Portada de la novela No Juzgues La Portada. Ahora contada por ellos 2

No Juzgues La Portada. Ahora contada por ellos 2

9.4 / 10.0
Tras la difícil experiencia vivida por Amelia, este relato se sumerge en las perspectivas de los hombres que forman su entorno. La historia revela el dolor de Rámses, la entrega absoluta de Gabriel y los dilemas paternales de Fernando, Mike y Hayden. Al observar la resiliencia de la protagonista, cada uno enfrenta una transformación interna profunda. Es una exploración sobre el crecimiento colectivo y las emociones que surgen ante la adversidad extrema.

No Juzgues La Portada. Ahora contada por ellos 2 Capítulo 1

Usé las escaleras de servicio para llegar al cuarto piso, caminé hasta el final del pasillo y entré al pequeño cuarto donde las amas de llave guardaban las almohadas y toallas adicionales. Había escuchado cuando una de ellas comentó que este cuarto nunca tenía llave para que cualquiera de ellas pudiese subir a dormir un rato.

Revisé mi teléfono, navegando entre los mensajes mientras se hacia la hora de que Marypaz llegase. Cuando creí que quizás no vendría la puerta se abrió y mi chica entró. Sonreí triunfante y ella comprendió en ese momento que todo fue una trampa. Rodó los ojos y cruzó los brazos sobre su pecho, pero no se fue.

—Algo me decía que no te podías haber equivocado de cama.

—Yo siempre se cuál es tu cama Pacita, es la única a la que quiero meterme siempre.

Había escrito una nota donde supuestamente le decía a Roxana para vernos aquí y la lancé en su bolso, sabiendo que la conseguiría, que su sangre herviría por imaginarme con otra y que se presentaría en su lugar. Incluso antes de dejarme plantado, ella vendría por mí. Y no me equivoqué.

Avancé hasta ella y la atrapé contra la puerta del pequeño cuarto, pegando mi cuerpo contra el suyo. Mi pene que presentía su esencia se despertó de inmediato.

—Me trajiste hasta acá bajo en un engaño.

—Tu viniste porque quisiste... bien pudiste plantarme.

Recosté mi erección de su pierna y el libido se encendió de inmediato en su mirada.

—¿Por lo menos trajiste condones?.

Sonreí y la besé. Ella no dudó en responder el beso y antes de que pudiera darme cuenta era yo el arrinconado en la pared contraría con Marypaz quitándome la ropa. Solo se separó de mí para respirar y desnudarse. Arrojamos las toallas y almohadas al piso y sobre ellas le hice el amor como me lo pedía, con urgencia y desespero. Como si tuviésemos años sin estar juntos, como si ayer no hubiese ocurrido. Todavía jadeábamos por aire cuando la arrastré a mi lado y la acuné en mis brazos, trazando círculos en su espalda desnuda.

—¿Cómo haces para que siempre termine así contigo?

—¿Así de cogida o así de cansada?

Ella rió: —Así de cogida, sobre todo cuando no pensaba que se repitiese.

—Te responderé si tú me dices como haces para hacer conmigo lo que quieras.

Volvió a reír y besó mi pecho.

Permanecimos en silencio un buen rato hasta que Pacita volvió a hablarme.

—¿Te quedaron ganas para un segundo round?

—Por supuesto, es hasta ofensivo que tengas que preguntármelo. ¿Acaso mi pene erecto no es suficiente señal?

Pacita miró hasta mi entrepierna y rió con fuerza. Creo que no lo había notado.

Rodé sobre ella y me posicioné entre sus piernas. Comencé a llenarla de besos y lamidas como sabía que la excitaban. Bajé por todo su cuerpo deteniéndome solo lo necesario para mordisquear sus pezones y seguí bajando.

A Pacita le gustaba rudo y aunque yo tampoco era toda la delicadeza en la cama, me tocó aprender con ella el sutil equilibrio del dolor y placer, por lo que cuando llegué hasta su intimidad y luego de besarla, le mordisqueé sus labios íntimos haciendo que se estremeciera con ímpetu, gimiendo mi nombre con hambre e impaciencia.

Me volví a posicionar listo para fundirme con ella, cuando me detuvo.

—En cuatro, házmelo en cuatro—jadeó con su voz entrecortada.

Y era por estas cosas que Pacita me volvía loco, nunca temía decirme lo que quería, ordenarme, dirigirme. Me encantaba la sinceridad que emanaba de ella cuando estaba en la cama. En público era otra persona, pero en privado, conmigo, era ella misma, y esa dualidad de personalidades alimentaba mi morbo hacía ella.

Por supuesto que obedecí. Retrocedí para que ella pudiese girarse y apoyar su peso en sus rodillas y sus manos.

—Y Gabriel... has que te recuerde mañana.

Un gruñido trepó por mi garganta desde lo más profundo de mí ser cuando me hundí en ella sin ningún tipo de delicadeza.

—Te dolerá cuando camines Pacita y me recordaras con cada paso que des. Cuando termine contigo no podrás moverte.

—No fanfarronees, demuéstralo...

Reí y la palmeé con fuerza mientras me hundí más profundamente. Mis embestidas eran fuertes, rápidas, profundas y ella las recibía como siempre: pidiendo más. La hice llegar a un orgasmo tan intenso que me arrastró con ella a ese vórtice de clímax.

.

.

Cargué a Marypaz sobre mi espalda hasta su habitación y me reí con ella cuando la vi caminar gracioso hasta que entró. Yo mismo caminaba gracioso. Estaba adolorido pero en el buen sentido.

Las voces de mi habitación me confundieron.

—Ten un poco de dignidad chica—escuché decir a Amelia en cuanto abrí la puerta.

Kariannis estaba parada frente a ella, de espaldas a mí.

—¿Qué está pasando?—no tenía que ser muy inteligente para saber que Kariannis intentó colarse en la cama de Rámses. Amelia estaba furiosa, lo pude notar por su cara contraída, sus puños apretados y la forma como respiraba con dificultad—, márchate Kariannis, aquí nadie necesita de tus servicios y si quieres seguir respirando... deja a Amelia en paz.

Kariannis bufó molesta y cerré la puerta detrás de ella en cuanto salió.

—¿Estás bien?—le pregunté, solo entonces noté que llevaba muy poca ropa puesta y que Marcos la estaba mirando desde su cama.

Apagué la luz para evitar que siguiese mirándola porque como lo hubiese hecho unos segundos más le sacaría los ojos. Caminé hasta ella para advertírselo, si yo era capaz de sacarle los ojos a Marcos, Rámses lo mataría cuando se enterase de lo que vio.

—No deberías dejar que los demás te vieran solo con esa camisa que apenas logra cubrirte, a los O'Pherer no nos gusta que otros vean lo nuestro Mia Beleza.

Me tumbé en la cama con mi cuerpo adolorido, esperando que Pacita me estuviese recordando en este momento tanto como yo la estaba recordando a ella.

***

—Rámses, que bueno que ya estás listo. ¿Puedes darme una ayuda con el desayuno? Necesito organizar a los muchachos y algo me dice que tú sabrás poner carácter y que las chicas te obedezcan—el profesor Joseph estaba en la puerta de la habitación y tomaba a Rámses del brazo apresurándolo a seguirlo

—En realidad yo...—intentó en vano defenderse el francés

—Vamos, será rápido. Tu hermano puede alcanzarte luego.

Rámses con cara de circunstancias se marchó con el profesor. Yo hubiese ido por él pero aun no terminaba de vestirme. Me costó levantarme esta mañana así que no pude aprovechar los primeros turnos para entrar al baño. Mientras Amelia se bañaba yo hice lo mismo en la habitación de al lado.

Cuando le comenté a Rámses como Marcos se la devoró con la mirada, los recluyó en la otra habitación a todos. No quería correr riesgo de que nadie más la viese y debo decir que estuve de acuerdo.

Cuando terminaba de amarrar mis zapatos la puerta del baño se abrió y Amelia se asomó, lucía preciosa en ese vestido, bellísima y sexy... muy sexy. Rámses realmente era muy afortunado de tenerla a su lado.

—Yo... ehm... ¿Dónde está Rámses?—preguntó

—Joseph vino a buscar ayuda para organizar el desayuno y tuvo que ir con él.

Su incomodidad me ponía nervioso. Lucía tan hermosa con ese vestido que sentía que era incorrecto mirarla.

—Ah... Necesito ayuda con el cierre del vestido.

¿Por qué Dios, por qué? ¿Qué te he hecho para que me pongas estas pruebas tan duras? Compadécete de mí... mi carne es débil, mi mente una mierda. ¡Mamá por favor!

Ella se giró y dejó su espalda parcialmente descubierta. Mis manos temblaban nerviosas. Tomé el borde su vestido con extremo cuidado de no tocar su piel más de lo necesario. Olía a flores.

¡¿Por qué Cristo bendito crucificado?! Por lo menos podías constiparme la nariz para no tener que olerla.

—Ya—le avisé soltando todo el aire que estuve conteniendo, sintiendo mis mejillas enrojecidas a más no poder—. Eu realmente odeio esse vestido - realmente odio este vestido—murmuré molesto con ella por ponérselo, con la vida, con Rámses por haber bajado, por el profesor por haber venido a buscarlo y con Dios por ignorar mis suplicas y con mi puto pene sensible.

.

Poco después bajamos al comedor, mi pene volvió a su estado natural y la tensión disminuyó de mi cuerpo. No entendía por qué ella podía ponerme así y me molestaba que lo lograse. Conseguimos a Rámses esperándonos en la entrada del comedor y unos pasos más adelante Marypaz. Lo dejé al lado de Amelia y caminé hasta encontrarme con ella.

El dolor de mi entrepierna fue profundo e intenso. Me hizo sentir bien saber que con Amelia a duras penas logré una reacción, pero con Marypaz... en ese vestido... quise tomarla allí mismo, sobre la primera mesa que consiguiera, sin importarme quien nos pudiese ver.

—Estás preciosa—le susurré con gran disimulo.

—Y bastante adolorida—respondió y reí.

—Yo solo hice lo que tú pediste.

—No me estoy quejando, de hecho... lo estoy disfrutando.

.

.

Marypaz estuvo todo el tour provocándome y evitándome.

—¿Recuerdas cuando me rompiste mis pantis?

—Por supuesto, tengo los restos están guardados en mi bolso.

Ella no se sorprendió aunque un pequeño rubor tiñó sus mejillas.

—No podrías hacer eso otra vez... hoy no llevo nada puesto.

¡Santísimo de las erecciones protégeme!

Y después de eso, cuando más ganas tenía de encerrarla en cualquier lado para hacerla mía, me esquivó con gran astucia. Incluso durante el almuerzo. Cuando por fin nos sentamos en el autobús para el viaje de regreso casi no podía caminar por la permanente erección que fue mi fiel compañera durante todo el día.

¡Puto pene calenturiento!

—¿Te encuentras bien?—me preguntó con total descaro y una mirada sugerente a mi entrepierna.

—¿Tu qué crees? No, no estoy bien. Eres cruel Pacita, me dices eso y no me dejas acercarme a ti todo el día... cuando estemos otra vez juntos creo que te dejaré inválida.

Ella se rió con fuerza: —Calla que alguien se podría enterar. Mancillarías la imagen que tiene Rámses de su adorada universidad.

—Es posible—respondí entre risas—, ¿sabes que lo haría enojar de verdad? Pensar que tiré primero que él en Columbia.

Antes de que Pacita pudiese frenarme me levanté del asiento y me asomé por encima del de Rámses y Amelia, mi cabeza interrumpió el abrazo que se daban.

—Te ganhei. I foi o primeiro a pegar em Columbia- te gané. Fui el primero en coger en Columbia—Rámses arrugó la nariz en señal de molestia

—Qui a dit que nous ne faisons pas cojimos dans cette chambre au troisième étage?- ¿quién dice que nosotros no cogimos en aquel cuarto del tercer piso?—alzó la ceja presumiendo.

—Más se eu posso dizer que eu tive mais sexo do que você nesta viagem-Pero si te puedo decir que he tenido más sexo que tú en este viaje—no me va a ganar, estoy seguro.

—Je peux cuestionartelo, mais pas tirer des orgasmes de compte...- Puedo cuestionártelo, pero no sacaré cuenta de los orgasmos...

—No te creo—él podía engañarme, pero no mi cuñada.—¿Amelia, cuantas veces tiraron en el viaje?

Lo pregunté más fuerte de lo que planeaba pero cuando todos comenzaron a corear para que respondiese, sabría que no tendría escapatoria. Imposible que Amelia mintiese.

—Cuatro...—respondió.

—Puto francés de mierda.

Me arrojé sobre el asiento con mis brazos cruzados sobre mi pecho mientras escuchaba la risa presumida del francés idiota. Pacita se acercó hasta mí y recostó su cabeza de mi hombro y allí se quedó dormida al cabo de un rato.

Un par de horas después ya no seguía enojado con Rámses y su capacidad parar tirar como conejo, estaba entretenido viendo las redes sociales mientras acariciaba el cabello de Marypaz cuando Amelia se volteó en su asiento.

—¿Y tú cuantos?—me preguntó con su mirada bailando confundida entre la cercanía de Marypaz y mía.

—Tres—confesé mientras miraba a Marypaz y los tórridos momentos que vivimos regresaban a mi memoria.

—Pregúntame a cuantas besé—quería que le quedase claro que solo me refería a Marypaz, pero después de que dije la pregunta y a juzgar por su reacción entendí que quizás pensó que yo me refería al casi beso que... ¡Mierda!.

.

.

Finalmente llegamos. Acaricié la mejilla de Marypaz hasta que se despertó y me sonrió.

—Estaba pensando que podíamos ir al cine mañana... ¿Qué opinas?.

Su semblante cambió y se incorporó con gran rapidez, poniendo distancia entre nosotros.

—Gabriel... no... yo... pensé que estaba claro... nosotros no...—se acercó nuevamente a mí y susurró a mi oído—, fue solo sexo Gabriel.

—Hermano, papá nos está esperando.

Me levanté en automático siguiendo a Rámses y a Amelia, no me despedí de ella ni siquiera.

—¿Estás bien?—me preguntó el francés lo más callado que pudo.

—No.

Rámses puso su brazo por encima de mi hombro mientras Amelia saludaba a papá.

—Me acaban de partir mi culito pasivo

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