Portada de la novela Mi marido es el demonio

Mi marido es el demonio

8.7 / 10.0
Tras ser obligada a desposar a un duque, Emma Thorne descubre aterrada que su marido es un demonio real. Aunque logra huir en un giro inesperado, la presencia del ser que dejó atrás parece perseguirla sin descanso. En medio de esta huida incierta, Emma se cuestiona si ha escapado o si avanza hacia una emboscada mortal. Entre secretos oscuros y sospechas constantes, un deseo ardiente florecerá mientras ella enfrenta un pasado cargado de mentiras.

Mi marido es el demonio Capítulo 1

Emma

La llegada del heredero de los Duques de Grafton era motivo de celebración para la familia.

Caitlyn y Armond eran los mejores señores que una sirvienta podía tener. O en mi caso...una doncella. Y aquel día mientras preparaba el té de la señora justo dos o tres horas antes del evento, miraba por la ventana de la cocina cómo el jardín de la nueva mansión de campo se llenaba de elegantes arreglos de flores junto a los candelabros forjados en oro que alumbrarían la entrada a la enorme fiesta que se celebraría.

—¡¿Emma?! —mi señora me llamó y alcé la oreja hacia la escalera.

—En camino, Milady —grité saliendo con la bandeja.

Había muchísimo revuelo en la casa, y tuve que luchar para no tropezar con los sirvientes que preparaban los pequeños tentempiés junto a las copas de bebidas burbujeantes. Era un evento esperado y hasta los der servicio estábamos ansiosos y eso que lo veríamos todo desde la distancia.

—¡Aquí está el té, Milady! —anuncié mi entrada.

—¿Cuántas veces tengo que decirte que me llames Lady Caitlyn? —la encontré sentada en su sofá viendo los jardines de su propiedad. Tan hermosos como ella misma.

—No me acostumbro, Milady, lo siento.

Puse la bandeja en la mesa al lado de un sillón y eché un vistazo a la cama cubierta de vestidos imposibles de elegir. Bellísimos todos. Tener la adecuada selección era casi sacrilegio con el resto.

—Pues hazlo hoy —ordenó con una sonrisa, y de pronto se alzó para venir hasta mí, tomar su tasa por el camino entre los finos dedos y proseguir—. Elige un vestido, por favor.

La tarea se me hacía difícil porque todos eran perfectos y hermosos. No podía decidirme, pero si fuera ella, si tuviera la oportunidad de lucirme en un evento así,  desde luego el rojo vino que había debajo de dos o tres más sería el elegido. Lo toqué con cuidado, primero el escote preciso entre tul del mismo color del vestido de seda perfecta y luego seguí cada contorno de tela que se adivinaba que caería en cascada por el cuerpo menudo de mi señora. Parecía una obra de arte con motivos dorados.

—Este sin duda sería ideal —señalé lo que tocaba.

—Perfecto —ella aplaudió y yo di un respingo—, ese será. Lo usarás esta noche.

Me quedé confundida e inamovible. No podía desparramar su te pero estuve cerca de hacerlo.

—¿Disculpe, Lady Caitlyn...?

Usé su nombre como tanto me pedía para tener enseguida una respuesta a su desatino.

—Eres la nana de mi hijo y necesito que lo cuides mientras yo me ocupo de los invitados y algún que otro baile con mi marido —decretó en su explicación—. ES una fiesta de máscaras, así que junto con el vetsido viene un antifaz.

—Como usted diga, Mi..Lady Caitlyn.

Encogí los hombros. Seguía sin apetecerme pero descubrir que aquel vestido perfecto sería para mí esa noche, me hizo sentir mariposas en el estómago. Había pasado mucho tiempo desde que había podido usar una pieza así de fina.

En la tarde, me encontré preparando mi propia figura para la noche y las chicas de la cocina fueron las principales ejecutoras de toda mi apariencia.

Al final del trabajo, me veía bellísima con mi vestido suelto hasta encallar en mi cintura y romper en olas de seda hasta el suelo. Mi pelo rubio lo escondieron dentro de un perfecto tocado dorado que combinado con mis ojos grises y la máscara del mismo matiz, me hacía sentir bonita otra vez.

Me mantuve al lado del bebé las primeras horas de la fiesta, hasta que el niño empezó a llorar pidiendo su cena.

—Puedes retirarte, Emma —dispuso la condesa—. Después de alimentarse seguramente se quedará dormido —se acercó a mí mientras nos retirábamos del gran salón—. Puedes dejarlo con mi doncella y tú puedes regresar a la fiesta a disfrutar de ella.

—¿Yo, Milady?

—Sí, te lo has ganado —ella me guiñó un ojo con una sonrisa y le dio un beso en la frente a su hijo antes de regresar por donde había venido.

Así lo hice y cuando regresé al salón, aproveché para beberme una copa de aquellas preparadas con burbujas que revoloteaban dentro de mi y achispaban mi espíritu.

Mi memoria evocó momentos que no quería revivir, pero me hicieron ir por un túnel oscuro del que había salido hacía mucho y mientras aquello sucedía, en mi interior se produjeron unas ganas enormes de bailar un vals que no podía, porque no llevaba una tarjeta de baile. No estaba en mi temporada ni mucho menos.

Entonces miré hasta la puerta y le vi. Un invitado al parecer había llegado tarde y se había convertido en el centro de atención.

Verlo fue como un golpe de electricidad en el centro de mi cuerpo. Cuando él fijó su mirada en mí, algo se vinculó entre los dos. Nos miramos más de la cuenta, más de lo permitido en la sociedad que nos rodeaba y sentí que todo se volvía abstracto a mi alrededor y la única cosa lúcida que podía ver era a él.

Mis ojos y los suyos se tocaban incluso estando lejos y cuando él decidió dar el primer paso hacia mí, parapeteado en un elegante traje de caballero con bastón y sombrero en mano, mis piernas amenazaron con ceder ante semejante poderío y belleza viril.

Se veía erguido, lleno de seguridad y destreza al ostentar su título que no tenía idea de cuál era, pero que se veía le venía como a medida.

Sabía que a nuestro alrededor le observaban otras mujeres que parecían cuchichear, pero nosotros no dejábamos de mirarnos por encima de las máscaras y esos ojos suyos, me ponían de rodillas sin apenas poder moverme. La máscara que llevaba también me ayudó a darme valor.

—Será un verdadero placer estar acompañado por una dama tan hermosa toda la noche —su voz era incluso mejor de lo que había podido imaginar. Su mano arropó la mía y mis palabras se estancaron en aquella mirada fiera y honda a la vez.

Sus primeras palabras pintadas en un piropo poco sutil impactaron en mí como una flecha envenenada de sensualidad.

La noche avanzó y nosotros con ella fuimos tomando confianza y las conversaciones eran tan escasas como numerosas las miradas abrasadoras. Lo bueno era que nadie podía reconocerme como la sirvienta de los condes de Grafton.

—Soy amigo de la familia —me informó—. Pasaré una temporada con los condes de Grafton aquí en el hacienda.

—¿Cuánto tiempo estará con ellos? –pregunté esquivando sus ojos ardientes. La máscara no podía esconder su candor.

—No importa cuánto —dijo guiando mis manos en las suyas en medio del baile de salón—, más sí es primordial mi presencia.

No pude rebatir porque no entendía lo que quería decir y la música paró justo cuando estaba por decir algo más.

—Salgamos de aquí —propuso tomándome del codo—. Me produce cierta alergia este tipo de eventos.

En otro momento habría lamentado perderme la fiesta, pero había algo en él, algo indescifrable pero que tiraba de mí y me hacía obedecer sus deseos volviéndolos míos.

—Sé que voy a pecar de rapaz —dijo de pronto—, pero tengo que probar algo si usted me lo permite...

—Y, ¿eso sería...? —inquirí expectante.

—Enseguida lo sabrá —añadió acercando sus labios a mi oído—. Deténgame si lo considera demasiado.

—¿Demasiado qué?

Entonces me besó. Tomó mi rostro entre sus manos, rozó nuestras narices y viendo mis ojos con los suyos unió nuestras bocas en un beso que ninguno de los dos nunca detuvo.

La sorpresa del atrevimiento, o la pasión bajo la luna creciente... tal vez la magia de una noche al azar que no se repetiría fueron las causas de mi sagaz comportamiento.

¡Que Dios me ayudara! Desde que lo había visto y él me había capturado con su magnetismo me sentí en una órbita sensual que él había creado para los dos.

Fue como la lluvia, simplemente un aluvión inesperado de sensaciones me tomaron al mismo tiempo que sus manos me pegaron a su cuerpo y me entregué a aquel beso en el que estaba segura quedaría el sello de algo que nunca olvidaría.

—No me has detenido —susurró contra mis labios y le miré a los ojos sintiendo un fuego quemando en mi piel, consumiéndome y no sabía por qué, pero asentí y me tomó la boca otra vez.

Esa vez fue más allá. Nos hizo caminar en reversa hasta que estábamos contra un vitral de respaldo y todos esos pequeños colores me encendían por dentro.

—No sé qué estoy haciendo —farfullé asustada mi frente en la suya—. Yo no debía... no puedo. No le conozco.

Empecé a cuestionarme a mí misma lo que había hecho, pero sus manos y su cuerpo no me daban libertad de movimientos, estábamos uno contra el otro con las respiraciones agitadas.

—En eso te llevo ventaja, querida Emma —contestó sacándome del encantamiento con su siguiente acción—. Yo sí sabía lo que hacía desde el principio y tengo muy claro qué haré después.

Luego de eso él simplemente se quitó su máscara y me llevé la mano a la boca al ver quien era el dueño del aquella pasión que me había dominado... Trevor Cavendish

—Pero tú...—me eché hacia atrás pero no pude moverme más que mi rostro—, tú estás muerto. ¡Yo te vi morir!

—Está claro que no soy un fantasma, querida —me sacó mi máscara y una lágrima de terror y estupefacción escapó por mi mejilla—. Soy tu esposo, el Duque de Devonshire.

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