti. Solo tienes que actualizar el contrato.

—¿El contrato? ¿De qué hablas, Laura? —Roxanna se llevó la mano a la cabeza.

—Sugiérele a tu nuevo jefe un contrato —le dijo risueña.

—No entiendo.

—Roxi, piensa —se sentó a su lado, cruzando las piernas—. Él te necesita. Puedes sacarle lo que quieras. Yo empezaría por un dinerito para pagar nuestra renta. Estamos atrasadas.

—No sé si eso es correcto —respondió ella, tomando su cuaderno de ideas.

—¿Y que te utilice y te fuerce a hacer algo que no quieres, sí lo es? —replicó Laura, molesta—. Solo digo: si vas a ayudarlo con su engaño, al menos sácale algo a cambio.

—Me va a ayudar a crecer en la empresa —murmuró Roxanna, tratando de no sonar demasiado patética.

—Eso es una porquería —sentenció Laura—. Sé inteligente, nena. Sácale provecho.

Roxanna se quedó pensativa. Esa noche apenas durmió. Pero a la mañana siguiente, ya sabía qué hacer. Su amiga tenía razón. ¿Por qué no usar ese inconveniente a su favor?

Aunque su rostro mostraba cansancio, Roxanna tenía mejor semblante que el día anterior. Se puso su mejor ropa y zapatos, se maquilló con esmero y se soltó el cabello.

Solía cuidar mucho su pelo, pero casi siempre lo llevaba recogido, salvo en aquellas salidas nocturnas con Laura, en las que se dejaba llevar y se permitía olvidar quién era por unas horas. Laura la obligaba a quererse un poco más, a lucir con orgullo sus curvas, a dejar de esconderse.

Roxanna salió completamente feliz. Sentía que sería un buen día.

Nada podía salir mal.

Hasta que su tacón se rompió.

El sonido fue seco. La pieza se partió a la mitad y Roxanna perdió el equilibrio, cayendo en los brazos de un desconocido.

—Lo siento muchísimo —dijo, tratando de recuperar el balance.

Cuando levantó la vista, se encontró con un joven alto, rubio, de cabello largo, barba tupida, músculos marcados, labios carnosos y ojos celestes. Un verdadero modelo de catálogo.

Hasta que habló.

—¿Eres estúpida? —espetó, molesto.

—Lo siento —intentó explicar—. Mi tacón se rompió. No fue intencional. No hay necesidad de ser grosero.

—Si no sabes usar tacones, entonces no te los pongas. Aunque, viendo tu estatura... —la escaneó de arriba abajo con descaro.

—Me importa un reverendo carajo lo que piense de mi estatura. ¿Sabe qué? No tengo tiempo para perder con un imbécil como usted —le soltó con furia.

—¡Espera, espera!

Roxanna se dio media vuelta, cojeando, y el joven no pudo evitar reírse. Eso la enfureció aún más.

—¡Disculpa! No me quise reír —dijo, intentando contener la sonrisa—. Si no vas muy lejos, puedo llevarte.

—¿Y por qué harías eso? —preguntó, cruzándose de brazos.

—No soy un imbécil. Solo me levanté de malas —dijo, encogiéndose de hombros.

Roxanna respiró hondo y se relajó un poco.

—Voy a la empresa Ferrer. No está lejos, solo unas cuadras.

—¡Qué coincidencia! Yo también. Vamos, te llevo —insistió. Roxanna dudó—. Vamos, lo necesitas.

Finalmente, asintió. Subió al auto del desconocido. Normalmente caminaba a la empresa, pero con un tacón roto no llegaría a tiempo. Volver a casa a cambiarse tampoco era una opción.

Durante el trayecto, el silencio se volvía cada vez más incómodo. Él no dejaba de mirarla, y Roxanna lo notaba. Parecía... fascinado.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él, desviando la mirada hacia ella.

—Roxanna. ¿Y usted?

—¿"Usted"? ¿Te parezco un viejo? —preguntó con el ceño fruncido y una sonrisa torcida.

—No, no, claro que no. Luces muy joven —dijo, avergonzada. Maldijo su costumbre de ser tan educada.

—¡Bah! No me importa parecer mayor. Así las nenas me ven como un sexy sugar daddy —rió.

Roxanna se sonrojó. Intentó disimularlo, pero fue inútil.

—Me llamo Randi —añadió.

A Randi le divertía su nerviosismo. La encontraba encantadora.

Al llegar, Roxanna se bajó cojeando, tratando de alejarse rápidamente. Pero justo al llegar al elevador, él también entró. El silencio volvió. Y se mantuvo hasta que llegaron al departamento de publicidad.

Roxanna notó que él también iba en esa dirección. Entraron juntos a la oficina de Marcos, sin anunciarse.

—¡¿Randi, qué haces aquí?! —exclamó Marcos, sonriendo al ver a su mejor amigo. Lo recibió con los brazos abiertos.

—Estoy de visita en la ciudad, y pasé a saludarte —le dio unas palmadas en la espalda—. Te sienta bien el traje de empresario.

Ambos rieron, ignorando por completo a Roxanna, que llevaba al menos cinco minutos esperando a que Marcos la atendiera. Al ver que no reaccionaba, aclaró la garganta.

—¿Sí...? —preguntó Marcos, intentando recordar su nombre.

—Roxanna —dijo Randi con naturalidad.

—¿Cómo sabes su...?

—Quiero hablar contigo en privado —lo interrumpió ella.

Caminó con dificultad hasta ellos. Marcos cambió su expresión relajada por una de fastidio. Randi, por su parte, intentaba contener la risa.

—Lo que tengas que decirme, puedes decirlo frente a Randi. Es la única persona a la que le cuento todo —le dijo Marcos.

—Yo... —Roxanna dudó, pero se mantuvo firme—. Quiero hablar sobre nuestro trato.

—No hay nada que hablar. Tú cumples y yo no te despido —respondió, girándose como si la conversación hubiese terminado.

—No —Roxanna cruzó los brazos—. Las cosas serán bajo mis términos.

—¿Bajo tus términos? —Marcos se sentó sobre la mesa, interesado. Randi observaba todo, divertido. La encontraba atrevida. Interesante—. Tengo curiosidad...

—Si cumplo con mi parte del trato, quiero una oficina propia. Acceso gratuito a una tienda de ropa de la empresa, por tiempo indefinido. Y cinco proyectos para trabajar.

—Puedo aceptar lo de la oficina y los proyectos. Pero lo de la tienda, no. Esa ropa la usamos con celebridades que nos promocionan gratis.

—Entonces, creo que este fin de semana me enfermaré —Roxanna puso cara de estar mal—. Sí, lo siento... creo que tengo fiebre...

—No juegues conmigo o...

—¿O qué? ¿Me despides? Entonces tu padre sabrá todo —soltó. La amenaza había nacido sola. Había encontrado el coraje para enfrentarlo.

Marcos se sorprendió. Había una mezcla de admiración y rabia en su rostro, aunque nunca admitiría lo primero.

—Está bien, hagamos esto: cada vez que quieras, te llevo de compras. Todo lo que quieras será tuyo. Ropa, zapatos, un gato, lo que sea. ¿Trato?

—¿Y cómo sé que cumplirás?

—Mañana aún es viernes. Te entrego la oficina y te llevo de compras. ¿Qué dices?

—Trato hecho —dijo Roxanna, saliendo con una sonrisa triunfal. Ya no le importaban las miradas.

Randi observó a Marcos, con media sonrisa.

—¿Qué? —preguntó Marcos, encogiéndose de hombros—. Es una historia complicada. Te invito un café y te cuento todo.

—No te estoy juzgando, pero te acaba de chantajear una gordita —Randi soltó una carcajada—. Tiene carácter, eso sí.

—No, Randi —negó Marcos con seriedad—. Te conozco. Esta chica no la puedes tocar. La necesito.

Le lanzó una mirada severa y alzó el dedo como advertencia.

—Está bien, está bien —dijo Randi, sentándose—. No sabía que te gustaban así, rellenitas.

—Tú sabes que no —respondió Marcos. Randi frunció el ceño, como si supiera algo más.

—Bueno, quién sabe... Quizás le agarres el gusto. Ya sabes lo que dicen: "Una vez que pruebas la masa, no vuelves al hueso".

Marcos soltó una risa escandalosa mientras Randi se chupaba los dedos, insinuando que más de una vez una chica con curvas le había robado los gemidos más intensos.

Pasaron el resto de la tarde bromeando sobre el tema. Pero mientras Marcos intentaba tomárselo a la ligera, Randi no podía dejar de pensar en Roxanna. Algo en ella le había llamado la atención. Por ahora no haría nada... pero en cuanto pasara ese supuesto "rompimiento" del fin de semana, tenía claro que se acercaría a ella.

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