Portada de la novela Mas que casualidad fue destino

Mas que casualidad fue destino

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Constanza tiene veinte años y decide escapar de su propia fiesta de compromiso para evitar el matrimonio forzado que sus padres planearon. Durante su huida en un crucero, coincide con Fernando, un marino de veinticinco años que sufre por una traición amorosa. Para ayudarse, acuerdan casarse por interés: ella busca libertad y él, venganza. Aunque intentan ocultar sus sentimientos por miedo, el roce diario convertirá su pacto en un amor real.

Mas que casualidad fue destino Capítulo 1

La esbelta y delgada figura de una encantadora joven se remueve sobre la cama, abre los ojos con el rayo del sol que se cola por la ventana. A continuación estira sus brazos seguido de un bostezo descubre su cuerpo dando un último estirón.

Al levantarse camina hacia el baño y se introduce en la ducha, y después de lavar su cuerpo cepilla sus dientes y para finalizar seca sus cabellos.

¿Quién es ella? Pues Constanza Báez de veinte años; le gusta la lectura y vive encerrada entre los libros, no tiene novio sin embargo sueña con encontrar un hombre guapo e inteligente como los de sus historias románticas, no pide mucho más que un William Levy en su vida.

Después de vestirse acomoda sus lentes para luego recoger el largo cabello y formar una coleta, hecha un último vistazo a su rostro y coloca algo más de labial para quedar aun más hermosa de lo que ya es. No le gusta presumir pero se considera hermosa en todos los aspectos.

Se preguntarán ¿por qué si es hermosa no tiene novio?, fácil de responder; no a querido darse la oportunidad con nadie, porqué nadie ha logrado invadir y hacer vibrar su corazón.

Suspira y sale de la habitación caminando con el móvil en la mano hasta llegar al comedor.

Una vez ahí, saluda a sus padres, quienes se miran de una manera sospechosa, les conoce demasiado como para deducir que ocultan algo y no saben como decirle.

Coloca el móvil a un lado y empieza a mirarles de una manera persuadida.

—Peluchita— Verbaliza su madre y eso le hace enderezarse. Sabe que es el típico apodo que usa cuando va a pedirle algo. Por el otro lado su padre carraspea la garganta y los ojos de Constanza bailan de un lado a otro. Suspira a la espera de quien va a ser el primero en hablar, al notar que ninguno de los dos lo hace empieza ella.

—¿Pasa algo?— Pregunta y ellos se miran entre sí. Seguido asienten por igual.

—¡Si!— Explica su padre carraspeando la garganta por segunda vez.

Conoce a su padre y cuando le da carraspéate es porque algún negocio le tiene nervioso u emocionado.

—¿Que sucede?, ¿Podrían decirme que pasa sin dar tantos rodeos?

—Esta bien cariño, te lo diré yo ¿recuerdas a nuestros amigos del colegio? los cuales se llaman Esperanza e Ignacio— Ladea la cabeza porqué no tiene idea de quienes son. Jamás han visitado su casa ni su familia ha visitado la de ellos. Algunas veces a escuchado a su madre nombrarles pero a ella no le ha interesado. Ignora por completo las amistades de sus padres, prefiere encerrase en su habitación y pasar días entero leyendo.

—Siempre escucho a mamá hablar de ellos, pero más no sé nada, ¿Qué tienen que ver tus amigos con lo que vas a decirme?— Indaga con mucha impaciencia.

—Ellos tienen un hijo— Explica su padre —en nuestra juventud hicimos un mutuo acuerdo; el acuerdo era que cuando nuestros hijos fueran adultos se casarían— Constanza siente la sangre bajar a sus pies —el tema es que, desde el día que naciste quedó estipulado quien sería tu esposo— Aclara su padre y ella se queda en trance.

—¡Espera padre!— Se remueve sobre la misma silla —¿me estás diciendo que yo estoy comprometida con el hijo de tus amigos antes de existir?— El hombre asiente y su madre da pequeños aplausos de lo más feliz, como si fuese un compromiso normal. Su padre suspira y vuelve a carraspear la garganta.

—Cons, cariño, mañana es la fiesta de compromiso, conocerás a tu prometido y se elegirá la fecha de bodas que por supuesto no pasara del mes— Constanza escupe el té que acababa de beber para intentar digerir tan descabellada confesión.

—¿Fiesta de compromiso?, ¿Prometido?, papá yo no tengo pensado casarme

—Debes hacerlo, es tu novio desde antes que nacieras— Explica de una manera tajante.

—Haber, en primer lugar yo no tengo novio, y en segundo lugar no pienso casarme.

—Vas a casarte por qué yo lo dispongo y porque es nuestro sueño desde jóvenes unir a las dos familias. Siempre fuimos los cuatro y juramos que cuando tuviéramos hijos los casaríamos. Y tú no serás la que va arruinar mis planes. El muchacho es cinco años mayor a ti, pero eso no importa.

Constanza suspira para evitar faltarle el respeto a su padre.

—Bien dices papá, son sus sueños no los míos, tengo otros planes en mi vida en los cuales no hay lugar para el hijo de tus amigos, y no pienso casarme con nadie— Gruñe y se propone a salir del comedor.

—Peluchita no puedes retractarte

—¿Retractarme? ¿Cómo puedes decirme eso si yo nunca dije que si?

—Peluchita si no aceptas perderemos toda nuestra fortuna.

—¡qué!— Constanza Ladea la cabeza —¿Firmaron algún papel?— Pregunta y ellos niegan. —Entonces no hay de qué preocuparse, no entiendo porqué dices que perderemos nuestro dinero, además que ese no es mi royo— su mamá suspira uniendo las manos frente a su boca.

Su padre explica.

—Porque dimos una palabra y fue de honor, de no cumplirla nuestra fortuna pasará a sus manos.

—¡Esto es una estupidez!— sintió su rostro encenderse —¿cómo pueden comprometer a una niña que ni si quiera sabían que iban a tener? ¿Que hacían si ambos tenían hombres u mujeres? ¿los casaban?— Suspira tratando de calmarse —Como pueden ustedes dos quererme lanzar a los brazos de un desconocido, ¿Es que acaso no me quieren ni siquiera un poquito?— reprocha saliendo del comedor.

—Debes casarte o perderás todo, incluido los libros que conforman tu biblioteca— Responde su padre rabioso.

Constanza sale de casa con la estupidez del compromiso en mente, piensa que es demasiado tonto y estúpido lo que intentan hacer. Varias lágrimas caen de sus ojos porque no encuentra una lógica a todo esto. Una vez que sale a la calle se encuentra con su amiga.

—Cons— Grita Lourdes desde la distancia, una vez que Constanza llega le mira extrañada, y se angustia cuando la ve llorar.

—¿Qué sucede, Cons?— Indaga con preocupación.

Lourdes es su mejor amiga lo que podría decirse su hermana, aquella hermana que nunca tuvo.

—Mis padres— Solloza y continúa —quieren casarme con un desconocido, dicen que es mi novio desde antes de nacer.

—¡Oh, cariño!, seguro lo dijeron de broma— Lourdes trata de levantarle el ánimo y ella niega.

—Se veían muy serios, hablaron con mucha firmeza.

—¿Por qué hacen esto? Hasta donde les conozco no son así, por dinero no creo que lo hagan ¿O si?— Constanza asiente con la cabeza mientras limpia las mejillas y Lourdes tapa su boca asombrada.

—¡Me es difícil de creerlo! Yo tenía a tus padres en lo más alto del podio, nunca les imaginé gritándote y peor aún, obligándote a casar con alguien.

—Hicieron un juramento cuando eran jóvenes, eran cuatro amigos, mamá, papá y los que dicen serán mis suegros, juraron que cuando tuvieran hijos los casarían para unir sus familias. En caso de no cumplir el trato la familia que incumpla sería despojada de todo lo que habría conseguido en esos años— Explica a su amiga y esta hace cucharita.

—¡oh, Cons! Es más serio de lo que pensé. Pero sigo sin creer que la señora Meredith y tu papá hayan hecho tremenda estupidez, aunque viéndolo de este punto no creo que llegue a suceder algo así, total son amigos, no creo que se lastimen de esa manera, peor aún si no hay nada firmado— Intenta quitarle la preocupación.

—Mi padre puede romper cualquier cosa material, pero una palabra que dio, jamás— Agrega con mucho desánimo.

—¿Qué vamos a hacer Cons? No quiero perderte, eres mi única amiga y casándote me quedaré sola— Lourdes muerde su labio mientras piensa —¿Y si te revelas?

—¡No sé que hacer!— suspira y da por terminada la conversación.

Llega a la universidad y entran al salón esperando olvidar el tema al transcurrir las horas.

Luego de clases se dirige a casa.

Al entrar la aborda una mujer que se encargará de preparar la fiesta de compromiso. Con decepción deja caer el bolso que sostiene sus libros al comprobar que todo va en serio.

—Señorita Constanza, ¡buenos días!, me presento, soy Eva y seré la encargada de los arreglos para la noche de compromiso, y para su boda, ¿podría?

—¡No!... no quiero nada— refuta y corre hasta la habitación.

Segundos después ingresa Meredith (su madre) para tratar de convencerla.

Al ver a su madre Constanza llora con fuerzas esperando que la mujer se conmueva y no continúe con todo aquello.

—¿Por qué? ¿Por qué mamá?— cuestiona entre sollozo.

—Peluchita no llores. Cuando conozca a tu prometido quedarás enamorada desde el primer día; es un chico guapo, lo que podría decirse guapetón.

—No me importa si es guapo o si podría enamorarme, lo que me duele es ver como me usan para cumplir sus promesas.

—Peluchita— acaricia los cabellos de su hija e intenta convencerla. Pero Constanza se levanta y la deja con la palabra en la boca, baja rápidamente y cuando encuentra la mujer que arreglará su boda, ladea la cabeza y la ignora.

Sale de su casa y se dirige a casa de Lourdes, esta última abre los brazos y le recibe con ternura, ingresaron hasta la habitación y continuaron hablando sobre ese tema.

—¿Y si huyes?, así sea por un tiempo

—¿Dónde podría ir? Si lo hago ellos jamás van a perdonarme, además podríamos perderlo todo.

—Cons, eso es solo un chantaje para que aceptes, ¡escucha! dices que son los mejores amigos— Hace un movimiento con las manos. —Entonces, ¿Por qué si son los mejores amigos se lastimarían así mismo?, ¡Solo piénsalo!, yo creo que nunca lo harían, al igual que nosotras no nos lastimamos.

—Pues yo tampoco, ¿tú crees que no se enojen si me revelo?

—Al principio si, ya luego se les pasará.

—La cuestión es que donde valla me encontrarían— Hace una cucharita pensando en donde podría ir para que no la encuentren.

—Hay un lugar donde no podrían encontrarte, Lourdes sonríe y mueve los ojos.

—¿Cuál es ese lugar?

—¡El mar! ¿Cuál más? — masculle Lourdes.

—¡No comprendo!

—¿No haz escuchado lo que dicen en la facultad? - Constanza niega— Se dice que mañana zarpa un crucero para navegar por cuatro meses

—Crucero ¿Qué tiene que ver el crucero con mi problema?

—Eres tontita, podrías zarpar en el crucero y perderte por cuatro meses y luego volver cuando las aguas estén calmadas, te imaginas navegar por cuatro meses, sería emocionante.

—Yo nunca he viajado sola, además sabes que le temo al mar ¿Verdad?

—Es eso o casarte amiga, tu decides, yo lo haría solo que mi padre no me deja— Constanza se queda pensante, después de pensarlo varios minutos acepta.

—Pero no tengo dinero

—Eso déjamelo a mí— Verbaliza al mostrar la tarjeta que su padre le otorgó.

—Esta bien, consigue mi pase para ese crucero, es mejor eso que casarme, prepararé las maletas.

—No puedes salir con maletas, ellos no te dejarían marchar.

—Entonces ¿Que sugieres?

—Comprar o si no te presto.

—Papá se daría cuenta que he comprado ropa.

—No si compramos con mi tarjeta, ya después lo devuelves— Sonreí y la abraza, ya que su amiga encuentra solución para todos sus problemas.

—¡Te quiero!— Expresa.

—Yo a ti— Con ello en mente volvió a casa. Al llegar a la antes nombrada, su madre y su padre le esperaban. Al verla le abordan con el mismo tema.

—Peluchita, ¿aun estás enojada?

—No.

—¿Pensaste sobre lo que te dijimos?— Inquiere Francisco.

—Si. Después de pensarlo bien, acepto casarme.

—Hija no sabes lo feliz que me haces— Su padre sonríe y le abraza.

Mientras tanto Constanza siente su corazón hacerse trizas por mentirle a sus padres. Dejo todo preparado en casa de Lourdes.

No piensa casarse con un desconocido por muy guapo que sea.

Da vueltas en la habitación pensando que el día en que se case será por amor y porque ella así lo quiera, solo espera que su decisión no arruine a sus padres, considera que ellos no debieron planear su boda antes de existir.

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