Portada de la novela Rindiéndome ante el Señor Rojas

Rindiéndome ante el Señor Rojas

9.1 / 10.0
Tessa Brown combina una fuerza física imponente con una inexperiencia sentimental absoluta. Experta en el mundo de las apuestas clandestinas y bajo el amparo de sus cuatro hermanos, su realidad se transforma al cruzarse con Mason Rojas. Este joven enigmático, atraído inicialmente por los rumores sobre ella, queda prendado de su mirada gris. Mientras Mason decide profundizar en su vínculo, Tessa siente nacer un anhelo por descubrir el amor y el dolor.

Rindiéndome ante el Señor Rojas Capítulo 1

Tessa Brown.

¿Quién es Tessa Brown?

Si en algún momento te has sentado a ver, o leer la historia de Rapunzel, sabrás más o menos un poco de quien puede ser Tessa Brown...

Okay, pero si la flojera te ha ganado y nunca has visto esa película, yo puedo decirte quien es Tessa Brown.

Yo soy Tessa Brown.

No vivo encerrada en una torre a como lo hacía Rapunzel; tampoco tengo una falsa madre que me engaña diciéndome que si estoy encerrada es para "mantenerme a salvo de la maldad del mundo que me rodea"

¡No!

Ni siquiera tengo madre, pero si tengo cuatro sobreprotectores hermanos, que se han encargado de mantenerme encerrada durante toda nuestra vida, en una "burbuja", para que nadie pueda hacerme daño. Que es casi lo mismo a lo que vivía Rapunzel con su madre.

Y al igual que ella; yo quiero salir... quiero ver todos esos peligros que el mundo tiene, quiero enamorarme, y sentir el dolor de ser lastimada (aunque suene algo masoquista), pero quiero sentir lo mismo que cualquier chica de 18 años ha sentido en su vida; las bondades de su primer amor, más las heridas que te dejó éste mismo.

—Mrs Brown, deja ese maldito cuaderno y ve a atender a los clientes —di un respingo, ahogando un grito al escuchar la profunda voz de mi jefe hablarme cerca del oído.

Cerré el cuaderno que utilizaba como "diario" para poder desahogarme y me puse de pie. Me giré y le sonreí a mi amado jefe. Un hombre alto, fornido y de tez oscura, que antes solía ser guardaespaldas, pero que ahora había dejado su antiguo trabajo para dedicarse a su negocio, una pequeña cafetería llamada El Trébol, al lado del centro universitario en el que yo estudiaba.

Robert aparentaba ser malo; la actitud la había ganado gracias a tantos años que había sido custodio de un famoso empresario, pero en realidad era un grandulón algo dulce, que odiaba los problemas que solían ocasionar mis hermanos en su café. Incluso ahora me resultaba divertido verlo horneando pasteles y galletas.

Arqueó una ceja y se cruzó de brazos, aun diciéndome con la mirada "¿Qué esperas, niña?"

—Ya voy, Ro —dije, pasándole por un lado.

Yo trabajaba en El Trébol cada tarde después de clases, disfrutaba al máximo esas preciadas horas que pasaba alejada de mis hermanos; puesto que era el único lugar donde no podían controlar mi tiempo.

—¿Qué tienes para mí, Trevor? —le pregunté al joven chico de cabello castaño que atendía la ventanilla de pedidos.

—Cappuccino y pastel de zanahoria para la mesa ocho —sonrió, entregándome una bandeja.

Trevor era un agradable chico, solía siempre estar de buen humor, y encontraba en cualquier momento una excusa para ofrecer una sonrisa o una palabra de ánimo.

Dirigí la mirada hacia la mesa ocho, un rubio leía un libro muy distraídamente, sin prestar mayor atención a las personas a su alrededor.

—Bien, dame eso —dije tomando la bandeja de las manos de Trevor.

—Ve por él, chica —me sonrió y me guiñó un ojo.

Suspiré y caminé entre las mesas hacia el nuevo visitante. Por lo general, tenía la costumbre de aprenderme los rostros de nuestros clientes, los cuales solían ser los mismos de siempre; pero este estaba segura de nunca haberlo visto antes. Porque bueno, ¿A quién iba a olvidársele ese espécimen de hombre que tenía en frente?

—Bienvenido a El Trébol, gracias por preferir comer en nuestra agradable cafetería. Que disfrute su orden —traté de no rodar los ojos nuevamente ante nuestra ridícula frase al servir una mesa.

A veces pensaba que Robert se pasaba con tanta idiotez, pero bueno, él era el jefe, y si me atrevía a renegar en algún momento, me dejaría sin salario por una semana.

El chico cerró el libro y levantó su mirada hacia mí.

Negro. Fue lo primero que vi en él, sus enormes y profundos ojos negros. Él tenía esa especie de mirada que se quedaba atascada en la mente; una de esas miradas únicas que te hacían desear nunca alejar la mirada de la suya, para así perderte en ese par de hoyos negros para siempre.

Mierda... estaba leyendo muchos libros en casa.

Sin poder evitarlo, me permití observarlo; es hermoso. Alto, de hombros anchos, cabello dorado, piel blanca, labios carnosos... ¿Por qué estoy viendo sus labios?

Su mirada continuaba penetrando la mía, aún continuaba sosteniendo el libro en sus manos, y ahora parecía estar divertido con la situación. Una pequeña sonrisa comenzó a asomar en sus labios; de pronto aquello parecía una especie de lucha, pues ni él ni yo teníamos la intención de alejar la mirada.

—¡Tessa! ¡Alex está aquí! —la potente voz de advertencia de America me hizo alejar la mirada. Me giré de forma instintiva hacia ella. Mi hermano Alex estaba de pie, al lado del podio de anfitriona de America, viendo en mi dirección con el ceño fruncido.

America era una especie de amiga —gracias a mi escasez de amigos— no podía decir que era mi mejor amiga, pues el único lugar en el que la veía era en el trabajo, ya que tanto ella, como Teresa, mi otra especie de amiga, apenas cursaban el último año del instituto. Pero aun así, solía brindarme su apoyo con respecto a mis celosos hermanos... además de que era un maquiavélico plan de ella, para poder acercarse a mi hermano Theo.

Ella siempre se ha encargado de hacerme saber del peligro que asecha cuando a alguno de mis hermanos se le ocurre aparecer, de una manera muy suspicaz: gritando como loca a través del café, desde su podio de anfitriona. Me giro nuevamente hacia el chico de ojos bonitos, quien increíblemente aún continúa observándome.

—Disfruta de tu café... Cappuccino —me corrijo, antes de caminar a paso rápido hacia mi hermano.

Me detengo frente a él y le dedico una pequeña sonrisa, rogando que por favor no haga preguntas que no han de venir al caso. De momento, sus brazos me rodean acercándome a su pecho, se inclina y besa mi cabeza, cierro los ojos y dejo escapar un suspiro, pues puedo sentir que su mirada está dirigida hacia el chico de ojos bonitos.

—¿Qué haces aquí, Alex? Se suponía que pasarías hasta que yo saliera para llevarme a casa —me quejo, poniendo distancia entre él y yo.

—¿No puedo venir a tomar un café aquí, hermanita? —contesta, dirigiendo su mirada por primera vez hacia mí.

—Nunca es bueno que vengas cuando estoy trabajando —frunzo el ceño en su dirección.

¿Bueno? ¡Odiaba que alguno de ellos me visitara en la cafetería! en varias ocasiones me había correspondido pagar los daños que ocasionaban cuando se les ocurría agarrarse a los golpes "defendiendo mi honor".

—Supongo que tú acompañarás a Alex —habló America detrás de nosotros.

La miré sobre el hombro de Alex, la morena me ofreció una sonrisa de disculpa y se encogió de hombros. Tanto ella, como Trevor, pero aún más Trevor, conocían mi situación con mis hermanos, y ambos sabían lo mucho que odiaba sus visitas. No me mal entiendan, los amo con toda el alma, pero tanta sobreprotección, resultaba ser a veces... exasperante.

—¿Tengo otra alternativa? —pregunto rodando los ojos.

—Deja de quejarte y atiéndeme bien; en este momento soy tu cliente —mi hermano sonríe y me pellizca la nariz.

—Trata de no fastidiar tanto a tu hermana, cada día le veo más canas a causa de ustedes —agregó America, antes de darse la vuelta y regresar a su lugar.

En ese momento hice lo más maduro que una chica de 18 años podía hacer, le saqué la lengua antes de que terminara yéndose, a lo que ella sonrió y me guiñó un ojo.

Regreso mi atención a Alex, quien aún continúa observando tentativamente hacia la mesa ocho. Toco su hombro y le hago un gesto con la cabeza para que me siga. Lo llevo al extremo opuesto de donde se encuentra el chico nuevo, no sabía la razón, pero quería mantenerlo alejado de mis hermosos hermanos.

—¿Quién es ese idiota que no deja de verte? —me pregunta Alex, mientras me sigue a través del café. Cierro los ojos con fuerza deteniéndome, ¿En serio tuvo que preguntar?

—No seas tonto, Alex. ¿Cómo voy a saberlo? Y no me está mirando.

Él se tomó toda la molestia de detenerse y girarse. Cerré los ojos e inhalé profundamente, antes de girarme con él.

—Sí, si lo hace —dijo al ver al chico aún con su mirada en ¿mí? ¿En serio quiere morir?—. Pero tranquila hermanita. Yo resuelvo eso enseguida —agregó tratando de dar un paso hacia adelante. Me apresuré a agarrarlo por el brazo, obligándolo a detenerse.

—Alex, basta. Lo que vas a lograr con eso es que Robert te saque del café otra vez. Además, no soy una niña. Puedo defenderme sola si fuera necesario.

—Eres mi hermanita menor —contestó sonriéndome dulcemente y acercando su cabeza a la mía.

Su hoyuelo se profundizó en su barbilla, al igual que lo hace el hoyuelo de Allan y el de Albert al sonreír. Estos tres son simplemente idénticos. Mismo color marrón en sus ojos, mismo cabello castaño y ondulado, misma altura, misma sonrisa, mismo color blanco de piel, incluso tienen la misma cantidad de músculos... De acuerdo, creo que repetí muchas veces la palabra mismo. Pero en fin, casi nadie es capaz de diferenciarlos. A excepción de papá, Theo o yo, por supuesto.

¿Había mencionado que los cinco teníamos la misma edad? ¡Así es, damas y caballeros! Somos quintillizos.

Pero por otra parte, Theo es más diferente a ellos. De hecho, yo soy la versión mujer de él. Nuestros ojos son grisáceos, el cabello es negro y ondulado, además, nuestra piel es trigueña, tenemos hoyuelos en nuestras mejillas y no en la barbilla, a como los otros tres.

Papá nos cuenta que incluso nacimos tomados de la mano, por ocho segundos de diferencia él es mayor que yo. Tenemos una bella conexión de hermanos, es el único que no me sobreprotege, de hecho, él solo quiere que sea feliz. Papá dice que mamá supo que nuestra conexión sería especial desde el principio, fue por eso que nos cambió el nombre cuando nacimos, nos puso Theo y Tessa, y no Aldo y Alma a como lo tenía planeado. ¿No es lindo? sus cinco hijos con la silaba "Al" al principio de su nombre. Y tuvo razón con respecto a nuestra conexión. Lástima que no se quedó a averiguarlo.

—Sí, Alex. Como por quince minutos eres mayor que yo, es una gran diferencia de edades —comenté sarcásticamente, terminando de guiarlo hasta la mesa.

En cuanto Alex tomó asiento, la campanilla de la puerta sonó, me giré para ver a la persona que estaba entrando. Mi cuerpo se tensó al ver a las personas, en vez de la persona, que entraron por la puerta:

Allan y Albert.

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