Portada de la novela Reclamada por un heredero de la mafia

Reclamada por un heredero de la mafia

9.1 / 10.0
Nora Yates despierta de una pesadilla de cinco años tras descubrir que su marido, Stefan Gordon, la manipuló y enfermó sistemáticamente para vengar a su amante, Izabella. Sumida en la traición, Nora decide abandonar su fachada de esposa vulnerable para recuperar su verdadera identidad como hacker legendaria. Armada con sus habilidades tecnológicas y una sed de justicia, saldrá de su encierro dispuesta a destruir a quienes arruinaron su vida.

Reclamada por un heredero de la mafia Capítulo 1

En su quinto año de casados, Nora Yates se topó con titulares escandalosos que relacionaban a su esposo con otra mujer.

Su amigo lo provocó: "Stefan, eres despiadado. Solo porque Nora le quitó el novio a Izabella, te casaste con ella, la mimaste y le diste esas pastillas hasta que prácticamente se convirtió en una tonta".

Stefan Gordon habló con frialdad mientras tocaba el vientre abultado de Izabella Stewart: "Ella hizo que Iza estuviera infeliz. Tiene que pagar".

Fuera de la habitación privada, Nora, luchando contra una severa depresión, casi se derrumba.

Con las manos temblorosas marcó un número. "Dile a esa empresa que me uniré".

Durante cinco años, Nora había sido ama de casa, confinada a su cama debido a una enfermedad.

Todos olvidaron que una vez fue una hacker legendaria temida por todas las grandes corporaciones.

...

El pasado de Nora como una arrastrada de su primer amor la convertía en el hazmerreír de su círculo.

Sin embargo, Stefan la apreciaba y cuidaba como un tesoro.

Su amor era grandioso, desde alquilar cada cartel de LED de la ciudad para confesársele públicamente, hasta arrodillarse en la nieve para demostrar su devoción, y después del matrimonio, le daba personalmente cada día esas medicinas amargas.

Esos medicamentos ciertamente eran desagradables, pero el dulzor de su amor lo compensaba.

Nadie dudaba de la sinceridad de Stefan, sin embargo, Nora tuvo tres grandes discusiones con él.

La primera vez, percibió el aroma de un perfume desconocido en él.

Todos afirmaron que no olían nada, y Stefan, para apaciguarla, se duchó en repetidas ocasiones, casi desgarrándose la piel.

La segunda vez, encontró unas bragas en su dormitorio.

Lo confrontó histéricamente hasta que la criada admitió que la ropa interior era suya.

Nora se quedó petrificada y humillada, mientras Stefan la abrazaba con tierna preocupación. "¿Otra vez te sientes mal? No importa que no te acordaras, Nora. No te culpo".

Su paciencia nunca flaqueó. "Vamos, tómate tu medicina. Te ayudará a mejorar".

Él le llevó la medicina a los labios.

"Stefan, no quiero tomarla", dijo Nora con el rostro pálido. "Cada vez que la tomo, siento que comienzo a alucinar".

"Está bien, cariño. Si dudas de mí, es porque aún no soy lo suficientemente bueno. Te tataré mejor".

Su calidez y perdón la hicieron sentirse avergonzada de sus tenebrosas sospechas.

La tercera vez, Stefan estaba fuera en un viaje de negocios cuando su gato accidentalmente abrió una alerta de noticias en la tableta.

"La estrella en ascenso Izabella Stewart es vista con su novio millonario en Solara, celebrando su cumpleaños. ¿Pronto sonarán las campanas de bodas?".

A Nora rara vez le importaban los chismes y estaba a punto de cerrarlo, pero entonces vio algo que la hizo detenerse en seco. Bajo el titular en negrita estaba la foto de un paparazzi.

Izabella, en un elegante traje de baño, sonreía en los brazos de un hombre y el rostro de este estaba borroso. Pero Nora reconoció el reloj en su muñeca, era un regalo único que le había dado a Stefan para su último cumpleaños.

La nieve caía afuera, cubriendo el mundo y sumergiéndolo en el silencio.

La casa estaba cálida, pero ella sintió un escalofrío que le heló la sangre.

No podía ser.

Tal vez recordaba mal. El reloj no era único, o tal vez nunca le dio uno.

Stefan había ido a Eldoria para una fusión, no podía estar en Solara.

La lógica la instaba a mantenerse calmada, pero sus dedos temblorosos la traicionaron mientras marcaba su número.

El teléfono sonó durante siglos antes de que él respondiera.

"¿Nora? ¿Por qué me llamas tan tarde?". La voz de Stefan era suave y no tenía rastro alguno de molestia.

El suave sonido del viento sugería que estaba al aire libre.

Nora aferró el teléfono, mientras sus uñas se clavaban en la palma de sus manos. "Nada. Solo me siento inquieta".

"¿Inquieta? ¿Tomaste tu medicina? ¿Es grave? ¿Debería enviar a un médico?". Su voz se agudizó con preocupación, y ella podía imaginar su expresión de ansiedad.

"Ya me la tomé", dijo Nora, acariciando la cabeza de Muffin mientras el gato se acurrucaba contra ella. "¿Cómo va tu viaje?".

"La reunión tiene algunos inconvenientes. Podría tomarme unos días más". Su respuesta fue fluida, pero el viento de fondo desapareció, como si hubiera entrado en un espacio cerrado.

Nora permaneció en silencio, y Stefan continuó. "Tengo otra reunión. Los inversionistas me están esperando. Sabes que no les gusta trabajar horas extras. Mantente segura en casa, ¿sí? Come bien y tómate la medicina".

Nora murmuró una respuesta y colgó rápidamente.

Otro segundo, y su fachada de calma se habría roto.

Stefan no había notado el error en sus palabras.

En Eldoria era medianoche.

Él le había mentido.

Su pecho se agitaba y su respiración se acortaba por el pánico.

Un dolor atravesó la palma de sus manos, reuniendo sus pensamientos dispersos.

"¡Miau!". Muffin mordió su mano, dejando escapar un grito ronco y urgente.

Volviendo a la realidad, Nora se dio cuenta de que no había tomado su medicina ese día.

Odiaba esos antidepresivos porque entorpecían su mente.

Pero ese día, necesitaba estar tranquila, o incluso, ser implacable.

Muffin la observó tragarse la pastilla y luego se acurrucó en su regazo, ronroneando suavemente.

Tranquilizada por el gato y la medicina, la mirada de Nora se dirigió al estudio.

Stefan sabía que ella había estudiado informática en la universidad y amaba programar, ganando una reputación en el mundo tecnológico antes de su enfermedad.

La computadora de última generación en el estudio era un regalo para mantenerla entretenida, aunque rara vez la usaba.

La encendió y el resplandor azul iluminó su pálido rostro.

Sus dedos rozaron el teclado, y la memoria muscular se hizo cargo de todo.

El código fluía con facilidad, eludiendo cortafuegos y rastreando fuentes de señal.

Nora, que había estado postrada en cama durante años y era dependiente de Stefan, había sido olvidada como la hacker que una vez había dejado a las defensas corporativas como inútiles.

La copia de seguridad en la nube que juró nunca tocar, en aquel momento era violada con facilidad.

El teléfono de Stefan fue rastreado hasta las coordenadas de Solara, coincidiendo con el tiempo y lugar del informe de noticias.

Fotos claras cargaron en su pantalla, sin desenfocar.

El rostro apuesto de Stefan resplandecía de felicidad. Sonreía con el brazo alrededor de la cintura de Izabella, paseando por la playa y cenando en un submarino.

La evidencia yacía fríamente ante ella.

Su estómago se revolvió, pero con poca comida en su sistema, solo tuvo arcadas secas, con la bilis quemándole la garganta.

Por primera vez, Nora realmente deseó estar delirando.

En su aturdimiento, marcó un número familiar.

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