Portada de la novela Más que aroma a café

Más que aroma a café

9.6 / 10.0
Austral y Kansas protagonizan esta historia alternativa que reimagina el destino presentado en Aroma a café. El relato se sumerge en un romance profundo donde la superación de heridas pasadas es clave, oscilando entre la tristeza y la dicha plena. Nacida del deseo de los lectores, esta obra conecta la dura realidad con la pureza del amor. Explora un camino diferente para los personajes, descubriendo qué sucede cuando el rumbo de sus vidas se transforma.

Más que aroma a café Capítulo 1

Recuerden leer "Aroma a café"

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* * * * * * * * * Kansas * * * * * * * * * *

Me acerco, cautelosamente, a ella y cuando llego a su lugar, lo primero que hago es inclinarme y posar una de mis manos sobre su hombro derecho. Al hacer esto, Austral se sobresalta, pero cuando se gira y se da cuenta de que soy yo, solo se limita a tratar de ponerse de pie; sin embargo, se lo impido y soy yo quien se acomoda en el césped y la abrazo; es lo único que hago.

Ella no llora; solo está recostada sobre mi pecho mientras yo me limito a acariciar su espalada y uno de sus brazos al tiempo en que poso mi mentón sobre su cabeza.

Ambos nos mantenemos en absoluto silencio; no articulamos palabra alguna. Lo único que se escuchaba, en sí, eran nuestras suaves respiraciones y el sonido de las hojas ser batidas por el viento (viento que, en todo momento, arremetía contra nuestros cuerpos y nos hacía sentir un frío extrañamente tranquilizador). Era raro sentir eso en un lugar como este. Generalmente, cuando voy con Ángeles a visitar a nuestros padres, lo único que sentía era nostalgia y tristeza; sin embargo, en este momento, sentía… paz.

—¿Hay mucha tranquilidad aquí, no crees? —se anima a hablar Austral, en medio de un susurro.

—Sí… y es… extraño —siseo mientras continúo abrazándola y esperando a que ella siguiese hablando; sin embargo, ello no sucede, así que, ante su silencio, decido tomar la palabra.

—¿Quieres cantar? —pronuncio sin más y, en menos de dos segundos, Austral eleva su mirada hacia mí.

—¿Qué? —interroga extrañada al mirarme fijamente, con lo cual puedo notar la magnitud de la hinchazón de sus ojos y la rojez de aquellos—. ¿Están muy feos? —cuestiona apenada.

—¿Qué?

—Mis ojos —especifica—. ¿Están muy feos? —repite otra vez y, ante ello solo atino a llevar una mano hasta su rostro y acunar una de sus mejillas mientras comienzo a negar con la cabeza—. No mientas —pide; y yo sonrío.

—Tus ojos son hermosos, Austral —expreso sincero en un susurro; y ella me sonríe.

—Buena respuesta, Kansas White… —articula con suavidad.

—Solo digo la verdad —respondo al mantener ese tono de voz tan sutil como para no destruir el agradable ambiente e paz.

—Si me decías que tenía los ojos más hermosos que hayas visto, no te creía…

—Tienes los ojos más hermosos que haya visto.

—Estás mintiendo —refuta ella al… sonreír; y aquello me alegraba, así que, en ese instante y sin premeditación alguna, comienzo a acariciar sus labios.

—¿Por qué afirmas eso? —siseo con tranquilidad.

—Porque Ángeles tiene unos ojos muy hermosos —precisa sonriente; y yo hago lo mismo.

—Los heredó de mi madre —le cuento—. Ángeles es muy parecida a ella; es casi su vivo retrato.

—¿Y tú te pareces a tu papá?

—Sí, me parezco más a mi papá…

—¿Tus ojos los heredaste de él? —interroga curiosa al observarme con detenimiento; y yo niego.

—No. Yo los heredé de mi abuelo…

—Debo confesar algo…

—Dime; seré una tumba —le prometo; y ella sonríe mientras yo acaricio sus pómulos con el dorso de mis dedos.

—Ángeles tiene unos ojos muy hermosos, pero debo confesar que los tuyos son los más hermosos que yo haya visto —señala firme al mirarme—. Me gustan mucho; el color es único… —puntualiza; y yo sonrío—. ¿No me digas? ¿Una ex novia ya te lo dijo, cierto? —interroga un tanto… ¿celosa? (lo cual me parece divertido).

—¿Estás celosa, Austral Foster? —me atrevo a preguntar; y ella desvía su mirada de mí por unos instantes.

—No, no lo estoy…

—¿No? ¿Segura? —cuestiono divertido; y ella sonríe.

—¿Tus ex novias eran tan insoportables como yo? —cuestiona de pronto, lo cual me sorprende.

—No, ninguna era como tú —respondo en el acto; y ella sonríe— ¿Qué hay de tus ex novios? —me atrevo a preguntar; y ella se queda en silencio otra vez.

—Solo he tenido un ex novio —contesta luego de varios segundos.

—¿Solo uno? —inquiero impresionado; y ella asiente con su cabeza—. ¿No estás… bromeando? —cuestiono con cautela; y ella sonríe.

—Solo uno —confirma—, pero resultó ser un completo idiota —señala con serenidad—. Ya ni vale la pena acordarse de él… —concluye y luego, se queda mirándome.

—¿Cómo te sientes? —le susurro al tiempo en que me acerco a ella para darle un beso en su entrecejo (lo cual la hace sonreír).

—Contigo…, siempre mejor…

—Sabes cómo conquistar a un hombre, Austral Foster —siseo; y le doy un beso en una de sus sienes.

—Y tú sabes cómo conquistar a una mujer, Kansas White.

—Eres especial, Austral —me atrevo a recordarle.

—Tú también eres especial, Kansas —contesta serena a la vez que comienza a separarse de mí.

—¿Qué pasa? —murmuro para sí.

—Pasa que…, tal vez…, te parezca un poco… raro o extraño, pero… quiero presentarte, formalmente, a mis padres —menciona al señalar la lápida que tenía escrito dos nombres con el apellido Foster: William y Mery.

—Primero, diré que no es extraño o raro —puntualizo sereno—, sino todo lo contrario; es agradable y es todo un honor que me presentaras a tus padres —expreso sincero—. Yo también prometo presentarte a los míos…

—Será un honor también…

—Bueno, preséntamelos —le pido; y ella asiente.

—Mi padre es William Foster… —me cuenta al dirigir su mirada a la lápida—. Yo le decía abuelo, pero, en realidad, era mi padre —sentencia; y aquello era un detalle nuevo para mí—. Y Mery Foster, mi madre —completa y luego, se gira a mirarme y yo solo decido sonreírle.

—Tu padre fue un buen hombre —afirmo; y ella sonríe.

—Sí, lo sé —acota orgullosa.

—A tu madre no la conocí, pero imagino que también habrá sido una buena mujer…

—Lo fue. Mery Foster fue la mujer más tierna y amorosa que pude haber conocido —señala con nostalgia—. Ella… siempre se preocupaba por mí y por Brescia…

—Brescia —articulo, de forma involuntaria, el nombre de mi ex novia.

—Sí, Brescia. Ella es mi prima —informa al mirarme— o, mejor dicho, mi sobrina…

—¿Tu sobrina?

—Sí, mi sobrina —puntualiza—. Brescia es hija de Ariel, mi hermano; sin embargo, siempre nos han criado a las dos como hermanas, aunque, al final, terminamos llamándonos primas…

—Entiendo —es lo único que me atrevo a articular, ya que hablar de Brescia me recordaba que tenía que contarle todo a Austral y lo iba a hacer. Solo debía encontrar el momento adecuado y este creo que no lo era.

—Hoy discutí con mi familia —menciona de pronto al mirarme—. Aunque imagino que eso ya lo sabrás, ¿cierto? —interroga algo decepcionada—. ¿El escándalo fue muy grande?

—No, no; nada de eso —refuto al instante—. Yo… no me hubiese enterado de no ser porque…

—¿De no ser porque…?

—De no ser porque tu amigo Peter me buscó —le informo.

No sabía si decirle eso, pero, al final, lo hice.

—¿Peter te buscó?

—No me contó nada de lo que haya pasado —le aclaro—. Solo me dijo que habías salido de tu oficina y me trajo aquí —le cuento—. Yo ya estaba terminando de cerrar cafetería; iba a ir a buscarte…

—Menos mal no llegaste —precisa al interrumpirme—. Hubiese sido vergonzoso que hubieras presenciado…

—Nada puede ser vergonzoso, Austral —menciono al interrumpirla— Todas las familias tienen discusiones —puntualizo.

—Sí, supongo que sí —contesta no muy convencida.

—¿Qué pasó? —decido preguntar, después de llevar un momento pensando en si hacerle aquella pregunta.

—Cancelación de sus tarjetas de crédito —articula al dejar salir una pesada respiración de sus labios—. Mi padre… —me mira fijamente— me dejó un mentor —me comenta—. Él me enseñó a manejar la empresa durante diez años. Desde que estuve en la universidad, me gradué y comencé a hacer mis especializaciones —señala—. Hace apenas tres años tomé la presidencia y Hschieldf tomó su retiro —menciona—. Decidió regresar a Estocolmo, su país, con su esposa y, desde entonces, solo hablamos cada vez que es necesario o cuando tengo que viajar a Suecia por negocios y aprovecho para visitarlo—me cuenta—. Bueno, el asunto es que no sabía que él tenía la potestad de cortar y cancelar cualquier línea de crédito de Ariel y su familia —señala—. Hoy recibí un correo suyo explicando eso y Ariel se molestó, al igual que Celine y… Brescia. Pensaron que había sido yo quien había cancelado sus tarjetas de crédito… —concluye; y aquello me extraña.

Me extraña debido a que una persona solo tiene autorización de cancelar una tarjeta de crédito de una sola manera: siendo el titular y asumiendo los pagos de aquella.

«Y eso contradiría lo que Brescia me dijo», preciso en silencio.

—¿Tu… —no sabía si hacer esta pregunta— hermano no es el titular de la tarjeta? —interrogo lo más natural posible.

—No, Ariel no es el titular —responde como cansada.

—¿Entonces?

—Era yo —precisa—. Bueno, al menos, eso creía —añade al respirar con pesadez—. El asunto es que ya no tienen línea de crédito y lo único que les queda es la pensión que mi padre les asignó —agrega; y aquello vuelve a tomarme por sorpresa, ya que se supone que la familia de Brescia no recibía nada y yo… había creído eso.

Me hubiese gustado seguir preguntando; sin embargo, aquello iba a ser demasiado indiscreto.

—Estoy muy cansada de todo esto —señala de forma repentina al tiempo en que se tira al césped y se echa por completo sobre él—. A veces quisiera desaparecer por unos días —precisa; y aquello me hace sonreír.

—Creo que muchos hemos deseado eso al menos una vez —le respondo con tranquilidad al acostarme a su lado.

—¿Dónde te gustaría perderte? —cuestiona curiosa.

—Pues… Ángeles y yo siempre hemos hablado de un lugar en el que haya colinas verdosas, un cielo completamente despejado y azul, en el cual podamos ver muchas estrellas de noche…

—Eso suena bastante bien —suspira.

—¿A ti? —dirijo mi mirada a ella para, así, encontrarme con su delineado perfil—. ¿A ti dónde te gustaría perderte?

—A mí —susurra soñadora—. Yo solo quisiera perderme en una casa que esté muy cerca de un lago; un lago inmenso en el que pueda nadar durante el verano y en el cual fuese a acampar en invierno. Ahí me gustaría perderme —determina con suavidad al girarse a verme y sonreírme—. Quisiera un lugar sin ruido más que el que cause la naturaleza —precisa; y yo sonrío instintivamente.

—Ángeles y yo también hemos pensado en eso —le comento—. A ella le gustaría vivir en una casa no muy lujosa en la que pudiese criar a algunos animales…

—¿Criar animales? —interroga sorprendida.

—Sí, criar animales —respondo sonriente—. Luego de su operación, estudiaré y ahorraré dinero para buscar esa casa.

—¿Te irás de la ciudad? —cuestiona de inmediato y algo preocupada.

—No; no lo haré —le sonrío— Supongo que la casa solo será para que ella pase ahí su temporada de vacaciones —señalo—. Yo… ahora —la miro fijamente al tiempo en que tomo su mentón con una de mis manos— no tengo intención alguna de mudarme —sentencio firme; y ella sonríe—. Y créeme que Ángeles tampoco —añado; y aquello provoca que Austral sonríe mucho más.

—No sabía que a Ángeles le gustasen los animales…

—Ama a los animales —sonrío.

—¿Qué animales le gustaría criar?

—Primero, una vaca —comento divertido; y Austral se ríe ligeramente.

—¿Una vaca? —inquiere divertida.

—Sí, una vaca, patitos, gallinas, gallos, cabras, cerdos, todo lo que se te ocurra.

—Quiere una granja…

—Sí; es lo quiere —confirmo sonriente—. Aunque no me imagino a mi hermana como granjera —manifiesto divertido.

—¿Por qué?

—No lo sé —me encojo de hombros—. No me imagino a Ángeles ordeñando a una vaca aún.

—¿Crees que la vaca la dañe?

—No —contesto tajante—. Todo lo contrario, temo a que Ángeles dañe a la vaca por su falta de experiencia —preciso divertido; y ambos reímos.

—Pero todo se puede aprender.

—Lo sé; y sé que ella lo hará —sentencio firme.

—Ya deberíamos irnos —sisea ella.

—¿Ya te sientes mejor? —susurro; y ella afirma con su cabeza.

—Sí, ya me siento mejor y creo que deberíamos irnos porque debo hacer mis maletas.

—Yo te ayudaré con eso…

—¿Seguro que tienes tiempo? —inquiere—. Porque de no ser así, no deberías preocuparte, yo po…

—Tengo tiempo —la interrumpo; y ella sonríe.

—Entonces debemos irnos —sentencia al tiempo en que se pone de pie—. No quiero que me falte nada para el viaje —señala emocionada y, luego de ello, se despide de sus padres; y yo hago lo mismo: me despido del señor y la señora Foster.

—Te ves muy cansada…

—Estoy emocionada…

—Y también cansada —puntualizo a la vez que paso uno de mis brazos por sus hombros y la atraigo hacia mí.

—Bueno; no negaré eso. Sí estoy cansada —reconoce.

—¿Quieres que te cargue?

—¿Qué? No, claro que no —rsponde divertida.

—¿Por qué? ¿No te gustaría que te cargue?

—No es eso

—¿Entonces no hay problema en que te cargue?

—Claro que no, pero… ¡Kansas! —se queja divertida mientras empieza a reír libremente, después de que yo haya decidido levantarla del piso para que no caminara, puesto que sí parecía muy cansada.

—Estás cansada y yo puedo cargarte —es lo único que le señalo; y ella sigue riendo.

—No estoy cansada en sí —señala de repente.

—¿Entonces? —le pregunto mientras sigo caminando con ella en brazos.

—Me siento… cansada, pero no físicamente, sino…

—Mentalmente…

—Sí; creo que es eso —susurra con pesadez.

—Qué bueno que reconozcas que estás estresada —menciono de improviso; y aquella me mira sorprendida.

—¿Es muy evidente? —cuestiona curiosa.

—Más que evidente…

—¿Reniego mucho, cierto? —interroga apenada.

—Solo eres una persona más que necesita liberarse de alguna manera…

—Pero los gritos no son la mejor opción —puntualiza al haberme interrumpido.

—No; no lo son —confirmo—. Hay otros métodos mucho más sanos y divertidos.

—¿Cómo cuáles? —pregunta al mirarme a los ojos.

—Como dormir, una ducha larga, una conversación con amigos, un viaje, deporte, salidas a una discoteca, pat…

—Nunca he ido a una discoteca —comenta.

—¿Nunca? —interrogo impresionado al fruncir mi ceño.

—No, nunca —determina—. No me gusta el ruido excesivo.

—Bueno, si no te gusta el ruido excesivo, entonces no es una buena opción —señalo sonriente.

—Quisiera ir a una —menciona de pronto—. ¿Podrías bajarme? —pide gentil; y yo accedo—. Eres muy fuerte, Kansas —precisa sonriente.

—¿Qué pasa? —le pregunto al tomar su mano para continuar caminando.

—Si en Londres hay tiempo, ¿aceptarías ir a una discoteca conmigo? —cuestiona de manera sorpresiva.

—¿Quieres ir a una discoteca? —inquiero curioso mientras continúo caminando de su mano.

—No me gusta el ruido, pero… creo que me gustaría saber cómo es.

—¿En Londres?

—O al regreso, como desees —precisa—. No sé. Quisiera estar en un lugar como ese…

—¿Por qué? —le pregunto al tiempo en que me detengo y tomo sus manos para que ella haga lo mismo y, así, quedar frente a frente.

—Tengo curiosidad —sisea—. Pete va cada semana y siempre ha intentado llevarme, pero me he negado; c reo que soy una persona aburrida…

—Puedes ser de todo, menos aburrida, Austral. Créeme —le digo; y ella sonríe.

—Bueno…, como te seguía diciendo, a Pete le gusta y, si sale cada que puede, imagino que algo de divertido tendrán.

—Pues son muy ruidosas —enfatizo.

—Quiero conocer alguna…

—Habrá mucha gente desconocida que te hablará y te invitará a bailar…

—Uy, soy muy mala bailando; no creo que quieran bailar conmigo.

—Créeme; habrá muchos tipos queriendo invitarte a bailar —señalo con certeza; y ella se sigue mostrando incrédula; hasta que entiende a lo que me refería.

—Pues, en ese caso, solo con un NO es suficiente…

—Es cierto, pero a veces no es así —le preciso—. En ese caso, si eso sucede, lo único que deberás hacer es gritar mi nombre, aunque no pretendo dejarte sola; no te preocupes.

—¿Entonces iremos?

—Sí, iremos.

—¿Antes o después del viaje? —interroga expectante.

—¿Qué te parece… ahora?

—¿Ahora? —articula sorprendida—. Pero el viaje es mañana a primera hora; debemos estar en el aeropuerto a las cinco y media y, además, tenemos que alistar las maletas, documentos, confirmas recepción, movilidad, reser…

—Austral, Austral; todo eso ya está hecho —le informo sonriente—. Solo falta hacer tus maletas y alistar los documentos…

—Aun así, no creo que…

—Solo será un momento —determino al mirarla—. Es cierto que no hay mucho tiempo, pero creo que nos hará bien bailar un rato —señalo sereno— Vamos, nos quedamos una hora como máximo, luego regresamos a tu departamento para alistar tus maletas y, finalmente, nos vamos a mi casa.

—Pete irá a mi departamento mañana.

—Descuida; no et preocupes por eso.

—¿Estás seguro que tenemos tiempo? ¿Ángeles no…?

—Ángeles está con Margaret —le informo—. Además, solo será una hora —puntualizo para tranquilizarla—. ¿Qué podría pasar en una hora?

—Eso es cierto; solo es una hora —responde— Bueno, entonces vamos —articula animada; y yo le sonrío para después, levantarla con mis brazos y cargarla el resto del camino.

—Estás loco, Kansas —pronuncia divertida.

—Vamos a esa discoteca —es lo único que digo mientras sigo caminando rumbo a la salida del lugar.

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