Portada de la novela Corazón de Espinas

Corazón de Espinas

8.5 / 10.0
La vida de Coraline Frank es un desastre, desbordada en sufrimiento y una soledad amarga. Padres desinteresados dentro de una falsa realidad, y una relación violenta que la hace perderse a sí misma. Y a pesar de tener a su mejor amiga como refugio, no le basta para llenar ese vacío en su pecho. Adriel Forbes es un chico que vivió parte de su niñez en las calles, hasta ser llevado a un orfanato. Un lindo matrimonio lo adoptó, pero el destino no quiso darle mucho tiempo de una felicidad estable, y le arrebató a esas personas de su vida, dejándolo nuevamente huérfano a sus 16 años. Dos adolescentes que comparten el mismo vacío, dolor y desesperanza. Dos corazones que el único amor que conocen es un amor destructivo. ¿Podrán dos oscuridades convertirse en luz?

Corazón de Espinas Capítulo 1

Fue una lluviosa tarde de mayo en la que diría que todo cambió. Cada decisión que tomamos, por más mínima que sea, desencadena una serie de eventos en nuestras vidas, e incluso, en la de los demás. Aunque, lamentablemente, la mayoría de las veces no somos prudentes, o ni siquiera nos damos cuenta de que estamos tomando una fallida decisión. Y esa misma tarde, en la que caminaba de regreso a mi casa luego de aquel fatídico episodio vivido hacía tan sólo quince minutos antes, tomaría la mía.

Recuerdo que la lluvia cubría completamente las amplias calles de aquel vecindario con charcos enormes. Mi ropa se había empapado completamente, y eso me obligaba a mover con mayor fuerza mis débiles y delgadas piernas, y mi cabello se pegaba a mi sudorosa cara, dificultándome aún más la visión. Aún siento en mi piel la horrenda sensación de que todo daba vueltas, y el peso sobre mi alma de todo lo acontecido ese día… Y la soledad, aquella sensación de estar sola en todo el mundo, y contra todo el mundo. Aquella que por años fue mi inseparable compañera, y que, a pesar de algunos eventos felices, siempre regresaba, recordándome que era parte de mí.

Todo mi cuerpo pedía a gritos un poco de calma, y un motivo por el cual seguir soportando. Ya no me quedaba nada de voluntad, ni de esperanza de poder salir de este pozo oscuro en el que me encontraba encerrada desde hacía años.

Y lo de hoy, ya era cruzar la delgada línea de cordura que me quedaba. Las imágenes me agobiaban, grabadas dentro de mis párpados. El rostro de mi novio Derek distorsionado por la ira, y cada uno de los golpes con los que se desquitó sobre mí quince minutos atrás, luego de contarle lo sucedido en el baño de la escuela… Pero, lo que más me partió en mil pedazos, fue lo que desencadenó todos aquellos sucesos desastrosos. El horrendo final de algo que ni siquiera llegué a comprender del todo que sucedía. La única chispa de esperanza que se me dio sorpresivamente, y que así de inesperado y rápido como llegó, se me fue quitado. O quizás, en realidad sí tuve la culpa, pero ya nunca lo sabré. Como bien dije, todos tomamos decisiones constantemente, minuto tras minuto; y la mayoría, al menos en mi vida, siempre fueron malas.

Jueves 16 de mayo, 2019. New Rochelle, New York, Estados Unidos.

Dolor, eso es lo único que siento en este momento. Mi cabeza palpita y retumba con los desbocados latidos de mi corazón que hacen eco en mis oídos, creando una capa de un fuerte rojo al cerrar mis ojos. Pero debo llegar a casa, a mi habitación: mi único pequeño refugio.

Al llegar a la entrada de la pintoresca cada bien arreglada, que aparenta ser el mejor hogar de la mejor familia del vecindario, noto que las luces ya están prendidas, anunciando que mis padres ‒o al menos mi madre‒, ya regresaron del trabajo. Maldiciendo, me escabullo entre los arbustos de la entrada directo al costado de la casa, que da a mi habitación en el primer piso. Ayudándome con el viejo roble junto a la ventana, trepo con dificultad y consigo pasar una pierna en la rota rama gruesa, y aferrándome al tronco empujo con la punta del pie la persiana entornada, para así impulsarme y lograr aterrizar dentro de la oscura habitación con un ruido sordo.

Mi cuerpo duele aún más, sin contar mi irregular respiración, el dolor punzante que recubre mis costillas y mi vientre un poco hinchados, y la sangre en mi labio inferior que me marea aún más con ese sabor metálico tan fuerte. En pocas palabras, me siento un saco de basura maltrecho.

Camino como puedo sosteniéndome de la pared hacia el baño, y tomo con apuro unos calmantes del botiquín, rogando para que me calme y poder aguantar lo que queda del maldito día. En la mesita de luz, el reloj que marca las ocho de la noche, seguramente en un rato estará lista la cena, por lo que debo apurarme en alistarme.

Con prisa rebusco en el estante del armario una toalla y mi bata de baño, y me encierro en el baño poniendo el pestillo por si mi madre intenta entrar como siempre hace. Abro la llave de agua caliente al máximo y espero a que el vapor invada el lugar, calentándolo para que mi cuerpo se relaje. Con mucho cuidado me desvisto evitando rozar más de lo necesario los moratones que cubren mis costillas, y antes de meterme bajo el agua la regulo para que no me queme.

Tallo con insistencia mi piel lo mejor que puedo, intentando quitar la horrenda sensación que sigo sintiendo desde hace un mes y medio. Aún no puedo olvidar que mi novio me obligara de tal forma a tener relaciones con él en aquella fiesta que sus amigos del club de futbol organizaron. Siento en la piel sus manos apretándome y su asqueroso aliento en mi nuca. Entre la cantidad de alcohol y sustancias ilegales que consumió esa noche, entiendo lo que dijo de no haber estado en sus cinco sentidos, pero aun así… No era justo para mí. Y menos la estúpida idea que se le cruzó hace unos meses, de ser padres a esta edad, y todo porque su padre es un desastre y un mal viviente. ¿Qué clase de vida cree que podríamos llevar con ese bebé? Ambos con diecisiete y dieciocho años, sin trabajo, sin el estudio completo; sin un futuro estable.

Su madre sale con narcotraficantes para tener dinero y mantener su costoso estilo de vida, mientras deja a su hijo muerto de hambre por días enteros. Él debe fingir estar bien para seguir rindiendo dentro del club de futbol, y para que sus amigos lo tengan en cuenta y lo vean como un gran deportista, con un gran futuro en el que apuestan que podrá llegar a la Segunda División si se lo propone… Pero que en realidad no le llama la atención el futbol, ni ningún deporte, ya que lo único que lo distrae sin tener que estar metiéndose drogas en el sistema, es la pintura. Millones de veces me contó su sueño de algún día ser un artista con una galería propia en Concorde, París, cerca del Museo de la Orangerie, el cual añora poder visitar y recorrer sus amplias salas cubiertas por pinturas impresionistas.

Y de mis padres, pues, son el típico matrimonio católico perfecto, padres perfectos, con profesiones, una casa y coches perfectos… Pero en realidad es sólo de la puerta para afuera, porque dentro, la realidad es que se odian y no se soportan, pasándose todos los días discutiendo. Mi padre vive llamando mujerzuela a mi madre, alegando que se viste como una prostituta y que seguramente debe de tener varios amantes fuera de casa; y mi madre, vive recriminándole a mi padre que nunca le da cariño, ni le demuestra amor, ni sale con ella, y ni siquiera la abraza o la besa. Pero los domingos, se colocan sus disfraces de marido y mujer religiosos y correctos, obligándome a asistir a las misas y a pasar un tiempo en las reuniones que se suelen celebrar semana de por medio. Allí asiste todo el grupo que colabora con la iglesia y se encarga de hacer colectas para los pobres. Un grupo de señoras ayudan al sacerdote a dar catequesis, y recuerdo haber visto de niña a mi madre participando en las clases y reuniones, en vez de pasar tiempo conmigo o de ayudarme en la escuela, pero bueno, así siempre fue ella.

Cierro los ojos con fuerza, intentando no recordar lo que hoy en la tarde, en plena clase de biología, sucedió. Ese dolor punzante en mi bajo vientre, la cara asustada de mi única amiga, las lágrimas, el pánico, la sangre que no paraba… Y la sensación de que volvía a estar sola, de que la vida volvió a quitarme lo único que me dio fuerzas otra vez. La amarga realidad de que ese bebé, esa niña con la que noches atrás había soñado, de piel rosada y largo cabello rojizo, se había ido.

Y volvía a estar sola. Como al principio.

Unos golpes en la puerta del baño me sobresaltan, y la manija de la puerta se sacude con violencia.

—Coraline. ¡Cuántas veces te dije que no trabes la puerta! Baja a comer que tu padre llegará en unos minutos —su voz es histérica y cargada de ese miedo tan normal que la envuelve cada vez que mi padre llega más tarde de su horario a casa.

—Ya bajo, mamá —y con todo el esfuerzo del mundo, salgo envolviéndome con la bata y secándome con la mayor rapidez posible, para luego colocarme el jogging y la camiseta holgada tres talles más grande, rogando a Dios, si es que existe, que no noten nada…, como siempre.

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Tabla de contenidos de Corazón de Espinas

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