Portada de la novela Un juego del destino

Un juego del destino

8.9 / 10.0
Emma Spencer, una analista de riesgos acostumbrada al control, viaja a Hawái tras la cancelación de su boda. En un impulso inusual, decide dejar su futuro al azar lanzando una moneda, lo que la lleva a compartir una noche intensa con un extraño. Convencida de que el encuentro será único, regresa a su vida profesional, pero el destino ignora sus cálculos. Pronto, ese hombre reaparece en su entorno laboral, desafiando toda lógica y estadística.

Un juego del destino Capítulo 1

New York, Estados Unidos.

Emma encendió la cafetera a la misma hora de siempre, quince minutos antes de las seis en lo que ella se daba una ducha y se arreglaba, tomaría la primera taza del día antes de marcharse a la empresa. Emma era un analista de riesgo en una importante empresa internacional que tenía la cede en Alemania, era la mejor en su trabajo, había sido la mejor empleada consecutiva durante más de un año. Era implacable, estricta, obsesiva con la limpieza, el orden, perfeccionista y…era una mujer excepcional. Todas las personas que la conocían, la admiraban, pero no todos.

— ¡¿Dónde está mi corbata?! —gritó Jamie, su prometido, este salió de la habitación en ropa interior y aporreó la puerta del baño. Emma debajo del agua estaba concentrada masajeando su cuero cabelludo durante el minuto que siempre usaba para hacerlo por las mañanas. — ¿Estás aun con lo de tu cabello? Voy a llegar tarde, mujer. —volvió aporrear la puerta irritado. Emma abrió los ojos y presionó su mandíbula con dureza, giró su mirada hacia la puerta que vio a través del cristal humedecido por el agua y el vapor. — ¿Emma? —volvió a gritar, ella una y otra vez se había preguntado por qué estaba comprometida con un hombre que era todo lo contrario a ella. Al comienzo había sido amable, la adoraba, le daba sus espacios, y respetaba todo lo que ella hacía, pero desde que se habían comprometido, había cambiado. Empezó a criticarla, a ser más impaciente y a romper las reglas que ella tenía en su propio y elegante departamento que estaban compartiendo con Jamie. — ¡Emma! —iba a golpear la puerta cuando ella la abrió, estaba totalmente desnuda y mojada, pero furiosa.

— ¿No puedes buscar tú mismo la corbata? —él intentó controlar su molestia.

—No encuentro, pensé qué la habías cambiado de lugar.

—No toco tus cosas como tú no tocas las mías, cariño. —eso había sido sarcasmo contenido de su parte. — ¿Recuerdas donde la pusiste la última vez? —él presionó sus labios formando una delgada línea.

—En el perchero detrás de la puerta del armario. —murmuró entre dientes.

— ¿Entonces? Ve a buscarla, si la dejaste ahí, ahí debe de estar. ¡Y déjame terminar de ducharme! —exclamó irritada y él asintió regresando a buscar la corbata, Emma regresó y a toda prisa recuperó lo que tenía que hacer para salir exactamente en el tiempo aproximado. Jamie entró al armario y revisó detrás de la puerta, e intentó no sonreír, ahí estaba colgada.

Seis con quince minutos, Emma ya estaba subiendo a su camioneta para marcharse a trabajar, Jamie subió en el asiento del copiloto y se puso el cinturón de seguridad.

—Mi madre quiere saber si puede invitar a diez personas más. —dijo Jamie tecleando en su celular, ella detuvo el auto cuando escuchó eso, él giró a mirarla sorprendido. — ¿Qué pasó? —las manos de Emma apretaron el volante de cuero.

— ¿Diez personas más? ¿Y las treinta que invitó hace cuatro días? Quedamos que la boda sería lo más sencilla y con la gente que era más cercanos a nosotros.

—Cariño, son amigos de la familia.

—Esta boda es para nosotros, no vamos a invitar a todo New York. Hay cierta cantidad de platos que se dará a los invitados, no puedo comprar más platos de comida, ya compré treinta hace cuatro días.

—Tienes dinero, ¿Qué es lo que te preocupa? —Escuchar eso, hizo a Emma no decir nada más, pero todo empezó a volverse rojo, — ¿Entonces? ¿Diez personas más? Le diré que sí. —regresó Jamie a su celular y tecleó mientras ella intentó controlar su molestia. Regresó la mirada a la calle y siguió manejando, cuando iba en el camino repasó todo lo de la boda: Ella había pagado TODO. Toda la recepción y…la luna de miel. Y el recordar que tenía el cordón umbilical con su madre aun conectado, le hacía dudar si quería hacerlo realmente. ¿Era esto lo que realmente quería para el resto de su vida?

****Habían llegado a la empresa donde ambos trabajaban, Jamie era el jefe de personal y ella una analista de riesgo financiero, la mejor de la empresa.

— ¿Comemos juntos como siempre a la misma hora? —preguntó antes de que cada quien subiera a su elevador que los llevaría a su piso. Por primera vez desde que estaban juntos, Emma negó.

—Tengo una reunión. Almuerza sin mí. —Él arqueó la ceja y ella no esperó más, entró al elevador e hizo ejercicios de respiración, —“¿Cómenos juntos como siempre a la misma hora?” —dijo en voz alta en un tono irónico. Al llegar a su área, hizo su rutina del día, guardar sus cosas personales, encender su computadora, tomar su segunda taza de café y ponerse a trabajar.

— ¿Emma? —la llamó su jefa directa, levantó la mirada de la pantalla para observarla.

— ¿Sí? —la señora Byrne la miró con una sonrisa.

— ¿Vienes conmigo un momento? Necesitamos hablar de los días que pediste para la boda y la luna de miel. —Emma asintió, se levantó de su silla y bloqueó su pantalla con clave, siguió a la señora Byrne y entró con ella a su oficina. Le ofreció la silla y Emma se sentó, esperando su jefa empezara a decir algo. —Bueno, Emma. Con la nueva fusión con la empresa de los Müller, tendremos más trabajo y…—hizo una pausa—Habrá bastante trabajo una vez que regreses de tu luna de miel.

—Lo sé, señora Byrne. —dijo Emma.

— ¿Crees que lleves el mismo ritmo de ahora una vez que te cases? —Emma asintió y por segunda ocasión dudó.

—Claro, de eso no tienes que preocuparte.

—Eso espero, eres la mejor analista de riesgos que tenemos, tus análisis y el cuantificar todos los riesgos que has hecho con bancos y otras entidades financieras, nos ha llevado a ser los mejores en el país.

—Gracias…—sonrió Emma.

—Por cierto, ¿Tienes todo listo para la boda? Ya es en dos días. —Emma asintió. — ¿Qué te parece si a partir de hoy tomas tus vacaciones? —ella alzó sus cejas con sorpresa.

— ¿Hoy? —preguntó Emma.

—Sí, tienes libre tu agenda. Esos dos días van por mi cuenta, ve al spa, a la sauna, relájate para lo que viene el fin de semana. ¿Qué dices? —Emma asintió.

— ¿Puedo irme después del almuerzo? Quiero hacer una limpieza a mi oficina.

—Bien, claro. Entonces te veo en tu boda, —la señora Byrne le guiñó el ojo y ella sonrió.

—Gracias de nuevo…—salió de la oficina de su jefa y su mente ya estaba planeando el resto de la tarde, así era Emma, siempre activa. Entró a la oficina e hizo lo que quería hacer antes de irse dos semanas de vacaciones, se entretuvo toda la mañana ordenando su oficina y reacomodando todo, cuando llegó el almuerzo, llamó a su prometido, pero no contestó. Le llamó al celular, pero tampoco, Emma imaginó que podría estar en la cafetería, pero tampoco lo encontró, uno de los compañeros de él, lo vio hablando con una de las recepcionistas.

— ¿Tom? —el hombre giró su rostro hacia a ella.

—Hola, Emma, ¿Ya vas a ir a almorzar?

—No, estoy buscando a Jamie, ¿Lo has visto? —Tom arrugó su ceño.

—No, pensé que irían a almorzar, dijo algo de ir al departamento.

—Oh, —Emma arrugó su ceño, —Gracias, Tom. —se despidió y fue Emma cargando con una caja hacia su auto, la montó en la parte trasera de su camioneta, luego subió y salió de la empresa directo a su departamento. Emma siguió pensando por qué Jamie no le avisó que saldría a comer fuera, diez minutos después estaba llegando al edificio de departamentos, bajó la caja bajo su hombro y mientras subió las escaleras repasó mentalmente la cantidad de platos de comida que tenía en total para la boda dentro dos días, esperaba que la chef no le dijera algo si agregaba diez más de último momento. Metió la llave a la puerta y entró, al cerrarla, escuchó la voz de Jamie.

—Aquí estás, —dejó la caja y fue en su búsqueda, se descalzó y levantó sus zapatillas para llevarlas al armario, cruzó el pasillo hasta la última puerta y cuando la abrió, se quedó atónita.

— ¡Emma! —exclamó Jamie intentando cubrir su desnudez, la morena que estaba desnuda en medio de la cama de ellos, estaba pálida. —No es lo que crees… —comenzó a decir Jamie, Emma entró al armario y se acercó al mueble donde tenía una pared con todas las zapatillas de tacón alto y en el hueco acomodó las que tenía, llenando el espacio vacío, se dio la vuelta y encontró las pantuflas que usaba en casa, al salir, ambos estaban vistiendo a toda prisa, pero al verla se quedaron congelados en su lugar.

—Al terminar de recoger tus cosas, llévate esas sábanas, no las quiero en mi departamento.

— ¿Qué? ¿Es todo lo que vas a decir? —exclamó Jamie atónito.

— ¿Qué quieres que te diga? Es claro que te está cogiendo a tu asistente a mi espalda, te lo estoy haciendo fácil: Toma tus cosas, esas sábanas y lárgate de mí departamento.

—Emma, por favor, estamos a dos días de casarnos, ya tenemos todo—Emma se cruzó de brazos—Por favor, no vamos a perder todo, es solo un desliz, después de casarnos nos tendremos el uno al otro por el resto de nuestras vidas.

Emma se acercó a la cama y de un movimiento brusco tiró de las sábanas blancas y se las aventó a Jamie en la cara.

—Tus cosas las empaco yo y te las envío a casa de tu madre, así que salgan.

—Emma…—intentó Jamie razonar con ella.

—AFUERA, AHORA. —él se exaltó, nunca había hablado de esa manera, la mujer morena salió corriendo del departamento, pero Jamie no quería irse.

—Ya tenemos todo lo de nuestra boda, cariño. —ella cortó la distancia quedando frente a él.

—YO tengo lo de MI BODA. YO fui quien PAGÓ todo, así que yo solucionaré eso.

— ¿Por qué siempre haces eso? —ella arqueó una ceja.

— ¿Ahora con que me saldrás? ¿Qué necesitabas acción por qué no la encuentras en tu propia cama con tu prometida? Perdona, me corregiré: EX PROMETIDA. Así que más vale que salgas de este departamento con lo que traes puesto o yo misma te sacaré a patadas.

—Esperaré a que te tranquilices, ¿Sí? Y luego hablaremos.

—No hablaremos una vez que salgas por esa puerta, no volveremos a hablarnos ni hoy ni mañana ni el resto de nuestras vidas, Jamie. Oficialmente, —Emma se quitó el anillo de compromiso y se lo entregó en la mano—No somos NADA. AHORA LÁRGATE. No espera, —le arrebató el anillo de compromiso—Este es mío que fue pagado también con mi dinero.

Jamie caminó a la salida con sus pantalones y su camisa de vestir mal abrochada, Emma cerró la puerta en su cara cuando este se volvió a ella para intentar hablar. Ella soltó un largo suspiro, pero lo que más le preocupó fue…

...Que no había lágrimas que derramar.

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