Portada de la novela Relatos del Olimpo

Relatos del Olimpo

7.9 / 10.0
Descubre los enigmas del Olimpo mediante una serie de crónicas dedicadas a sus deidades más influyentes. Esta recopilación explora los intensos vínculos afectivos y romances que nacen entre figuras legendarias como Zeus y Apolo, junto a otros integrantes del panteón griego. Sumérgete en un universo fantástico donde los secretos sentimentales de los dioses salen a la luz, revelando la faceta más íntima y humana de los mitos clásicos tradicionales.

Relatos del Olimpo Capítulo 1

Después del diluvio, El sol volvió a calentar la tierra con su radiante amabilidad, y la tierra respondió con incontables formas de vida, algunas conocidas, otros incluso no deseadas por la misma tierra. Como por ejemplo la inmensa pitón, su cuerpo abarcaba la gran parte del monte y llenaba de terror a la nueva y recién nacida raza de hombres. Nunca habían visto algo así.

Hasta entonces, Apolo había usado su arco tan sólo para cazar venados huidizos o tímidas cabras salvajes. Ahora casi se acabó su carcaj para matar a la serpiente. La abrumó con unas 1000 flechas hasta que el veneno rebozo por todas las oscuras heridas. Apolo sabía que hasta las grandes hazañas algún día se olvidaban si no hay algo que refresque la memoria.

Por eso el Dios estableció los juegos sagrados ,que el bautizo como juegos pitios, por el nombre de la serpiente. En estos juegos hubo competencias de todo tipo: luchas pugilismo carreras a pie, carreras a caballos, carreras de coches tirados por caballos, los jóvenes atletas ganadores recibían de premio hojas de encina. (No había laurel en esos tiempos cualquier árboles servía a febo para confeccionarse La guirnalda que adornaba sus sienes la corona para sus bellos rizos profusos)

****

Dafne, la hija de peneo, fue el primer amor de Febo.

Tal cosa no fue atribuible al mero azar o a la mirada defectuosa del destino. Se debió todo a Cupido, luego de una afrenta no mucho tiempo atrás, el Dios de delos aún ebrio de gozo por su triunfo sobre la serpiente, vio Cupido tensando su arco.

Y le dijo

" Niñito maleducado ¿Qué crees que haces con las armas de un Guerrero? Un arma si es sólo para unos hombros como los míos; para un tino como el mío, incapaz de herrar con cuánta flecha tire para herir enemigos o bestias salvajes, cómo lo hice últimamente con la gruesisima pitón. Tu niñito debes contentarte con tus antorchas para encender el amor o los amores de quién sea, y no buscar elogios en asuntos que son mi prerrogativa"

"Mira Febo, tu arco puede atravesar todas las cosas pero me arco te atravesará a ti y del mismo modo en que los animales son inferiores a los dioses tu gloria en materia de Quién tiene más alcance es inferior a la mía."

Cupido dijo esto último cuando ya volaba con alas ligeras por el aire hasta posarse en la cima sombreada del parnaso, de su carcaj lleno de flechas sacó 2 dardos, de distintas propiedades uno ahuyenta el amor y el otro enciende el amor.

El que enciende el amor es dorado y brilla y tiene la punta afiladadisima, el que ahuyenta el amor es Romo con la punta cubierta de plomo.

Con este último dardo Cupido atravesó a la ninfa hija de peneo y con la otra hirió a Apolo,

La flecha le entró por la médula de los huesos, y de inmediato pero se enamoró y de inmediato la otra repelió cualquier palabra referida al amor y sus derivados.

Dafne halló su gozo en los bosques apartados y en la casa y captura de fieras.

Así emulaba a Diana la diosa virgen, incluso con el pelo descuidado o sujeto tan sólo atrás de la nuca por un simple listón.

Le llovían pretendientes pero ella escapaba a sus ruegos para irse por bosques intransitables sin saber sin importarle nada de los hombres y menos cosas como amor o matrimonio o haser pareja.

Una y otra vez su padre le decía

"Hija quiero nietos, o por lo menos un yerno"

Pero ella se sonrojaba la idea del matrimonio se le hacía cercana al crimen, un rubor enrojecia su hermoso rostro y echaba los brazos al cuello de su padre para implorarle.

"Padre, padre querido, déjame gozar de mi virginidad para siempre, en días caídos esto fue lo que a Diana le concedió su propio padre"

El padre de Dafne se rindió a la petición

"Está bien por mí pero tus propios encantos se interpondrán entre tú misma y aquello que buscas tú sola belleza será la derrota de aquello que deseas"

Apolo se enamoró de Dafne con sólo verla, quiso casarse con ella de inmediato, sus propios poderes proféticos lo engañaron diciéndole que sus deseos eran cumplibles.

Lo mismo que el rastrojo liviano arden un campo cosechado lo mismo que un arbusto se prende por el descuido de alguien que pasaba por ahí y acercó demasiado una antorcha o la dejó tirada.

Al romper el día de pronto era pasto de fuego, su corazón ardía en llamas y el alimentaba de esperanza su amor estéril.

Apolo miraba el pelo colgante al descuido sobre el cuello de Dafne y suspiraba.

"Y eso que no tiene el pelo arreglado"

Apolo veía los ojos de Dafne brillantes como estrellas veía sus labios y deseaba ser más que sólo vernos alababa sus dedos sus manos y sus brazos que subían casi desnudos hasta el hombro, sobra decirlo que se imaginaba al pensar en los encantos ocultos de Dafne.

Pero Dafne corrió más rápida que el aliento del aire no se detuvo a oír sus palabras.

"Te lo ruego, ninfa hija de peneo, no huyas, aunque te persiga no soy tu enemigo. Detente ninfa huyes como huye el cordero de lobo o el venado de León, pero no quiero hacerte daño es el amor el que me hace perseguirte No sabes cuánto temo que al perseguirte te ocasiona una caída o que yo sea el causante de que tú misma te hieras corres y corres por sitios muy toscos para ti, te lo suplico ve menos rápido y disminuye tu vuelo para que yo disminuya el mío."

"O mejor detente un segundo para oír lo que te dice el corazón al que has encantado, no soy un campesino que viva en una cabaña del monte no soy un pastor o un cabrero tedioso que lleva su rebaño y su ganado por estas regiones,

Niña tonta, perdón niña mía, no sabes de quién muy espero te lo aseguro si supieras no huirias, yo soy febo un hijo indisputable de Zeus, yo puedo revelar el futuro el presente y el pasado yo hago que las cuerdas de la lira vibren de música yo tengo el arco más certero, soy un médico reconocido hice curar todas las enfermedades existentes y por existir Pero nadie puede ayudarme frente a ti, y yo"

Apolo se detuvo porque la ninfa asustada había oído ya de él, incluso en la huida era un encantó verla mientras el viento le desnudaba los miembros y su soplo se alzaban el vestido también.

Su cabello flotaba en la brisa ligera y su vuelo realzaba su belleza

Pero Apolo ya no estaba para perder el tiempo en blanduras

El amor arreciaba sobre el y el arreciaba sobre la ninfa.

Apolo corría rápido por el anhelo,

Dafne corría rápido por el miedo.

Pero el perseguidor corría más porque lo empujaba el amor iba atrás la muchacha sin darle un respiro pisandole los talones.

Hasta que la fuerza abandonó a Dafne y Dafne se puso pálida y sintió en su cuerpo todo el peso de la huida.

En eso vio las aguas del Peneo

"Padre, ayúdame ríos, si ustedes tienen de veras poderes divinos hagan algo cambienme, destruyen esta belleza qué tan perseguible me hace."

Sus palabras fueron escuchadas y una languidece iba apoderando de sus miembros. Sus suaves cabellos eran hojas y ramas sus brazos sus pies tan veloces ya estaban atados al suelo por lerdas raíces. Su cara ya era una copa de árbol nada quedaba de ella, tan sólo su encanto brillante.

Era un árbol y como un árbol Apolo la amo, puso su mano sobre el tronco y el corazón de Dafne aún palpitaba bajo la nueva corteza.

Apolo abrazo las ramas como si aún fueran miembros y besó la madera como si aún fuera un cuerpo.

Pero aún así el árbol se apartó de los besos de Apolo

"Ya que no puedes o quieres ser mi esposa, aunque no quieras entonces serás mi árbol, mi lira, mi carcaj llevarán siempre el laurel, tu acompañarás a los generales distinguidos de Roma cuando el capitolio contemple sus largas procesiones triunfantes y la algarabía de las voces lleve la canción de La Victoria.

Apolo el curador había dicho el árbol de laurel inclino sus ramas nuevas como quien al final asiente con la cabeza.

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Tabla de contenidos de Relatos del Olimpo

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